lunes, 30 de marzo de 2020

EN DEFENSA DE LOS MURCIÉLAGOS: LA CULPA NO FUE SUYA

Foto: picture alliance/dpa

En estos últimos meses, estos inofensivos mamíferos voladores han sido atacados a diestra y siniestra tras el brote de la pandemia que nos mantiene —a buena hora— recluidos en casa. Se les acusa de ser los “causantes” del COVID-19, ya que al haber sido ingeridos por los chinos, habrían transmitido el virus al hombre. Además han debido sufrir hace poco, en Perú, el iracundo ataque de pobladores cajamarquinos que piensan que transmiten el Coronavirus. Si bien no es la primera vez que se reporta el ataque a estos seres alados por otras razones, es la primera vez que se les ataca por esta “nueva” circunstancia. Mi solidaridad con esos beneficiosos seres alados.


 Aunque no es comparable a lo que le pasó a Bruce Wayne, recuerdo haber entrado hace décadas a una cueva cerca Lima con mi hermano y mi viejo; y tras avanzar varios metros, fuimos testigos de la estampida de cientos de murciélagos que huían ante nuestra presencia. No me traumé, no les agarré bronca, pero sí me quedé fascinado. Es verdad, no pueden competir con los camaleones que son mis animales preferidos, pero sí tienen toda mi admiración y respeto.  


Al grano. Según las autoridades chinas, en el mercado de Wuhan, donde por primera vez se documentó la presencia del Coronavirus, no se encontró murciélagos ofrecidos al público. A eso, informan que los ejemplares silvestres de estos mamíferos (posiblemente del género Rhinolopus) no son “sospechosos”, dado que gran parte de las especies estaban en su periodo de hibernación cuando “saltó” el virus que hoy nos mantiene en vilo. En ese entendido, se asumiría que el virus de esta cepa presente en los murciélagos podría haber saltado a otro mamífero antes de infectar al hombre. ¿Qué animal sería el huésped? Esa es la gran duda. Uno de los principales sospechosos son los extremadamente amenazados pangolines.

Tras analizar el genoma del Coronavirus y compararlo con el que está presente en pangolines, se halló una coincidencia de 99%. No obstante, esto no permite afirmar con total certeza que el pangolín es el transmisor y el culpable. En todo caso el culpable sería el ser humano.

Mercado chino, donde se vende de todo.
Foto: David Stanley. 
Lo que sí es certero es que el genoma de este virus se encuentra en mamíferos. Y dado que algunos rastros del virus fueron encontrados en un sector del mercado de Yuhan, en el cual se vendía animales silvestres, los focos reflectores de la opinión pública apuntaron a los murciélagos. Pero como sabemos, estos no son los culpables. Falta encontrar la bisagra entre los murciélagos y el hombre. Incluso, existirán dudas si el mercado de Wuhan es el verdadero “epicentro” de este mal. Tal vez un infectado proveniente de otro lugar infectó a otras personas.

Un artículo científico[1] (¡del año 2007!) que ha aparecido en estas semanas por doquier, ya alertaba sobre la presencia de un gran reservorio de virus de la familia de los coronavirus en murciélagos. En el manuscrito se afirmaba que este hecho, sumado a la tradición culinaria china, sobre todo en el sur del gigante asiático, de comer mamíferos exóticos eran una bomba de tiempo.

En el estudio nombrado, los científicos analizaban la epidemia de SARS (severe acute respiratory syndrome) que tuvo su clímax en los años 2002 y 2003. Como sabemos, el agente causante del SARS está bastante emparentado con el virus “del momento”, por eso recibió el nombre genérico de Sars-CoV-2. Se asume que también tuvo un origen zoonótico y que el punto de su origen fue un mercado en China. Ambas historias coinciden, según parece.  

Y claro, ante la imparable presencia de este travieso e inquieto y sobre todo desconocido Coronavirus, salieron las primeras voces a vociferar ataques de todo calibre y sin mucho asidero científico contra los chinos y sus costumbres culinarias. Sin duda, me debo incluir en este grupo, pero ahora más tranquilo intento ver con calma este problema. No es difícil echarles la culpa total a los asiáticos, pues estamos acostumbrados a verlos devorar a casi cualquier ser vivo que respire y se mueva, ya sea cocido al vapor, frito, guisado y hasta crudo y sin ningún condimento. O sea, su fama se la han ganado a pulso.

No solo de murciélagos vive el hombre

Hay que decirlo, las recientes pandemias no se han originado exclusivamente en China. Recordemos que a inicios del año 1918, un doctor en Kansas, EEUU, reportó la presencia de una enfermedad que generaba fiebres muy altas y tos severa; y que produjo la muerte de 50 millones de personas: la “gripe española”. Esta potente enfermedad no provino de la fauna silvestre, no. El causante fue un animal doméstico que es parte fundamental de la dieta de muchos países: el cerdo. Y ojo, el foco inicial no fue China, sino se presume que fue el medio oeste en los Estados Unidos. ¿Quién además de los veganos/vegetarianos y de los árabes no come su chanchito?
 
