domingo, 18 de octubre de 2009

GRACIAS ONETTI: ¡TE PASASTE MACHO!

Hace unos días terminé de leer el excelente libro de Mario Vargas Llosa “El viaje a la ficción. El Mundo de Juan Carlos Onetti”. Me siento bastante contento de haber descubierto a este gran autor uruguayo, al cual solo conocía por algunas referencias. Leyendo sobre él siento que su estilo de vida se me hace conocido. Onetti era huraño, disfrutaba de un aislamiento voluntario en su hogar leyendo novelas policíacas, bebiendo whisky y fumando. Me pasa por ahora algo similar, pues últimamente prefiero quedarme en mi casa, leer o ver cualquier sonsera en televisión, o en el mejor de los casos, escribiendo y leyendo. Además, huyo de la mayor cantidad de compromisos sociales. Cuando estoy solo disfruto de la soledad en demasía. Incluso he llegado al extremo de conversar en voz alta conmigo mismo. En esos momentos también me asaltan los más profundos pensamientos malignos y a veces hasta desquiciados que se basan entre otros en escenas obscenas, retorcidas y de desprecio hacia muchas situaciones y hechos cotidianos.

También aparecen en mi cerebro saltos violentos de tiempo, en donde se confunden momentos pasados con los actuales como si estuviesen todos en una continuidad perfecta, es decir, como si el tiempo que distancia los hechos unos de otros no existiese. No me da miedo comunicar esto, al contrario, siento que todo esto enriquece mis pensamientos y me mantiene alerta (aunque no lo parezca) de todo lo extraño que resulta convivir con seres humanos dada su imprevisibilidad. En los momentos de estar solo maquino cómo describir a la fauna tan sinvergüenza en la que nos hemos convertido los humanos.

Un escritor con las influencias de James Joyce, John Dos Passos y en gran medida del genio escritor estadounidense William Faulkner, más esa mezcla de ficción y cruda visión de la miseria humana, solo puede ser de mi admiración. Yo creo que el hombre es un ser miserable y que a veces la única manera de entender este mundo en decadencia es explorar el interior del humano para intentar encontrar su comportamiento irracional y combatirlo. Crear un mundo ficticio para escapar de este laberinto maldito que puede ser nuestra vida, me parece una opción interesante y válida para sobrevivir en un remolino de desgracias. A Faulkner le debemos el Macondo de Gabriel García Márquez, el Comala de Juan Rulfo y la ciudad ficticia de Santa María creada por Onetti.

Yoknapatawpha Country, esa ciudad ficticia creada por Faulkner y ubicada en algún lugar del sur profundo de los Estados Unidos, es el lugar perfecto para “insertar” personajes y escenas que narran la decadencia humana. Luego de haber leído hace ya varios años “El ruido y la furia” de Faulkner (y muchos otros libros de él) y ahora, después de haber descubierto a Onetti, siento que tengo la excusa perfecta para ir creando un lugar ficticio que me aleje de toda esta mierda. No es que me vaya a aislar del mundo. Al contrario, uno puede estar en medio de todo, pero lo importante es dónde está nuestra mente cocinando nuestros más oscuros secretos y deseos. Analizar una misma situación a través de diversas miradas y en un lugar inexistente me ofrecería la oportunidad perfecta para dejar que algunos de mis más oscuros pensamientos tomen vida y salgan a flote para bien o para mal. No todo es bello y lindo en este mundo. La situación terrícola es cada vez más preocupante.

Recién ahora puedo seguir leyendo, ya que esos “malos” pensamientos no me dejaban tranquilo y me conminaron a escribir estas líneas para continuar sumergiéndome en más páginas de calidad. Nada más reconfortante que leer un buen libro en estos días de vertiginosos minutos incontenibles. Dejar salir a nuestros demonios (y/o a nuestros ángeles) para entender lo que nos rodea, no es una mala idea. Claro, no estoy haciendo una apología a la maldad. Tampoco pretendo que todos nos convirtamos en monstruos. Pero sí creo que una pizca de ira, desconfianza, violencia, sangre fría y de “huevos” es necesaria para intentar cambiar algo. Por último, todo esto alimenta (aunque suene extraño) a fortalecer mi espíritu. Le agradezco a Onetti por mostrarme un mundo fascinante. Además, reitero mi admiración por Faulkner, ese gran escritor que me ha hecho ver toda esta aventura que es la vida de una manera distinta.

