sábado, 18 de agosto de 2018

EL VALLE DEL SONDONDO: REFUGIO DE CÓNDORES (II)


Cóndor andino macho adulto en el
Zoológico La Totorilla, en Huamanga.

Regresé al valle ayacuchano del Sondondo. Esta vez tomé otra ruta. Me fui por avión a Huamanga, para de ahí enrumbar por carretera hacia Cangallo y a Querobamba (en la parte alta del valle) y luego a Andamarca (en la parte baja). Pude conocer así una zona realmente hermosa e interesante del departamento de Ayacucho y recogí, en la parte alta, impresiones de gente que también interactúa con el cóndor andino (Vultur gryphus) del valle del Sondondo. Con ello, ya cuento con dos miradas distintas en torno su conservación en esta magnífica parte del país.

Pude volver a este valle interandino gracias al apoyo del Programa de Desarrollo Económico Sostenible y Gestión Estratégica de los Recursos Naturales en las regiones de Ayacucho, Apurímac, Huancavelica, Junín y Pasco (PRODERN). Esta vez hice el viaje con Doris Rodríguez, especialista del Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR), con Emilio Cruzado, especialista de PRODERN y con William Ayala, director de la Dirección Forestal y de Fauna Silvestre del Gobierno Regional de Ayacucho.

Tras aterrizar en Huamanga, nos fuimos al Zoológico La Totorilla de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga. La idea era ver cómo le iba a un ejemplar de cóndor andino hembra joven que estaba allí en cuarentena, dado que fue rescatado a mediados de junio, justamente cerca del anexo de Mayobamba, en el distrito de Chipao, donde realizamos el primer taller para la conservación de esta ave. El ejemplar fue encontrado aturdido a orillas del río Mayobamba y fue puesto a buen recaudo por pobladores locales.

En un inicio se pensó que había sido envenenado, pero luego se determinó que se habría estrellado contra los cables de media tensión que están en el valle en la zona del mirador. Felizmente, el ave goza de buena salud y debería ser liberada pronto. En el zoológico ha recibido una muy buena atención y tal como vi, ya está esperando el momento de regresar con los suyos. Aprovechamos para recorrer este recinto ayacuchano que alberga también en cuarentena a diversos especímenes de nuestra fauna silvestre que han sido decomisados por tenencia ilegal.

Río Pampas, muy cerca a Cangallo. 
Esos loros, búhos, zorros, pumas, halcones, monos y otros ejemplares nos muestran que el tráfico ilegal de fauna silvestre atenta contra nuestra diversidad biológica y que los zoológicos cumplen un rol importante en la gestión de fauna silvestre, pues, entre otros y con su escaso presupuesto, permiten albergar animales hasta que se decida su suerte. Muchos de ellos (por no decir, casi todos) no podrán regresar a su hábitat natural. Algunos tal vez se queden ahí y el resto se irá a centros de rescate, zoocriaderos u otros. Verlos en ese momento y saber que han sido extraídos de su entorno natural nos recuerda el siguiente mensaje: no compres ni vendas animales silvestres de origen ilegal, no seas cómplice de su extinción.

El bosque seco del valle del río Pampas

Dejamos Huamanga y salimos en dirección a Cangallo, una ciudad ubicada a 2570 metros (m) de altitud y capital de la provincia ayacuchana del mismo nombre, asentada a orillas del río Pampas que es a su vez la frontera natural con la provincia de Víctor Fajardo y que desemboca en el río Apurímac. De Cangallo seguimos hacia el distrito de Querobamba —capital de la provincia ayacuchana de Sucre— ubicado a 3500 m de altitud. Durante el camino estuvimos bastante tiempo acompañados por este río que forma una muy interesante porción de bosque seco que me hacía recordar al bosque seco del Marañón entre los departamentos de Amazonas y Cajamarca.

Porción de bosque seco entre Cangallo y Sucre que hace
recordar al del Marañón. 
Esta zona entre Cangallo y Querobamba en la provincia de Víctor Fajardo y luego en la de Sucre es bastante accidentada y destaca por sus cultivos agrícolas y por su actividad ganadera. En la parte alta se cría camélidos sudamericanos y el comercio es bastante activo con el departamento fronterizo de Apurímac y con ciudades como Chalhuanca, Abancay, Andahuaylas y otras. Así, tras unas siete horas de haber salido de Huamanga llegamos a Querobamba para pasar la noche. Es necesario anotar dos cosas: la zona forma parte de la cuenca amazónica y en cada pueblo que atravesábamos no faltaba su plaza de toros.