Algunos años después, apareció el virus del tipo H1N1, cuyo agente transmisor fue otra vez el puerco. Así, en el año 2009 el planeta debió afrontar otra pandemia: la gripe porcina.

Entonces, al igual que lo sucedido con la gripe porcina, el primer hombre infectado con Coronavirus debe haber tenido contacto con un animal infectado. No es que haya tenido que haber ingerido un animal silvestre como el murciélago en sopa o habérselo comido crudo con sillao. Entonces, ¿por qué es el murciélago el principal sospechoso? Simplemente porque el “pariente” más cercano al actual Coronavirus fue hallado en una muestra tomada en el año 2014 a un murciélago en una cueva en la provincia china de Yunnan, en el suroeste del país de la Gran Muralla. A propósito, dicha localidad está ubicada a cientos de kilómetros de la hoy tan mentada ciudad de Wuhan.

Entre el genoma del virus encontrado en el 2014 y el del actual COVID-19 existirían miles de mutaciones. En ese sentido, algunos científicos indican que ambos virus tuvieron un “pariente” común hace 30 o 60 años. El gran dilema es dónde estuvo alojado por primera vez.
  
Yo amo a los murciélagos


Y si bien los murciélagos no son los causantes directos del Coronavirus, sí jugarían un rol fundamental en la propagación del mismo. Estos son una especie de “reservorio” natural de muchos virus y a su vez son agentes transmisores. Se conoce más de 200 tipos de virus que pululan entre murciélagos y que “desde ahí” pueden ser transmitidos a otros seres vivos sin que ellos mismo tengan síntoma alguno que los delate. ¿Cómo así no son afectados por los virus? Solo Diosito lo sabe con certeza.

Al parecer su sistema inmunológico es de acero. Eso explicaría también por qué viven tanto. Algunas especies de murciélagos pueden llegar a vivir hasta cuarenta años, lo cual, en comparación con otros mamíferos similares, es una eternidad. Pero regresando a su sistema inmunológico, un estudio científico analiza el importante rol de sus interferones en la obstrucción del avance de virus, en contraparte, por ejemplo, con primates. Y sin duda, los murciélagos les sacan ventaja a los monos; y con eso, a nosotros.

En los murciélagos, las infecciones pueden quedarse mucho tiempo en ellos sin presentar síntomas ni verse afectados; y una vez que los virus saltan a otro animal, ahí vienen los problemas. Por ejemplo, si llegan al ser humano. Pese a que también producimos interferones, los nuestros son un bebe de a pecho, comparados con los de los mamíferos voladores. No somos nada.

Pero ojo, también hay otros animales hospederos y transmisores de peligrosos virus, como por ejemplo chanchos, aves y hasta insectos. Por ende, como sabemos que nada será igual después de esta pandemia, debemos estar atentos a qué comemos y qué vamos a comer en los años venideros. Tal vez si seguimos con las mismas, ya esté en camino el COVID-20 en algún animal, esperando tan solo su momento de fama.

Colofón

En el Perú se ha reportado la presencia de cerca de 180 especies de murciélagos. Debemos tener en cuenta que la mayoría de estas se alimenta de insectos (60% aproximadamente); el resto son nectarívoras (néctar y polen), frugívoras (frutos), carnívoras (peces, ranas, roedores, aves e incluso otros murciélagos) y la minoría son hematófagas (sangre).

Además, sabemos que solo son activos de noche, por lo que no han sido tan estudiados como otros grupos taxonómicos, como las aves o los grandes mamíferos. Por ende, no se sabe mucho de ellos. Sin embargo, sí sabemos que son muy importantes para el entorno porque son controladores de plagas, dispersores de semillas y polinizadores. Algunos incluso afirman que dispersan más semillas por metro cuadrado que las aves. ¿Será?


Marzo 2020

miércoles, 18 de marzo de 2020

CUARENTENA EN EL AÑO DE LA RATA




 Se supone que este es mi año, según el (ahora maldito) calendario chino. El año de la rata traía buenos augurios. No obstante, esta cuarentena parece desmentir lo anterior. Aunque, claro está, la pandemia originada en Wuhan, China, nos coge a todos; y a algunos incluso los intercepta y samaquea con los pantalones abajo. Sea como sea, es tiempo de sentarse unos minutos en casa (aunque suene irónico) a reflexionar qué tan imberbes somos los humanos frente a la infinita grandeza del universo y frente al microscópico mundo que convive con nosotros. Ya ni detenerse a pensar en aquellos humanos que creen que esto es un juego. A ellos (y ellas) solo queda desearles que hagan espacio.