martes, 13 de octubre de 2009

LA CONSERVACIÓN DE LA DIVERSIDAD BIOLÓGICA Y LA PROTECCIÓN DEL MEDIO AMBIENTE (1)

He estado (y sigo) pendiente de algunas discusiones sobre la terrible situación de la diversidad biológica en el planeta y las diversas propuestas que existen para intentar remediar esta situación. Encuentro posturas que sustentan salvar específicamente algunas especies, las cuales colisionan con otras, que pregonan que se debe salvar al ecosistema en sí que alberga tal o cual especie. Es decir, no nos debemos avocar a una especie sino a todo su hábitat. Personalmente concuerdo con esta última postura. Veamos otros elementos de juicio para tener más claro el panorama.

Y es que apostar por conservar todo un ecosistema implica dejar de utilizar ciertos espacios para la agricultura y la generación de fuentes de energía y minerales. Es obvio que un área natural protegida no puede convivir con estas actividades productivas, pero para muchos no lo es, y menos cuando el planeta sigue creciendo de manera descontrolada. Voy a utilizar el caso del tigre como referencia a lo que sucede con la diversidad biológica. Este felino que se distribuye desde Siberia hasta Indonesia "ha visto" cómo su territorio se ha reducido, entre 1995 y 2005, en un 40%. Además, algunas de sus subespecies ya se extinguieron. En India, se calculaba que la población del tigre era de 40 000 ejemplares. Hoy en día se estima que no pasan de 1500.

Es así como en mayo del 2008 se reunieron en Bonn (Alemania) más de dos mil científicos de todo el mundo en la novena Conferencia sobre el Convenio de la Diversidad Biológica (CDB) con el fin de establecer los mecanismos para salvar de la extinción a la fauna y flora del planeta. Los resultados de dicha reunión aún no son conocidos por el público de a pie. Esperemos que nuestro país haya sido dignamente representado y que los compatriotas que estuvieron en Alemania hayan traído propuestas aplicables a nuestra realidad.

Un tigre en depredación

Regresando al tigre, en el mundo deben existir entre 3500 y 5000 ejemplares de este gran felino según la WWF (World Wildlife Fund). Con esto, el tigre ya está en la lista de las especies al borde de la extinción. Las principales causas de su desaparición son su caza indiscriminada para obtener los huesos, piel y dientes, así como la disminución drástica de su hábitat. Y es que comparando las cifras con el año 2000 en donde se estimaba una población entre 5000 y 6000 tigres, la alarma suena imparable. El tigre de Sumatra ya está a punto de desaparecer. Asimismo, las subespecies: bengalí, indonesio y malayo están amenazadas. El tigre del sur de China, del cual hace diez años se calculaba que existían entre 20 y 30 individuos, ya debe estar extinto.

Pese a todo lo hecho (y no hecho) para salvar al tigre, el panorama es desolador. En especial, la creencia de las cualidades curativas y afrodisíacas de las partes del tigre hace crecer la demanda de estos bellos animales (¿no nos suena esto conocido?). Por otro lado, pese a que ya desde el año 1975 existe una prohibición internacional para el comercio de estos animales, para variar, esto no ha impedido su caza ilegal. El ser humano se cree un "monstruo" en conservación, pero en realidad es “un tigre” en depredación.

¿Floro monse?

A diferencia de otras reuniones, esta vez el punto central de la discusión en Bonn fue contemplar a la diversidad biológica como una sola, y ya no solamente casos aislados (como el tigre, el orangután y otras especies al borde de desaparecer del planeta). Es por eso que ante el actual encarecimiento de los alimentos y la búsqueda desesperada de fuentes de energía, así como ante la crisis financiera, ¿es más importante conservar al rinoceronte de Sumatra?, ¿acaso no se necesitan mayores superficies de tierra para la agricultura? El debate sigue pendiente.