Querobamba City

Al día siguiente realizamos el taller sobre el cóndor andino en el Instituto de Educación Superior Tecnológico Público Santo Domingo de Guzmán con estudiantes, profesores y autoridades académicas y ediles. Nos quedó claro que su mirada sobre el cóndor andino es otra con respecto a aquella de la parte baja del valle de Sondondo. Y es que en la parte alta del valle, los cóndores solo están de pasada y usan estos espacios de tránsito o para alimentarse. Es decir, no los utilizan para anidar, dormir o como lugar de residencia. A propósito, recordemos que en mayo de 2018 y muy cerca de allí, se reportó la muerte de seis ejemplares de cóndor andino que fueron envenenados porque se les “acusó” de ser los responsables de la muerte de ganado en la zona.

Estudiante querobambina diserta sobre el cóndor andino en
su región. 
No obstante, se determinó que el veneno habría tenido otro destino: pumas. Pero como se sabe, este felino, en base a su traumática necesidad de tener que convivir con los humanos y de saber de sus torpes acciones, es bastante hábil para no regresar al mismo lugar a cazar, por lo menos, por un buen tiempo. Así que los cóndores bajaron a comer ganado envenenado que nadie solicitaba y se fueron a la otra. Se podría inferir entonces que en esta zona, los cóndores serían vistos como una amenaza y que estarían expuestos a ser capturados para ser usados en el conocido Yawar Fiesta. Y si bien nos contaron que se habría reducido bastante el uso de esta ave para tal fin “cultutral”, aún no se puede cantar victoria porque todavía es bastante usual y arraigada esta práctica en diversos poblados, principalmente, del departamento de Apurímac.

Por otro lado, dialogar con los querobambinos nos permitió saber que, por ejemplo, en esta región no se percibe al turismo como una opción inmediata de desarrollo, por lo que no hay mucha ilusión al respecto, a diferencia de la parte baja del valle. En una primera y rápida impresión, esta zona es más dinámica y “comercial” que la parte baja. Y en cuanto a la presencia del cóndor andino en el colectivo local, por ejemplo, en la Plaza de Armas de Querobamba el cóndor andino tiene su estatua y aparece bastante seguido en iconografía y en manifestaciones de todo tipo.

Plaza de Armas de Qurobamba. 
Entonces, se reconoce la presencia del cóndor, se sabe que podría ser una opción mediata para el turismo, que es importante biológicamente y que es una especie emblemática y ancestral. Sin embargo, aún falta bastante para lograr armonizar la convivencia entre el hombre y estas aves. Muchos de estos problemas entre ambos actores se deben a la expansión humana, es decir, a la necesidad de “colonizar” nuevos espacios, de trabajarlos (agricultura, ganadería, previa tala de la cobertura vegetal original), de satisfacer demandas (minería); también al desconocimiento de su naturaleza (envenenamiento), a malas prácticas ambientales (basura, contaminación) y culturales (celebraciones, artesanía), entre otros aspectos. A eso se suma la falta de información sobre esta ave y diversos factores (perros asilvestrados, por ejemplo) que amenazan a los cóndores andinos y a nuestro patrimonio natural.

De esta manera, en Querobamba pudimos también conocer pinceladas sobre la dinámica económica y cultural de esta pujante parte del valle. Sin duda, las ganas de salir adelante están ahí. Esperemos que sea así y que el cóndor andino acompañe a toda la región y se quede por siempre en todos los espacios incluidos dentro de su rango de distribución por estos lares.

Cerrando el círculo

Cóndor andino macho ve con buenos ojos el futuro.
Tras la incursión en Querobamba, regresamos a la parte baja para reunirnos en Andamarca con pobladores y autoridades, a fin de pactar la ejecución de actividades que ayudarán a la gestión sostenible de la población del cóndor andino en el valle. Antes de ello recorrimos otra porción de esta interesante y accidentada región ayacuchana. Tras cruzar el río Sondondo y disfrutar de hermosos paisajes, llegamos al pintoresco pueblo de Aucará con su hermosa laguna, para luego pasar por Cabana Sur y llegar a nuestro destino.