Para empezar, es importante saber que los virus no son seres vivos, por lo tanto, no se les puede matar. Los virus son expertos en duplicar su material genético y en asegurar su permanencia. Estos seres microscópicos apelan a la cantidad y velocidad para conquistar el planeta. En ese sentido, se replican y no se reproducen. Es decir, se multiplican utilizando las  células de su víctima o “huésped”. En eso andan y así es que pasan a ser agentes infecciosos porque alteran la estructura “normal” del ser vivo que atacan. No contento con todo lo anterior, estos seres mutan. No sé si es una estrategia de supervivencia (al parecer sí lo es) para seguir conquistando el planeta o si es este su único “mandato divino”.

No hay nada que un buen tequila
no pueda solucionar. 
Como se dijo, en estos días estamos luchando contra seres microscópicos que no pueden ser “matados” porque no son seres vivos (a diferencia de bacterias u hongos), contra los cuales ya hemos perdido varias batallas. Estos seres “insignificantes” son auténticos parásitos que necesitan de las células para “vivir” y seguir su destino que es multiplicarse hasta el infinito. Por eso, necesitan portadores que los hagan viajar por otros territorios para seguir colonizando y conquistando espacios, sin saber ellos mismos los cambios negativos que originan en sus huéspedes.

Por supuesto, uno de los mejores “hospederos” que tienen a disposición son los humanos, esos seres vivos “pensantes” que se creen superior a todo lo que hay en el universo y que subestiman a fuerzas y seres que están incluso antes o desde el mismo tiempo que ellos en el planeta. El ser humano cree dominar todo, pero nos damos cuenta que no. Estos nano elementos sin vida nos demuestran qué tan vulnerables y cretinos podemos ser si nos lo proponemos. Por otro lado, basta dar una mirada al libro: armas, gérmenes y acero de Jared Diamond (1998) para entender mejor cómo seres invisibles al ojo humano nos llevan la delantera y pueden influir enormemente en el destino del ser humano.

Dicho esto, no me queda más que pasar al día a día de esta tan necesaria cuarentena. Así, al empezar el día y mientras pensamos en qué desayunar, les recomiendo escuchar al rey del soneo, al mejor en esto, al hombre del chacharachá: el Cano Estremera. Con esta buena rumba, uno puede empezar a trabajar duro por el bienestar del hogar.

Cano Estremera – periquito pim pim

Para la media mañana, mientras contemplan el jardín, la calle o la ventana del vecino (buscando a la vecina o para chismear) —y para que no me acusen de machista y para ellas, mientras miran la ventana de la vecina (buscando al vecino o también para chismear)— buscando entender qué está pasando y pensando qué diablos hacen los demás, les recomiendo esta canción:

The National – about today

Claro, a estas alturas del partido, todo esto parece un mal sueño y una cosa que no está pasando, pero sí está pasando y tenemos para rato. Solo nos queda acatar este estado para el cual nunca hemos practicado. Seguirás seguramente dando vueltas y en eso, se aproxima violentamente la hora del almuerzo. Y para animar el momento de cocinar, qué mejor que transportarse a Sinaloa, México, con el firme propósito de echarle unos tequilas y animarnos un poco. ¡No mamen cabrones!  Ahí les va unas canciones chingonas:
Lean a Jared Diamond. 

Los Cuates de Sinaloa – negro y azul

Los Cuates de Sinaloa – el manicero

Los Cuates de Sinaloa – el sinaloense

Ya después de haber digerido el rico almuerzo pre fin del mundo y si siguen ahí parados (o paradas) reflexionando otra vez sobre cómo demonios hemos llegado a este encierro sanitario, no se alarmen ni llamen en su mente los mensajes apocalípticos de las series que han visto sobre zoombies, ataques de virus, apocalipsis y cosas similares. No estamos en esa situación, pese a que estamos en el país de las maravillas, donde cualquier cosa puede suceder.

En realidad, más me preocupa un gran terremoto en el Perú, en Lima, que destruya por completo la Carretera Central y haga colapsar la Atarjea y la distribución de agua potable en la ciudad. Ahí sí vamos a vivir un auténtico ataque zoombie. En otras partes del país podría pasar algo similar. Si falta alimento y agua así de la nada y la situación se prolonga varios días, ahí sí estaremos más cercanos a la desgracia humana. Para acompañar esos pensamientos, escuchen y vean estas propuestas musicales:

"28 Days Later" Soundtrack - In The House, In A Heartbeat by John Murphy

Pero no todo es desgracia. Necesitamos paz y tranquilidad para sobrellevar este confinamiento inesperado que promete dejar muchas secuelas en todos los niveles. Por eso, es importante relajarse y afinar el oído. Propongo que escuchen esta canción:

Current Joys - A Different Age
A punto de convertirme en zoombie. 

Pensemos que esto es solo momentáneo y que al final saldremos airosos y más fortalecidos. Seguramente habrá daños colaterales inevitables que deberemos asumir. No obstante, esta situación debe sacar lo mejor de nosotros para reflexionar sobre lo frágiles que somos frente a fuerzas que nos sobrepasan.

Y antes de acostarse, les aconsejo relajarse y pensar que mañana será un mejor día, claro si es que no nos invaden seres desconocidos de tamaño invisibles o vikingos. Por ello, para calmar los ánimos y llamar al sueño reparador, escuchen:

Fever Ray - If I had a heart

Dulces y apocalípticos sueños. “Nos vemos” mañana.