Adicionalmente, existe la discusión por el tema de los transgénicos y la monoagricultura contra la diversidad biológica. Para algunos, los primeros pueden salvar al mundo de la hambruna, para otros, en la variedad de especies (y en la diversidad genética) está la salvación del planeta. El conflicto de intereses entre la protección de la flora y fauna y los apetitos comerciales es un tema que tiene para rato y que nos involucra directamente, pues somos un país megadiverso.

Ya en 1992, en Río de Janeiro, donde se firmó el primer CDB (durante la Cumbre de la Tierra), se reconoció que la extinción de especies trae consigo la pérdida de importante información genética. Así también, se determinó que la conservación del medio ambiente no sería exitosa si no se cubren las demandas básicas de las poblaciones directamente involucradas. A esto se le adiciona ahora la necesidad de proteger no solamente una especie, sino a todo su territorio. Si bien a partir de 1992 se acrecentó una ola de establecimiento de áreas naturales protegidas, la disminución de animales y plantas ha aumentado.

Si asumimos que existen cerca de 1,5 millones de especies de flora y fauna en el planeta y que gran parte de ellas no ha sido aún descrita por la ciencia, además de que se estima que cada día desaparecen aproximadamente 100 especies, y que finalmente casi 16 000 de ellas figuran ya en la Lista Roja de la IUCN (International Union for Conservation of Nature); algo estamos haciendo mal. La tercera parte de los anfibios, cada octava ave, cada cuarto mamífero y cerca de 100 000 plantas silvestres están amenazados. Tras 17 años del primer CDB se ha hecho poco.

Se habla permanente de conservar la diversidad biológica, sin embargo, con cada nueva carretera, pozo petrolero; con la expansión interminable de las ciudades y de sus zonas industriales; y con la colonización de nuevos terrenos agrícolas; se le mete una zancadilla a dicha intención. Conciliar los intereses ecológicos con los económicos es complicado.

Además, no solo existe una dependencia entre la protección de las especies con la del clima mundial, sino que también son consecuentes. Con el cambio climático la extinción de especies se acelera. Si bien existen biólogos que confían en que las especies se adaptan al calentamiento global como parte del proceso evolutivo, otros más escépticos, como los del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC en inglés) asumen que con un aumento de la temperatura mundial en 2,5 grados centígrados al final del siglo, cada tercera especie desaparecerá.

En el siguiente artículo veremos qué propuestas y soluciones se han planteado en la tribuna internacional para no perder la batalla contra la extinción de especies.

Artículo publicado el 12 de octubre de 2009 en la versión impresa de la Revista Viajeros:
http://www.viajerosperu.com/articulo.asp?cod_cat=1&cod_art=1509

sábado, 10 de octubre de 2009

MIXTURA

Unas punzadas dolorosas en el cuello te regresaron a la triste realidad. Creías sanamente que esa postura supliría los dolores y la apremiante electricidad en una de tus piernas. Un movimiento brusco intentó liberar un conejo de un sombrero de huesos y músculos entumecidos. Todo estaba oscuro. Distintos humores humanos se confundían serenos en el aire enrarecido conjugando una almizclada compañía.

Mientras digería un apetecible mamey en el caluroso norte esperaba que los grandes culminen su siesta para poder ir a la gran fiesta. Su abrupta digestión ocasionaba movimientos peristálticos innovadores en mi ya henchida panza. No deseaba ir a la fiesta. Subí abruptamente a una camioneta rodeado de calor y moscas. Estaba peinado y acicalado. La calle se convertía, conforme avanzábamos, en carretera. Las casas disminuían y se aplanaban, mientras las calles se ensanchaban hasta convertirse en una sola vía de ida y vuelta. Del mismo modo, los perros y los niños empezaban a multiplicarse, señal indudable de que nos alejábamos de la ciudad.