Después de estas dos incursiones al valle, concluyo que hay todavía mucho por hacer. Es imperante insistir con la reubicación de los cables de media tensión en la parte baja del valle del Sondondo para evitar más accidentes aéreos y realzar la belleza paisajística del mirador de cóndores. Asimismo, es necesario seguir apostando por un desarrollo turístico ordenado, de tal manera que esta actividad genere oportunidades de mejora en la calidad de vida de sus pobladores sin que se tenga que sacrificar la identidad cultural local y sin caer en improvisaciones ni en el desorden. Sin duda, el camino es complicado, pero ahí está el reto: hacer que el valle se convierta en un polo magnético para el turismo.

Las distancias no ayudan y la infraestructura todavía no alza vuelo. Así también, falta promocionar más este destino que debería empezar a estar en la agenda de más peruanos y extranjeros. Esperemos que esto suceda. Por eso, regresaré una vez más al valle a dejar algo de información para apoyar, mediante la conservación del cóndor andino, la consolidación de una apuesta de desarrollo que debe ser integral; es decir, unir los aspectos sociales, culturales, ambientales y hasta políticos para hacerlos caminar y que converjan en un mismo fin.

Se conserva lo que se conoce, se entiende, se valora y se usa para mejorar y ofrecer un mejor futuro. Por eso, lo que sí sé es que este valle no puede alzar vuelo sin el acompañamiento y permanencia del ser alado que domina estos territorios: el cóndor andino.       
 
P.D. Agradezco a Andrés Medina, conductor de vehículos de PRODERN, con quien viajé las dos veces que estuve por allá, por el aplomo y la profesionalidad de su trabajo.    

Agosto 2019

jueves, 2 de agosto de 2018

DE CÓMO SOBREVIVÍ A UNA DE LAS PRUEBAS MÁS DIFÍCILES QUE HE TENIDO


Salón de Nursery A del Colegio Abraham Lincoln.
Para los que no la conocen, Maya es la que me está viendo.  
Contar un cuento en el salón de Maya puede ser una experiencia muy compleja. Felizmente pude contar “Elmer, el elefante de colores” con aplomo, no sin antes casi perecer en el intento.

Los primeros días de junio de este aún inconcluso 2018 transcurrían tranquilos, no sin verse afectados de diversas formas por la pasada (¡felizmente y gracias a Dios!) fiebre mundialista al estilo peruano. Es ahí cuando Fátima me consultó si el miércoles 13 de junio podía ir al colegio de Maya a las 8.20 am a contarle un cuento a todo el salón de Nursery A, donde estudia mi princesa. Esa semana era la “Semana de los Valores” y Maya salió sorteada, lo cual indicaba que sus papás debían contar un cuento. Nos tocó el tema respeto.

Acepté sin chistar, primero porque me parecía una excelente experiencia y segundo porque en mi cerebro se fijó la idea de que ese día me darían un cuento sobre el respeto para que yo lo lea y tal vez lo comente y explique. Hasta ahí, todo bien. Yo estaba de lo más tranquilo y emocionado de ir a conocer a los amiguitos de Maya. Sin embargo, unos días antes de la tan ansiada fecha, Fátima me preguntó si ya había escogido el cuento que iba a contar. En ese instante casi me da un derrame cerebral porque según fui informado, no solo debía contar el cuento que yo elija, sino que también debía actuar y hacer que sea lo más ameno para que los niños (todos entre tres y cuatro años) puedan entenderlo y puedan retener el mensaje que tenía que ser en torno al respeto.

Tras reponerme del shock y estar seguro de que no me hallaba en una unidad de cuidados intensivos con una embolia, empecé a carburar qué cuento podría contar y cómo podía hacer para que los niños no se aburran y no me quieran linchar. Pase dos días de suma angustia pensando únicamente en mi misión y preocupado solo de no defraudar a mi exigente audiencia. Busqué casi una docena de cuentos, consulté a expertos e incluso pensé en desertar de mi misión alegando que tenía una enfermedad terminal, pues sentía que iba a fracasar. Confieso que me confié y no calculé el impacto que tendría en mí la tarea que me fue encomendada.