Marzo 2020

domingo, 12 de enero de 2020

LOS CAIMANES 2020

Los Caimanes 2020. 

Hace unos días, me reuní con un grupo de amigos para hacernos otra vez eternos a través de una foto. Se trata de “Los Caimanes”, grupo formado por Dennis, Alfieri, Juan Carlos, Gustavo, yo, César y Fernando, según el orden de aparición (de izquierda a derecha) en las fotografías. Nos conocemos hace casi 35 años. Es difícil que los siete coincidamos en una misma fecha y en un mismo lugar, pero esta vez los astros se alinearon. ¿Por qué somos los caimanes? Y es que a uno de ellos le decimos “caimán” y por ende, somos conocidos como tales. Entre nosotros nos decimos “chamo”; y no tiene nada que ver con la inmigración venezolana, pero sí con la generación de amigos —entre los que se encuentra mi viejo— que nos antecede: los chamos. 

Antes, allá por el año 1987, para ir a Huachipa desde Miraflores a “trampear” cernícalos americanos (Falco sparverius) y otros bichos, se necesitaba permiso (de los padres, no de las autoridades), coraje y levantarse al alba. Y si ibas a ir llevando ratones blancos, trampas, carabinas y demás parafernalia para una jornada exitosa de cacería, necesitabas ir “en mancha” para no fracasar en el intento y vacilarte bien en esos espacios que por aquellos años eran todavía “casi monte”. Pero además de que debíamos tomar no sé cuántos buses, lo más importante para pasarla reamente bien, era ir con la gente correcta, con los “patas” de verdad, con los que compartías muchas cosas en común. Una de ellas era el amor por la naturaleza y por las aves de presa, ambos puntos conjugados en una palabra mágica: cetrería.
Los Caimanes 1988. 
Recuerdo que para coordinar en esos años, se necesitaba una sincronización casi suiza para “quedar” en un solo sitio y emprender la aventura a tiempo. Si no llegabas, te quedabas con los crespos hechos. Recordemos que a mediados de la década del ochenta del siglo pasado no había celulares, Whatsapp, Waze, redes sociales ni nada de eso. Claro, había mucho menos tráfico, las calles eran algo más seguras (no habían combis asesinas ni tanta delincuencia) y si bien los lugares a dónde íbamos (Pachacamac, Huachipa, Pantanos de Villa, Puerto Viejo, Chilca, Albufera de Medio Mundo y otros) eran “lejos”, era más fácil llegar porque entrar y salir de Lima no era tan caótico ni tardaba tanto como ahora.

Los Caimanes 1988 (faltan Alfieri y César).
Nuestros principales puntos de encuentro eran dos: “el consultorio”, ubicado en una calle cerca al faro de La Marina en el malecón de Miraflores y los terrenos adyacentes al faro, sobre todo una hoy inexistente “pampa” casi baldía a la que le llamábamos “el degollao” porque una vez encontramos el cadáver de un hombre de entre 50 y 60 años con un tajo mortal en el cuello. Allí íbamos a volar las aves de presa que teníamos. La cita era siempre a las 16.00 horas entre los años 1987 y 1988.

La foto

Uno de los motivos para reunirnos esta vez, era repetir la foto que fue tomada en Santa Felicia, el 04 de febrero de 1988, tras regresar de Huachipa. La primera de la saga fue tomada por el papá de uno de los caimanes y fue tras un suculento lonche en la casa de los tíos de este caimán. Llegamos ahí, tras haber tenido una jornada exitosa de caza (dos cernícalos); y tras haber salidos disparados, ya que ese día, mientras nos bañábamos en el río (debe haber sido el Huaycoloro) debajo de un tubo de PVC, por donde circulaba agua para algún regadío, a uno de nosotros se le ocurrió la brillante idea de ampliar uno de los huecos por donde caía el agua, a punta de “balinazos” y al final, el tubo se vino abajo.

Los Caimanes 1990
No paramos de correr hasta escabullirnos del lugar, pese a que uno de nosotros (no fui yo) portaba ese día un polo naranja que podía ser visto a kilómetros. Felizmente no nos pasó nada y esperemos que el daño no haya sido tan terrible. Regresamos varias veces a esos parajes y cada viaje era una aventura inolvidable y formaba parta de nuestras innumerables tertulias. Esos “años maravillosos” están llenos de anécdotas y recuerdos imborrables que siempre son motivo de risa y de asombro, pues, hoy en día, ya con varios años y kilos de más, a veces no hay explicación de tanta locura cometida.

Una de las cosas que me llama la atención es que en esa época, sabíamos más de las aves de Europa que de las nuestras. Nos sabíamos decenas de nombres científicos de las aves de otras latitudes como el azor, el gavilán europeo, milano negro, milano real, águila perdicera, águila negra americana, halcón abejero, ratonero común, esmerejón, alcotán, cernícalo primilla, halcón de Eleonora, gerifalte, halcón sacre, halcón borní o lanario, cernícalo patirrojo, cernícalo primilla, quebrantahuesos y varias más.