Aparecí sentado bajo el sol de la sierra en una plazita, algunos metros por encima del pintoresco pueblito. No entré a la iglesia, santuario o lo que fuese. Me parecía incoherente. Me estremecía un desgano hacia las reverencias y el teatro católico. Las viejas cucufatas me espantaron e hicieron más fácil que decida quedarme sentado disfrutando del sol. Observaba plácidamente el quehacer de ese día tan común pero tremendamente alborotado. Me sentía con un bienestar extraño, como si estuviera en un lugar muy tranquilo, lo cual era incongruente con la realidad pues el tumulto ensordecedor de sus alrededores mostraban todo lo contrario.

Llegamos a la fiesta. Un mar de gente con prendas apagadas parloteaban animadamente en la sala. Una mesa repleta de sanguchitos y gelatinas y una imponente radiola eran al parecer los anfitriones. Me alejé de todo el tumulto y me escabullí entre la masa para, dentro de ella, esconderme de las presentaciones y demás problemas de ser distinto. Mi madre presentaba orgullosa a todo el gentío a mi hermano. Yo buscaba desesperadamente la salida.

El santuario del señor de ese mismo sitio, se encontraba enclavado en los cerros colindantes. El ambiente era de fiesta y de suculentas fritangas. Algunas llamas, ignorantes de la situación, posaban con desaliñados y pintorescos turistas. Familias numerosas se tomaban las fotos del recuerdo con el fondo del bendito “santuario”. Abuelos de innumerables años, madrinas, sobrinas, compadres, niños y demás miembros eventuales sonreían animosos entre hojas de coca y “calientitos”. Los niños compraban emocionados las estampitas, las mismas que veía oscilando en todas las tiendas y autos de la zona. Todos toman para combatir el frío pero, no hace frío.

Estaba siendo testigo de esos momentos en los que el ser humano se comporta igual, esté donde esté. La hospitalidad puede variar en cuanto a la cantidad pero no en la forma. Los padres del “niñito” de la fiesta hacían esfuerzos sobrehumanos para desdoblarse y atender a todos los invitados, en especial a los foráneos, dentro de los cuales me incluía perfectamente. Las paredes hace poco pintadas y el piso lustrado con esmero confabulaban para lograr el mejor aspecto posible del cálido hogar que nos acogía. Mis preocupaciones eran otras. Me sentía preso en ese conglomerado de gente y bullicio. La música empezó con furia y desató el fervor y la alegría de los invitados. Las mamás orgullosas lanzaban a sus criaturas al ruedo para que luzcan sus destrezas y sean los posibles centros de atención o simplemente los mandaban a bailar para que no los sigan incomodando mientras disfrutaban de la hospitalidad de los anfitriones.

El sol me iluminaba el rostro y mi desazón desaparecía conforme avanzaba la mañana. Cada visitante salía más santo que el otro. El aire era por momentos puro y limpio hasta que el olor de parrillas y algunos excrementos de auquénidos irrumpían invisibles. Contemplaba con especial curiosidad a la gente del sitio. Todo era más lento y parsimonioso. Unos niños revoloteaban como palomas y hacían un escándalo poco digno del lugar. Una pareja de novios salió del recinto. Santo matrimonio. El calorcito en mi rostro me hace bien. Contemplaba cómo los cerros colindantes abrazaban al santuario. Tres niños corrían encima de ellos despreocupados de la triste realidad. Me dediqué a observarlos. Definitivamente es bien imprudente que estén allí saltando y jugando. Sentí la presencia de una muchachita triste que caminaba lentamente pero firme hacia el recinto santoral. Vestía humildemente. Era bella, rosadita, llenita. Unas nubes caprichosas pasaban fugazmente por el cielo azul impecable. Pensaba en una caverna misteriosa gobernada por el silencio.

Logre salir de la fiesta y me dirigí a la carretera buscando la puesta de sol. Un hombre se encontraba esperando alguna movilidad que lo llevara a casa. Una variedad de alforjas, morrales y bolsas lo convertían en una figura simpática bajo el rezago de calor norteño. Me acerqué a hacerle compañía y a buscar algunos momentos de salvación frente a la debacle de la fiesta. La música estridente no dejaba de alborotar el barrio, a los perros, al calor, a los churres, a todos, salvo al preocupadísimo hombre que aguardaba meditabundo.