Pasé dos noches de terror, sobre todo la que le precedía al día en que me tocaba salir al ruedo. Esa noche previa casi me desvelé hasta que por fin pude determinar —casi a la medianoche y solo con la invalorable ayuda de Fátima, porque solo no lo hubiese hecho— qué cuento contar. Dormí atormentado pensando en que iba a fracasar en mi intento, luego de tratar casi por una hora —por supuesto, de manera infructuosa— de memorizármelo para no hacer papelones. Incluso grabé el cuento en mp3 para tratar de escucharlo todas las veces que sea posible a ver si algo retenía.

Felizmente podía usar un proyector y una PC para “ayudarme” con mi titánica tarea. Decidí llevar el pequeño video (con imágenes del libro del cuento elegido —que por suerte estaba en YouTube—, a fin de hacerlo visualmente atractivo) para así ponerlo sin volumen y pasar solo las imágenes. Pese a esa “pequeña” ayuda y después de dejar a Maya para que entrara a su salón a las 7.30 am aproximadamente, pasé casi una hora en recepción esperando a que me llamen para enfrentar a ese auditorio de 18 niños que me iban a masacrar en su “cancha”. Pasé casi una hora escuchando el cuento intentando pensar cómo debía hacer para no hacer un papelón. 

Elmer, el elefante de colores. 
He enfrentado diversos públicos exigentes; he sustentado mi tesis de maestría y mi licenciatura; he expuesto en congresos, simposios, talleres, etc.; dictado clases en la universidad, diplomados y otros; enfrentado entrevistas laborales; y dado algunas entrevistas en medios de comunicación; se supone que debería tener “cancha” y no estar tan nervioso, pero esta vez estaba “muñequeado” como nunca antes. Los minutos que pasé sentado en la recepción del colegio fueron angustiantes. Pensé en fugarme, en simular un desmayo, en hacer sonar la alarma, pero recapacité y esperé a que la señorita me llamara para ir a enfrentar mi destino. En eso estaba hasta que escuché mi nombre y tras casi un infarto fulminante, sentí un vacío en el pecho que me hizo sudar frío. Caminé hacia el salón de Maya como si me estuviese yendo al patíbulo. Pensé otra vez en salir corriendo despavorido, pero al ya estar cerca del salón escuché la voz inconfundible (claro, para mí) de mi reinita que pregonaba a los cuatro vientos: ¡mi papá!

En ese momento me inundó una racha de valentía y entré a los pocos segundos al salón de Maya. Saludé a las dos profesoras y a cada uno de los niños, mirándolos fijamente a los ojos y dándole el beso o apretón de manos correspondiente a ver si así les imponía temor y los “ablandaba”, pero todo eso fue en vano. Sentí que cada uno me miraba de manera inquisidora. Así que pasé al frente, otra vez angustiado por no hacer un papelón.

Conté el cuento de manera fluida y estuve atento a cada reacción de los niños. Incluso me vi enfrentado a varias preguntas, pero hubo dos de ellas que me sacaron de cuadro en ese momento. ¿Por qué no hay elefantes “mujeres” en el cuento? y ¿por qué no hay elefantes en el Perú? No recuerdo qué niños o niñas me hicieron esas y otras preguntas, pero felizmente al responderlas salí airoso de ese trance; y al final creo haber hecho una buena performance. Maya estuvo todo el rato atenta e incluso se adelantó a algunas partes, pese a que no había leído el cuento, con lo cual, debí aclarar que ella no tuvo acceso al cuento hasta ese momento.

Este es mi tan valioso diploma.
Al final recibí el aplauso de mis distinguidos interlocutores y pude charlar con ellos un poco, pues si bien hubiese querido quedarme un rato más, su horario no se los permitía. Y tras despedirme de cada uno y dejarles un par de mensajes sobre el respeto a sus compañeros, profesores y por supuesto, a sus padres, salí raudo no sin antes comerme a besos y abrazar a Maya, pese a que la debo haber hecho pasar un momento “rochoso”. Finalmente me fui por donde vine y sentí que había regresado a la vida. Miré mi diploma y me sentí orgulloso y como si hubiese sustentado mi tesis post doctoral en la NASA y en chino mandarín sobre física cuántica aplicada a la construcción de drones espaciales. Ahora puedo decir que pasé una de las pruebas más difíciles que he tenido.

Acá está una de las versiones del cuento por si lo desean ver:
https://www.youtube.com/watch?v=MMq5zWMQl-o

Agosto 2018