Los Caimanes 1996. En vez de Juan Carlos, está Diego Velez. 
No contábamos con información sobre nuestras aves. Una de las pocas referencias que teníamos era el libro de Aves de Lima de María Koepcke, publicado en 1983. Recuerdo que entre nosotros nos “tomábamos” examen para poder saber todos los nombres de las aves europeas y boreales. Sin duda, hoy la situación es otra, el acceso a la información en ese entonces dista años luz de lo que es ahora. Pero, esa es otra historia.

Los años miraflorinos

Tendría que escribir cientos de líneas para plasmar todas las anécdotas de esos tiempos. Ese año y pico que mi hermano y yo vivimos en la calle Bolognesi, en Miraflores, cerca de la avenida Pardo, fue una época inolvidable. Recordé por ejemplo cuando salíamos a volar a una lechuza de campanario (Tyto alba) al malecón vestidos de manera estrafalaria. Me imagino que los vecinos miraflorinos que se nos cruzaron en la calle, deben haber quedado algo trastornados por la escena algo bizarra que les ofrecíamos. También recuerdo la historia de un cuy (el “cuy Maruy”) que sobrevivió varios días en una mochila, ya que lo habíamos llevado como “carnada” a una cacería, pero nos olvidamos de sacarlo de su nueva morada. Felizmente, a eso, sobrevivió.

Los Caimanes 2014
Y así podría contar muchas historias más. Pero dos de los hechos que también me marcaron en esas épocas fueron, cómo es que me dio hepatitis y tres meses después, cómo es que me dio tifoidea. En diciembre de 1987 se me ocurrió la brillante idea de recoger una torta casi intacta de una heladería cerca de mi casa para saciar el hambre voraz del fin de semana. El lunes me levanté casi como un zoombie y pese a informar de que no estaba en condiciones para ir al colegio, mi madre me mandó a tomar el “chama” en la avenida Pardo.  

A las dos cuadras tuve que bajar porque estaba casi como un cadáver y tuve que llegar casi reptando a mi cama. Asumiendo que tal vez era porque no había tomado desayuno, me aseguré con un tamal de chancho. Luego no sé si me desmayé o estuve en el cielo y reviví, pero al mediodía que desperté me fui con mi mamá al hospital arrojando por las calles de Lima el rico potaje a base de maíz. Tres meses después y ya repuesto, estaba con un caimán en mi casa y detecté sobre la refrigeradora unas hamburguesas con un sospechoso color verde. El hambre apretaba. Terminé en cama.

Así, pese a ambas enfermedades, puedo decir que esas épocas fueron extraordinarias. Volver a juntarnos los caimanes originales ha sido apoteósico. En aquellos años vivíamos a otro ritmo, sin preocupaciones extremas y practicando uno de las disciplinas más nobles que existe en el planeta: la halconería. Algunos continúan en ello, otros ya no, pero lo que importa es que el respeto y admiración hacia la vida silvestre sigue intacto y eso es un bien preciado que los años no pueden ni podrán alterar.

Enero 2020    


lunes, 30 de diciembre de 2019

¡YA NO ME MANDEN CORREOS ELECTRÓNICOS!


Ya pronto a cerrar el año 2019, me puse a revisar los correos electrónicos almacenados en mis bandejas de entrada, porque me llegó un aviso que anunciaba que ya estaba por alcanzar la capacidad total de almacenamiento. Y en esas andaba cuando, producto de una sinapsis remota en mi masa cerebral, recordé que en algún lugar leí que los e-mails tienen una mala reputación en relación al calentamiento global del planeta. Ya se imaginarán por qué. ¿O no?


Ya recordé. Estaba viendo la repetición de unos partidos de futbol de la liga inglesa y vi algo que me llamó la atención —además de la buena calidad de juego de los británicos—. Me detuve en el slogan de una campaña de la empresa inglesa proveedora de energía Ovo que decía algo así como: “Piensa, antes de decir gracias”. Al final, la campaña se podía resumir en: quien deja diariamente de ser amable, cuida el medio ambiente. Según la empresa inglesa, si cada adulto en Gran Bretaña deja de mandar un correo de agradecimiento, se podría ahorrar anualmente la emisión de 16 000 toneladas de dióxido de carbono (CO2), lo que equivaldría a 80 000 vuelos de Londres a Madrid.

Esta podría ser una mala noticia para aquellos que siempre quieren quedar bien y ser gentiles; o una buena noticia para los que nunca contestan los correos. Solamente en Gran Bretaña, se mandaría anualmente cerca de 64 millones de correos de agradecimiento totalmente prescindibles.

