viernes, 2 de septiembre de 2011

EL ÚLTIMO CLAVO

Muy temprano, en un día cualquiera de enero, Ana Sofía salió de su casa con una prisa injustificada. No sabía realmente si debía ir o no a su encuentro, sin embargo, tras un sueño pesado y lleno de recuerdos imprecisos, caminaba sin ningún pensamiento en particular. Su rostro risueño y jovial de siempre, se ocultaba ante una demacrada mirada de invierno limeño. La velocidad de sus pasos aumentaba de vez en cuando, pero, sin poder sostener ese ritmo frenético, su andar disminuía cada vez más seguido. De pronto se detuvo —inexplicablemente y sin ninguna razón aparente— frente a una casa antigua y bien conservada. Se dedicó a observar dicha construcción alrededor de cinco minutos. Las calles aún estaban calmas. Se distrajo unos segundos para prestarle atención a un perro que empezó a olerla con una curiosidad de rutina. Eres un lindo, perrito, ¿cómo te llamas? Qué ricura, anda papacito con tu dueña. Al instante pasó una cuarentona corriendo mirando el horizonte sin importarle nada. El perrito dejó pasar unos segundos y salió disparado a perseguir a su ama.

Me encanta. Bueno, debo seguir. ¿Quién me va a abrir el ojo con un dedo mientras me quedo dormido en el cine? Las calles retomaban aceleradamente su acostumbrado frenesí. Ana Sofia seguía andando feliz de la vida. Ya no sé exactamente qué voy a decirle. Mientras tanto, JJ caminaba sin rumbo a su encuentro. La humedad se hacía notar sin sorprender. Se encontraron en ese parque con olor a flores frescas de cementerio andino. Está bien, dejémoslo ahí. Es lo mejor, recuerda querida que tú debías llevarme a casa y enseñarme el camino. No importa, ya lo harás. No hagamos el drama de siempre. Perfecto. Ese plato es exquisito. Lo pruebas y te encanta. Te va a gustar. No puedo. ¿Viste el atardecer? Tú eres esa luz.

Encontró, en una caja de zapatos donde yacen sus mejores recuerdos, un pequeño poema que le dedicó JJ hace ya varios años, el cual le parecía hermoso, pese a que no logró descifrar su real contenido y mensaje. ¡Qué bonito mi amor! Lo leeré solita en mi cama antes de acostarme. Perfecto, ojalá te guste. Lo escribí porque no quería que se me escapara nada en ese momento de efervescencia. ¿Te acuerdas esa vez que me quedé cinco horas botado en el aeropuerto de Manaos? Bueno, ahí escribí esas líneas, desesperado por regresar a tu lado. Claro que me acuerdo. Me quedé muy triste de no ir contigo al matrimonio. ¿Quién me va a decir que no puedo tener mis animalitos?

Tu Amor

Mi amor
Foránea magnificencia de lo universal.
Perfección e inteligencia en amalgama perfecta y eterna.
Mi amor
Niña espiritual de ilusiones arriesgadas y sinceras.
Soñadora y comprensiva mirada, bienaventurada sea.
Mi amor
Ave enjaulada de infinita belleza.
Garbo y sapiencia que deslumbra la noche calma y certera.
Mi amor
Oriental lindura del amanecer en mi regazo.
Sabiduría y cariño genuino, alegre el porvenir a tu lado.
Mi amor
Pequeña y confusa transición del despertar sin rencor.
Obnubilación indescifrable que se esconde del bello y simple mañana.
Tu amor
Irremediable y desconocida señal de felicidad trunca.
Amasijo de pensamientos que aguarda su turno en un maldito y único futuro.

Lo volvió a leer sin entender con claridad a qué o a quién se podría referir ese conjunto de palabras desgarradas e inútiles. Intentó descifrarlo por partes, no obstante, se ruborizó por su obsesión de analizar todo hasta encontrar o tentar un resultado. Luego, no hizo otra cosa que doblar el viejo papel amarillo donde estaba el poema latiendo por indiferencia y angustia, para luego guardarlo en esa invalorable caja de los recuerdos. Ana Sofia se quedó pensando en el vestido que se pondría para ir a la bendita reunión de su amiga. No lo llamará. No tiene sentido. ¿Quién me va a decir que escribo como Yoda? Ya tienes algo, no lo sé. No mires hacia el horizonte. Es muy lejano y ajeno. No me lo hagas recordar.

Ya nada tiene sentido si no es visto como algo pasado. JJ no entendía ya casi nada del presente y menos del futuro. Ahondar en el pasado era para él, escarbar en un cementerio fresco, de cadáveres aún calientes. Para Ana Sofia, todo estaba en orden. Perfecto. Así será. Lo que hoy somos, lo seguiremos siendo mañana. Por lo menos así lo he escuchado. Ahora que recuerdo, ¡tú me lo dijiste! Si supiésemos con certeza cómo se proyectarán nuestras sombras, todo sería más fácil. Bueno mi amor, mi último amor, tu primer amor, ya es hora de ir a cenar. No te preocupes, yo estaré bien. Tú estarás mejor. El veneno se disuelve rápido, todo depende de la dosis. Claro, tu mirada atraviesa paredes, la mía también. Ya no sabes qué decir, pero ¡qué importa! No digas nada, así te entiendo mejor. No hables, no me mires, solo susurra ese canto en mi oreja. Yo sé qué pensar. Excelente. No sabes lo bien que te has sentido esos días, ni lo bien que me he sentido en esos días de soledad. ¿No entiendes? No te preocupes, ya lo harás y yo lo olvidaré, luego tú lo olvidarás y yo lo entenderé. Ahora ya tengo algo. Es verdad lo que nos decía el enano verde. Solo dime una cosa que no sepa y déjalo ir.

Ana Sofia camina de regreso a su casa. JJ también, pues, ¿a dónde más podrían ir? El camino parece ser más largo para ambos. Mejor aprovecharé para comprar té y rosas. Yo aprovecho para pagarle al mecánico. Esa oportunidad fue buena. Subes el volumen y te sientes mejor. Ya no hay que susurrar. El miedo desaparece querido. Entiendo. La estrella nos hace una señal. Es solo un sueño y una premonición. Los ladridos son otros. Salgamos a caminar. El río discurre por allá abajo. ¡A ver la foto! ¡Oh no! No puedo. La masa muscular de mis pensamientos no me deja. Bueno, ya está. Cambiemos de tema. Al final todo arderá en llamas.

Setiembre 2011