viernes, 23 de diciembre de 2011

NAVIDAD 2011: LA ANTESALA AL FIN DEL MUNDO

Visto de manera positiva y optimista, que se acabe el mundo el 2012 tiene sus ventajas. Se acaban los problemas, las deudas, los inconvenientes del día a día, el stress, las siguientes elecciones presidenciales y municipales; y además nos ahorramos de seguir soportando innumerables estupideces en este país horrible, en el Congreso y por supuesto en todo lugar que nos rodea. Felizmente antes del fin del mundo tendremos la Eurocopa 2012, donde espero que Holanda aplaste a los ya golpeados económicamente países europeos (aunque antes de desaparecer quisiera ver a Holanda campeón del mundo). Pero bueno, lo importante es que si este fuckin planeta no se acaba del todo, el 2012 nos iremos algunos y quedarán otros, o al revés (lo cual me preocupa enormemente, pues no podemos elegir quiénes serán los afortunados o los desgraciados).

En estos tiempos de recogimiento y de espíritu jovial donde debería reinar la paz y el cariño mutuo, me temo que sucede lo contrario (por lo menos, digamos en un 87%, según mi propio concienzudo y serio análisis) por lo que me preocupa cómo, de sobrevivir, serán las navidades futuras. En fin, qué más da. Lo importante es mantener la calma y sobrevivir a los embistes de estos días donde el maldito “amigo secreto” ronda amenazante por doquier para clavarte una puñalada si no le gusta el regalo que le has comprado con el sudor de tu frente caminando por lugares llenos de inadaptados y mugrosos transeúntes pese al dolor de cabeza y al dolor de patas por caminar como un pobre diablo.

Es fabuloso observar cómo el ser humano es a veces tan hipócrita y descarado. Me causa placer desenvainar mi espada y acometer contra estos malditos hijos del Señor que no hacen más que pulular por ahí vomitando frases de “paz y amor” mientras que por adentro los carcome la envidia, la mediocridad, la venganza y las ganas de joder. Me gusta provocar a los que se creen dueños de la verdad y a los que se “alucinan” ser los llamados para manejar las sendas de los emprendimientos en los que estamos envueltos, pese a que su calidad humana y su sapiencia deja mucho que desear.

He pasado navidades de todos los tipos y recuerdo una que me causa alegría y felicidad. No recuerdo el año (1995 o 1996 creo), pero fue en Heidelberg, en Alemania, específicamente en Neunheimer Feld, es decir, en el conglomerado de edificios estudiantiles donde reinaba la armonía ficticia (con excepciones, claro está). La gran mayoría de estudiantes, entre alemanes y extranjeros, estaban ya en sus cálidos hogares con sus familias. Solo éramos unos cuantos pobres diablos que deambulábamos entre nieve, neblina, el frío maldito, las pocas luces navideñas y la tristeza depresiva del invierno europeo.

Rechacé varias invitaciones a pasar navidades junto a compatriotas y a otros energúmenos. Me asombraba ver a algunos entrar en un llanto imparable por la nostalgia y la pena de no estar con los suyos. Yo pasé la Navidad muy feliz en mi cuarto, leyendo, embutiéndome un suculento pescado horrible del Mar del Norte en una salsa insípida, acompañado de unas horribles papas procedentes de algún puto campo alemán y tomando una sidra barata helada. Me acompañaba una música elegida para la ocasión, es decir, deprimente y agresiva a su vez que me hacía cada vez más fuerte y me daba más ganas de pasar navidad solo, encerrado en cuatro paredes viendo por la ventana poquísimas luces resplandecer entre la neblina y el frío casi polar.

Dormí plácida y profundamente. Me acosté pasado pocos minutos de la medianoche pensando en todos los hogares donde se estarían empujando comida y trago hasta reventar. Yo hice mi sacrificio y mi retiro voluntario y me sentí de lo mejor. De eso se trata creo, de recogimiento, no de comprar desesperadamente y competir con los otros por el mejor regalo y en una falsa celebración pagana. Esa navidad heidelberguense fue una de las mejores, espero que la pueda repetir. Ya tengo la música perfecta y los libros separados para dicha ocasión.