Será que ahora, por flojera y falta de tiempo, me he vuelto más “ecológico” porque contesto menos correos que antes, pese a que soy un maniático y traumado que no puedo permitir que haya correos sin leer en mis bandejas de entrada. Por otro lado, veo a muchas y muchos conocidos que tienen 300, 500, 700, 1000 correos sin abrir. En esos casos, yo estaría al borde del suicidio. ¿Serán ellos más “ecoamigables” que otros por no abrir sus correos electrónicos y por ende, no contestar?  

Energía para todo el mundo

Cuando se habla de temas digitales y de tecnología, pocas veces se toca lo que concierne al gasto de energía detrás de todo ello. Hablamos de los últimos avances, los software, las aplicaciones, los metales raros que se necesita para producir celulares y de una serie de temas, pero nadie se refiere a la cantidad de energía que se necesita para producir y usar todo esto. Es sabido que desde los años noventa, el consumo de energía mundial aumenta cada año; y todo indica que así seguiremos per secula, seculorum, amen.


 
Y eso que muchos artículos eléctricos como los equipos de música con casetes o CD e incluso televisores —ya obsoletos, cuando en mis años mozos eran lo último y lo más avanzado— ya han sido reemplazados por celulares inteligentes, televisores digitales y laptops, equipos que en comparación con los primeros, ahorran bastante energía.

Según la organización ambientalista francesa The Shift Project el crecimiento del uso de energía en la tecnología digital es el que más rápido estaría aumentando. Tanto así que este sector tendría el 4% de la cantidad total de emisiones de CO2 a la atmósfera. Con ello, este rubro liberaría más dióxido de carbono que todo lo que implica el tráfico mundial de aviones comerciales. Y para el año 2025, la organización no gubernamental francesa estimaría que el porcentaje se duplicaría. Bueno, y ahora sabemos por dónde va la cosa en referencia a los correos electrónicos: donde estos son almacenados, existe un gasto de energía.

¡Ya basta de mandar correos (inútiles)!

Dicho lo anterior, creo que es momento de reflexionar sobre qué tantos correos electrónicos mandamos y respondemos. Debemos evaluar si realmente lo que enviamos tiene una utilidad, a cuántos le mandamos lo mismo y si no es mejor utilizar Dropbox o los famosos “drive” de Google para almacenar documentos, fotos y otros, en vez de estar haciéndolos pasear por el universo informático y que deban ser almacenados en distintos servidores con un respectivo gasto de energía. 

Y es que, independientemente de que los correos electrónicos sean almacenados en los discos duros o “en la nube”, para ello se requiere energía. Si colocamos un archivo “pesado”, por ejemplo en Dropbox, por lo menos no estará mucho tiempo en una computadora o en los servidores de las cuentas de los receptores. 

Por supuesto y como debe ser, existen posiciones contrarias o no tan fatalistas ni alarmistas que critican el “ataque” a los correos electrónicos y que exigen prudencia. Algunos afirman que no es lo más estratégico en el combate que libramos frente al calentamiento global del planeta, hacer que la gente tenga la conciencia sucia por mandar un e-mail. Y es ahí, donde algunos dirigen las miradas hacia los correos spam o no deseados. Su llegada a diversos servidores y su posterior procesamiento para eliminarlos o la necesidad de tener que poner filtros implica también el uso de energía. Sabemos que estos no son pocos y que llegan por “toneladas”.

Para estos últimos, el consumo de energía entre alguien que manda un correo de vez en cuando y otro que se la pasa todo el día viendo videos en Youtube varía enormemente. Un “adicto” o un usuario empedernido de las redes sociales estaría aportando más al calentamiento global que el primero; un poco en contradicción con lo que se afirma líneas arriba. Por ende, sería necesario que las grandes empresas que brindan servicios de internet, opten progresivamente por fuentes de energía totalmente renovales para lograr que todo el consumo de energía para el tráfico de datos sea neutral.

Entonces…

El aumento del uso de energía en el mundo digital también se debería a que los costos para el acceso y uso de hardwares eficientes y rápidos han disminuido enormemente. Hoy en día, muchas personas pueden invertir dinero en comprar servicios de almacenamiento “en la nube”, en comparación con hace diez años por ejemplo, en que se debía pagar altos montos para financiar el uso de servidores de almacenamiento. Actualmente, esos costos son comparativamente menores. Eso a su vez origina que al final se gaste más energía en más aplicaciones, equipos, servicios y otros.

En el caso de las aplicaciones, la parte más “problemática” es la de producción. Y es que casi la mitad del gasto de energía se va en “hacer” las aplicaciones y programas. En el caso de los teléfonos inteligentes, su balance es todavía más negativo, dado que el 90% del gasto de energía en todo su ciclo de vida (calculado en dos años) se va antes de que el cliente lo tenga entre sus manos, es decir, cuando es producido.

No obstante, no pretendo crucificar a la tecnología. Eso sería totalmente incongruente de mi parte y de casi todos los que vamos a leer esto y estamos “rodeados” de estos aparatos y programas. Por otro lado, sin tecnología no podríamos intentar frenar y controlar el cambio climático. Lo mejor, creo, es intentar reducir el uso de estos “aparatejos”, “programejos” y demás hierbas; usarlos lo más que se pueda, repararlos, en vez de correr hacia lo nuevo e incluso, se recomienda comprar equipos usados y reciclar. Y si no estás de acuerdo, bueno, anda a la siguiente COP 26 a pie y expón tu caso; o habla con Greta.

