sábado, 20 de octubre de 2018

LOS CAZADORES DE OSTRAS QUE SE NOS VAN

Ostrero americano.

Mientras vacacionaba unos días en una playa piurana y veía cómo se divertía Maya, mi hija de ya casi cuatro años, aproveché en darme tiempo para leer. Así, empecé por un libro que compré hace poco y que estaba en la lista de espera: La medida de todas las cosas, de Pedro Llosa Vélez, pariente de Mario Vargas Llosa. Llegué al libro luego de revisar, no recuerdo cuándo, un artículo del Nobel MVLL reseñando de manera muy positiva la obra de Llosa Vélez.

No voy a entrar a discutir la parte literal del libro que en resumen me pareció interesante, profundo y fácil de leer (tras terminar su lectura, me adentré en los cuentos completos de Juan Carlos Onetti, lo cual te lleva a terrenos mucho más agrestes y profundos, pero a su vez fascinantes, desgarradores y perturbadores). Tampoco pretendo hacer apología del libro ni reventarle cohetes a nadie. Solo quiero comentar la aparición de unos personajes alados en uno de los seis cuentos que conforman la presente obra y reflexionar sobre algunos temas tangenciales que anota este autor peruano.

Interesante obra de un autor peruano que se las trae.
El libro de Llosa Vélez está dividido en dos partes; y en la primera, a partir de la página 99 (de la primera edición), es decir, del tercer cuento titulado “Cazadores de ostras”, aparecen como parte de la narración, unas aves playeras conocidas como ostreros. Antes de continuar, debemos tomar en cuenta que en el Perú tenemos la presencia de dos especies de estas aves de la familia Haematopodidae, el ostrero americano, común u ostrero pitanay (Haematopus palliatus) y el ostrero negruzco u ostrero brujillo (Haematopus ater). Ambas especies se distribuyen a lo largo de la costa peruana, sin embargo, el ostrero negruzco solo está presente desde Lambayeque hasta Tacna. La característica principal de estas aves es su pico largo y robusto que puede ser rojo o naranja en los adultos, lo que las hace casi inconfundibles con otras aves playeras. Además son aves robustas y tienen ojos llamativos de color entre amarillo y rojo.

Debemos saber también que los ostreros americanos prefieren las playas, a diferencia de los ostreros negruzcos que utilizan más las zonas rocosas para alimentarse. Dicho esto, veamos que dice Llosa Vélez con respecto a estas aves. En la página 100 indica que “La prueba más luminiscente de que en esa franja la libertad existe es la presencia de los cazadores de ostras, unas aves corpulentas y combativas a las que también se les conoce con el nombre de ostreros. Su lomo negro, como una capa adherida al cuerpo, les sigue por el cuello y se extiende hasta recubrirles la cabeza con una capucha de verdugo. Tienen el pecho y la barriga de un blanco algodón, las patitas rosadas, firmes y veloces, y las alas blanquinegras y tupidas. Su rasgo más distintivo, sin embargo, es su largo pico rojo, grueso y puntiagudo, con el que punzan y pinzan toda suerte de invertebrados marinos. Entre todos ellos, las ostras, como su nombre lo atestigua bien, son sus favoritas”.

Debemos saber que parte del cuento de Llosa Vélez se sitúa en alguna playa al sur de Lima, en los alrededores de la famosa zona conocida como Asía o “Eisha” para los entendidos.  Con ello y con la descripción del ave y de los lugares donde hace mención a su presencia, estaríamos frente al ostrero americano. A diferencia de su congénere, el ostrero negruzco tiene todo el cuerpo negro, con las alas y la espalda de color pardo oscuro, y como ya se dijo, se le encuentra casi exclusivamente en las zonas rocosas.

Ostrero negruzco, primo del primero y habitante inconfundible de
nuestras playas. 
Llosa Vélez nos cuenta también, en la página 113, que “Observo los primeros ostreros del día y me siento conmovido. Sus ojos coloridos —el centro amarillo, la aureola roja— perforan su capucha de verdugo y dan la impresión de que siempre te miran de reojo. Quizá queden ya muy pocos porque este par es el único a la vista. En otras épocas ellos eran los dueños de esta playa. (…) Arman su nido en cualquier parte de la playa, de preferencia sobre alguna protuberancia o montículo, y allí, mientras la hembra incuba sus huevos, el macho ahuyenta a los intrusos. Quizá por eso la intensidad de su graznido lo ocupa todo, un grito seco seguido por una réplica de ecos intermitentes que van descendiendo hasta el silencio. Caminan erráticos y decididos, haciéndote notar que la playa es de ellos, no tuya”.