El sol quemaba con más ahínco. Mi vista se concentró otra vez en los cerros y en los tres mocosos. Parecían cabras de monte revoloteando en busca de flores. Cerré los ojos dejando mi mente ocupada en la identificación de algunos olores andinos no registrados en mi cerebro. Un arco iris irrumpió en mi imaginación toda negra. Abrí los ojos y el sol me deslumbró trasladándome a un paralelo universal. Todo era bello y parsimonioso. Veía los cerros con los ojos cerrados y distinguía figuras humanas que se acercaban al santuario y lo contemplaban desde arriba. De pronto ante el intempestivo revoloteo de las figuras, dos de ellas se desplomaban del cerro. Abrí los ojos y vi que dos de los niños se encontraban en caída libre, atiné a gritar “stop”, los dos niños quedaron estáticos en el aire. La gente me miraba. Yo apuntaba al cerro tal cual como un conquistador español tras avizar tierra de indios.

La angustia llegó muy pronto. Decidí quedarme a esperar y a conversar con el señor. Los carros y camiones ignoraban el pedido de Leonidas, agricultor de 45 años y curtido por el sol. Oscurecía de un color naranja similar al horizonte de Nietzsche viendo volar al Super-Hombre. Leonidas casí no hablaba. Lo bombardeaba con numerosas preguntas, de las cuales solo obtenía gestos y muecas. La bulla continuaba y no comprendía como convivían la alegría y la desesperación tan juntas. Leonidas se lamentaba de su suerte. El calor es humano y despiadado. Se alejaba tranquilo, tal como había llegado.

Mantenía en mi mente el deseo de que permanezcan en el aire estáticos hasta que decidiera qué hacer. Sentía una estridente tranquilidad. La gente se me acercaba a raudales. La música del pueblo cesó. En segundos, la plaza se llenó de gente que me miraba con asombro. Lentamente bajé mi mano y los niños bajaron como copos de nieve hasta la plaza. Me sentía un pobre mortal con algún don. Empecé a reír. La gente no dejaba de admirarme y contemplarme. Algunos se persignaban y me acercaban rosarios para que los bendiga. Yo los rechazaba. Solo deseaba estar tranquilo.

Leonidas desapareció contento. La gente me tocaba boquiabierta y balbuceaba oraciones. Me dirigí a una pequeña tienda donde había una sola mesita. Pedí algo para tomar. Necesitaba un trago urgente. Un séquito de gente me miraba. Me senté observando detenidamente el sol. Vino el alcalde. No sabía cómo hablarme. Yo lo ignoraba olímpicamente. Los dos niños que “salvé” abrazaban a su madre y me pedían explicaciones con su mirada. Ella era un mar de lágrimas. Su vestimenta era simple. Me sentía muy bien. Leonidas ya debe estar en casa. El día empezaba a menguar. Los primeros beneficios del alcohol surgían efecto. Una señora me acercó un escapulario. Le dije que por favor sigan sus rumbos. Un surco parecía abrirse en el cielo rayado. Pensaba quedarme sentado disfrutando del poder. Dos compadres en completo estado de ebriedad daban saltos al compás de un moderno huayno. Abrazados cual pareja, bailaban apasionadamente. Me invitaban a que los siga a su fiesta. Uno tenía solo un par de dientes. Yo era santo, era otro, era distinto. No estaba para fiestas. Sentía un calor en todo el cuerpo. ¿O era el trago? Vi unas estampitas con mi foto en un fondo morado rodeado de flecos blancos. ¡Qué fea foto! ¡Salgo horrible, por Dios! Una señora me clavaba su mirada inquisidora. Hereje. La vida no da para más. Esperaba la noche para sufrir en silencio. Sentía rugir unas voces. Unos violines lastimeros frotaban mi alma. Mucha gente me seguía aún observando. Sin perder el tiempo, ya se habían instalado algunos con sus puestos de fritangas. Otros vendían mi estampita. No me quería levantar. Compré dos estampitas "de mí" y me las colgué en el cuello. Me fui a dormir completamente seguro que todo sucede así porque no puede suceder de otro modo distinto. ¿Y ahora?