Diciembre 2019

viernes, 13 de diciembre de 2019

CONSERVACIÓN Y BANCARROTA (Y NUEVAS LISTAS DE ESPECIES AMENAZADAS)


Sabemos que trabajar con fauna silvestre implica, como casi todo, invertir dinero. A veces se utiliza recursos financieros y humanos en experimentos pomposos, cuyos resultados quedan archivados en cajones o generan conocimientos que no pueden ser aplicados a la realidad por alguna u otra razón. Comento también algunos datos (¿positivos?) sobre la actualización de la Lista Roja Global de especies amenazadas a cargo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y sobre el proceso de actualización de la clasificación de especies de fauna silvestre categorizadas como amenazadas en el Perú, liderado por el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR).  



Muchos científicos saben que siempre existe el riesgo de que entre a talar un factor imprevisto en la realización de un experimento o de un trabajo en campo, el cual puede ocasionar daños directos o colaterales dramáticos. El siguiente caso me llamó la atención. Científicos rusos han padecido durante una investigación para conocer las rutas de migración del águila esteparia (Aquila nipalensis) desde Siberia a otros territorios asiáticos.

Para ello, los ornitólogos les colocaron a 13 individuos de esta ave rapaz unos transmisores con GPS para que emitan señales a través de mensajes de texto, con el fin de definir las rutas de migración y evaluar sus recorridos. De esta manera se puede identificar posibles amenazas durante el trayecto de las águilas, lugares importantes que deben ser protegidos, así como otros aspectos que garanticen que estas imponentes aves puedan ser conservadas y cumplan su importante rol en la naturaleza.

Hasta ahí todo bien. Sin embargo, al parecer, en la concepción del trabajo de campo se obvió o no se tomó en cuenta un pequeño detalle. Y es que, de las aves usadas, un individuo hembra ─a la que se bautizó como Min─ les hizo la noche a los rusos. ¿Qué pasó? Pues Min alzó vuelo desde Siberia hacia Kazajistán y se quedó ahí cuatro meses, pero resulta que en la región donde Min estuvo, ¡no hay señal telefónica! ¡Pequeño detalle! Por ende, todos los mensajes que “debía mandar” esta señora águila, nunca llegaron a tiempo.

Seguidamente, Min emprendió vuelo hacia Irán, allí, en el territorio donde pasó sus días, no había señal telefónica ni internet. Lo peor vino después. Todos los mensajes almacenados que no pudieron ser enviados, llegaron de una sola vez a Rusia, con lo cual, Min, sin querer, hizo que los costos ocasionados por el “Roaming” fueran bastante elevados, pues se suponía que todos los costos eran por telefonía local, pero no fue así. Esto originó que la cuenta telefónica sea bastante elevada.

La ornitóloga rusa Elena Schneider, líder del proyecto, manifestó que Min hizo que los costos por mensajería de texto (más de 100) elevaran el presupuesto del proyecto de investigación, con lo cual, hubo un sobrecosto sin financiamiento que tuvo que ser compensado a través de una colecta, llamada algo así como: “Recarga el celular del águila”. Esperemos que hayan podido recaudar lo suficiente.
 
En relación a los resultados, de manera general se puede anunciar qué países visitan estas águilas y cuáles son las principales rutas de migración. No obstante, la ruta que siguió nuestra amiga Min fue toda una sorpresa, pues no pudo ser prevista. Tras analizar los datos, ninguno de los otros doce individuos causó tan altos costos, pese a que volaron por Sudán y Paquistán.

¿Buenas noticias?

Al año, la UICN actualiza la Lista Roja Global de especies biológicas amenazadas del planeta. En la última actualización habría algunas noticias positivas. Sin embargo, el balance general todavía es algo desalentador. Esta vez se identificó los casos de diez especies que reportarían avances en su conservación, gracias a diversas acciones destinadas a su protección. La nueva Lista Roja incluye a ocho especies de aves y dos de peces que han “bajado” su rango de amenaza. Esto demostraría que la naturaleza sí se puede “recuperar” cuando se le da la oportunidad. Tal situación es descrita por muchos como un pequeño halo de luz al final del túnel.

Resalta el caso del rascón de Guam (Gallirallus owstoni), ave no voladora que fue considerada como “Extinta en Estado Silvestre” y que ahora ha sido catalogada como “En Peligro Crítico” de extinción. En el año 1987 murió, a causa de la picadura de una serpiente, el último ejemplar silvestre en la isla del Pacífico Guam. Sin embargo, gracias a un programa ex situ de reproducción en la isla vecina de Coco, se logró la reintroducción a su hábitat natural de ejemplares en Guam.