Hoy en día es cada vez más difícil divisar a estas aves en nuestro litoral. Si bien no están incluidas, por lo menos en el Perú, en la lista oficial de especies bajo alguna categoría de amenaza, sus espacios se reducen progresivamente debido a la desordenada presencia e invasión humana. Basta ver el caso de las playas “exclusivas” en la zona de Asia, donde hace no más de 20 años había todavía grandes extensiones de playas casi solitarias, en las cuales, estas simpáticas aves podían anidar y estar tranquilas, algo alejadas de los humanos.

Libro recomendable para conocer algo más de
nuestras aves en la costa peruana. 
La presencia de estas aves, desencadena una serie de incógnitas para Llosa Vélez, tal como anota en la página 119, donde menciona que “Averigüé y descubrí que los ostreros son monógamos y que se quedan toda su vida con la misma pareja. Me impactó saberlo. Me pregunté si no cambiaban de carácter con el tiempo, si no se cansaban del otro, o si no se entusiasmaban con otros ejemplares de su especie. Incluso llegué a pensar que en el invierno, que no era época de apareamiento y por ende se distanciaban, recargaban energías para soportarse el resto del año”. Al parecer, el autor se informó sobre estas aves o tal vez es un observador de aves, quién sabe. No es obligación del autor hacerlo, pero por lo menos ha logrado que sus lectores conozcan algo más del ostrero común y con ello, es posible que haya despertado la curiosidad de algunos de saber más al respecto.
 
El relato en el cual “participan” estas aves playeras está enmarcado dentro del primer capítulo que aborda conflictos humanos de diversos tipos. Estas aves, sin embargo, tienen otros conflictos que se traducen en su pugna por el espacio con los invasivos y cada vez más numerosos humanos. En la página 125, Llosa Vélez escribe que “Los ostreros viven en muchas playas del mundo y se supone que eligen las más despobladas. A veces, en esos años en donde la población de aves era mucho mayor, se acercaban hasta nuestro campamento con movimientos erráticos y milimétricos. Mi mama decía que habían venido a visitarnos, pero yo siempre creí que era lo contrario, que venían a pedirnos cuentas por invadir su hábitat y a exigir que, para justificar nuestra osadía, al menos les diéramos comida”. Agrega además que “Este fue siempre su lugar y ni siquiera ahora, con la epidemia de la construcción de casas, han sucumbido. Desaparecen durante los fines de semana del verano, pero vuelven en los días de escaso público, en las horas y temporadas donde pueden recuperar su propio medio. Y así sobreviven y por décadas se siguen reproduciendo”.

Finalmente, en la página 132, el autor cierra el cuento con las siguientes palabras: “Leí también que buscan la forma de ahorrar energías al máximo, desplazándose la mayor parte del tiempo a pie. Solo cuando les es absolutamente necesario, emprenden el vuelo”. El final refleja lo que le sucede al protagonista del cuento, quien por razones que no entraré a detallar, emprende el vuelo hacia otro destino. Esperemos que los ostreros que aún pululan en nuestro litoral no tomen la misma decisión.  

En relación a lo expuesto, solo quería sacar a la luz la aparición de estas aves en una obra literaria. Debe haber seguramente otros ejemplos similares, en los cuales las aves son parte de un relato. En conclusión, la literatura puede acercarnos a temas terrenales que a veces ignoramos sin querer; y por otro lado, los temas terrenales, donde pueden encajar las aves, nos pueden llevar o tal vez obligar a construir mundos paralelos o distintos que nos enriquecen, confortan y fortalecen como seres humanos. Una vía para ello es la literatura y la otra vía o camino es observar con calma y agudeza lo que sucede a nuestro alrededor y hacer que lo que creamos importante, pueda trascender a través de cada uno. Solo eso.

Ver reseña de MVLL sobre el libro de Llosa Vélez:

Para ver un pequeño video de esta ave, ingresar a:

Las dos ilustraciones de los ostreros corresponden al libro: Aves de los humedales de la costa peruana de Javier Barrio y Carlos Guillén (Serie de Biodiversidad CORBIDI 3 del año 2014).

Octubre 2018