Otro caso ofrece algunas esperanzas para la avifauna terrestre. La cotorra de Mauricio (Psittacula eques) pasó de estar “En Peligro Crítico” a “En Peligro” y su población actual es de alrededor de 750 parejas, con lo cual, podría ser que se asegure su reproducción en estado silvestre, claro, siempre y cuando existan las condiciones para ello. 

73

Por otro lado, 73 especies están hoy “más amenazadas” que hace unos meses. Y es que para muchos animales y plantas, el ocaso sigue rondándolos sin tregua alguna. La Lista Roja Global de la UICN incluye a la fecha, a más de 110 000 especies; y de ellas, más de 30 000 están clasificadas como “En Peligro Crítico”. En julio de este mismo año, las cifras eran 105 000 y 28 000 especies respectivamente. Es decir, las cifras han aumentado en 0,5%.

Rascón de Guam. 
Otro ejemplo de una especie que está más amenazada ahora que hace unos meses es la liebre silvestre europea (Oryctolagus cuniculus), pese a que su población global es alta. Pero, en su lugar de origen y en estado silvestre, es decir, las poblaciones en España, el sur de Francia y en Portugal se encuentran categorizadas como En Peligro Crítico. Un virus mermó la población en estas regiones en un 70%. Este mamífero es fundamental para el mantenimiento del ecosistema, dado que es presa del también amenazado lince ibérico (Lynx pardinus) y del águila imperial ibérica (Aquila adalberti).

Otro punto importante en la actualización de la Lista Roja Global es que cada vez es más evidente que el cambio climático es una amenaza real de la diversidad biológica, según la UICN. Así por ejemplo, en Australia, casi la tercera parte de los peces de agua dulce están amenazados; y de ellos, más de la mitad de especies sufren la amenaza directa por sequía o por el aumento de la temperatura global.

Perú

Y tomando en cuenta los parámetros de la UICN, en el Perú y bajo la conducción del SERFOR, se realiza el proceso de actualización de la clasificación de especies de fauna silvestre categorizadas como amenazadas, para tener claro en qué especies se debe poner énfasis, identificar claramente las principales amenazas y priorizar las acciones de conservación, entre otros fines.

Se debe tener en cuenta que en el Perú, el primero de estos documentos fue aprobado en el año 1977 y en ese entonces se incluyó, en una sola lista, a 104 especies de flora y fauna silvestre categorizadas como amenazadas. Posteriormente, en 1990 se tuvo una nueva lista con 170 especies; y en 1999, se aprobó una lista con 221 especies (86 aves, 77 mamíferos, 44 reptiles y 18 anfibios). Cinco años después, en el año 2004, la lista aumentó a 301 especies (172 aves, 65 mamíferos, 38 anfibios y 26 reptiles). La elaboración de esta última estuvo liderada por el extinto Instituto Nacional de Recursos Naturales (INRENA); y las tres primeras por el Ministerio de Agricultura.

La elaboración de la lista vigente, aprobada por el DS 004-2014-MINAG, fue liderada por la también extinta Dirección General Forestal y de Fauna Silvestre que pertenecía al Ministerio de Agricultura. Poco tiempo después, esa dirección fue sustituida por el actual SERFOR que está adscrito al renovado Ministerio de Agricultura y Riego. En ella se incluyó 535 especies de fauna silvestre y por primera vez, se tomó en cuenta a los invertebrados.
 
Se espera tener la lista aprobada para el año 2020 y con ello, poder contar con información actualizada, verificable y de utilidad para tomar las acciones necesarias de investigación, conservación y aprovechamiento, con el fin de garantizar el uso sostenible de nuestra fauna silvestre. Y sobre todo, se va a tener a las especies amenazadas del país en la categoría a la que realmente pertenecen y no donde algunos (o algunas) quisieran que estén para justificar su accionar o pedir dinero e invertir en actividades para una u otra especie que tal vez no lo necesite con urgencia, con lo que se dejaría de invertir en especies que sí necesitarían acciones inmediatas para asegurar que no desaparezcan.

Por otro lado, el hecho de que cada nueva lista tenga más especies, no necesariamente significa que tenemos más de ellas bajo algún grado de amenaza. Es verdad, es lo que la lógica nos dictaría, pero no, se debe principalmente a que hoy contamos con más información disponible, lo que nos permite ─ahora sí─ evaluarlas. Años atrás no se contaba con los datos suficientes para poder asignarle un estado de amenaza. Y por si acaso, tampoco es serio meter a cientos de especies a la lista y pintar un escenario apocalíptico.

En resumen, se espera una nueva lista para el país. Somos conscientes de que sería “más larga” que la actual, pero sepamos darle lectura y buen uso al esfuerzo de decenas de investigadores(as) peruanos(as) quienes, en conjunción con el SERFOR, el Ministerio del Ambiente y otras organizaciones públicas y privadas, hacen un gran esfuerzo para poder conocer y gestionar adecuadamente lo que tenemos. SI no es ahora, ¿cuándo?


Diciembre 2019

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