viernes, 31 de agosto de 2012

MIS 40 PRIMAVERAS


Hace unos días cumplí cuarenta años. En realidad, cumplí cuarenta años y ocho meses y pico (¿o eran siete meses y algo?) porque yo fui concebido antes de ver la luz de un hospital en la Avenida Angamos en Miraflores. Luego, recuerdo, viví en San Isidro, cerca a la comisaria de ese distrito y, si mal no recuerdo, en lo que queda de mi mente y en un rincón inubicable, tengo unas escenas del terremoto del año 1974. A veces dudo que desde ese año (nací en 1972, te lo vuelvo a repetir) pueda recordar algo. Tal vez es una ilusión. Lo cierto es que uno de mis primeros recuerdos es cuando vivía en la calle Olavide y me pasaba horas jugando “penales” (o arco-arco) con mi hermano. Luego recuerdo las distintas guerras que hacíamos con barcos de Lego que estrellábamos uno contra el otro a ver cuál resistía más para proclamarse ganador. Infaltable son los recuerdos del laboratorio clandestino que habíamos montado en el sótano al final de un larguísimo corredor oscuro, misterioso y húmedo.    

Me demoraría toda mi niñez en nombrar todo lo que tengo en mente almacenado entre neuronas semi despiertas que me lleve a recordar lo que fue esa etapa tan fantástica que recuerdo como la época en la que fui un niño tranquilo, apacible, obediente, curioso y condenado a ser aquel joven que le sucedía; y que hasta ahora es después de cuarenta años y pico. Las épocas de mi niñez son sumamente numerosas. Recuerdo haber dado un examen o prueba o algo así para entrar a uno de los tantos nidos, Kindergarten u otros en donde he estado, lo cual fue tan fácil, lógico y normal que me asombraba mucho la celebración posterior, una vez que había pasado con éxito esa prueba. Creo que eso ocupa un lugar preocupante en mi cerebro, no sé por qué.

Recuerdo también haber creído firmemente en que, con mi Primera Comunión, ya estaba a puertas de tener mi espacio asegurado en el Cielo. Recuerdo cómo sentí ese trance. Percibí, con nueve años encima, como mi mente y alma se enriquecían de uranio para ser más radioactivo de lo que soy o de lo que debería ser (o de lo que seré, quién sabe). Solo el salir a jugar fulbito en el “patio de la B” en la Agrupación Risso, podía desviarme de mi misión bíblica de cumplir con lo estipulado en algún lugar del planeta Tierra. En ese entonces, todo era más chico, más fácil y más simple. Solo una nanométrica selección de momentos me permite idear un universo para mi época de niño, en el cual siempre me hallaré cómodo, seguro y protegido de lo que debía venir.

10-20

Lo más difícil siempre fue saber qué era lo que estaba haciendo para pagar mi derecho a pisar tierras terrícolas infestadas de otros seres que, de alguna manera tormentosa, se parecían a mí. Supe ser un perfecto desadaptado en un mundo que se adaptaba al desperfecto total. No supe nunca hacia dónde iba, pese a que tampoco era necesario. Era de suponer que nunca encontraría algo similar a lo que debería haber sido en un mundo ilusorio. La prehistoria y la realeza se confundían en mi cerebro entre paredes repletas de figuras, alcachofas con salsa de limón y aceite, figuras paleolíticas en la pared, patios de diversas letras, canciones ochenteras, excursiones al campo y aviones llenos de rusos.

Todo parecía que iba a estar bien y de hecho lo estuvo. Nunca dejó de estar bien el viajar a una ciudad cosmopolita sin razón alguna, a tierras congeladas, a pantanos llenos de patos ahora inexistentes o a lagunas citadinas. Todo tenía su explicación. Ahora lo entiendo. Bueno, siempre lo entendí, pero no sé si sabía para qué me servía entender todo lo que vivía si ahora todo es igual o mejor. No obstante, todo tiempo futuro era mejor, siempre y cuando creyese que sí valía la pena vivir para creer hacer lo correcto.  

20-30

Fui muy noble e ingenuo. Me arrepiento de haber sido uno más del montón, pero me alegro de haber sido el único entre millones. Ver más allá de lo evidente me ha permitido sobrevivir a un mundo bipolar. Desarrollar el instinto de supervivencia hasta casi naufragar en un vaso de agua me ha sido de mucha utilidad. Ser un templario de la soledad y leer condenado casi a la ceguera, me ha valido un premio: ingresar a un mundo paralelo del que entro y salgo repetidas veces confundiendo mi día a día con una epopeya de una cabeza en un mundo o de un mundo en una cabeza. Nunca llegué a ver doble y esa es una de mis frustraciones.

Echado en una llanura medieval pensaba en solo vivir lo que me tocaba mientras comía hierba. Me sobrepuse a tempestades tenebrosas pensando siempre en lo que se venía y no en lo que me pasaba. Eso me salvó. Y es que, como decía mi pata El Turco, no queda otra que ir “pa’lante como el cangrejo”. En fin, así pasa cuando sucede.

30-40

Acá estaba hasta hace unos días. En esta época he aprendido a valorar lo poco que tengo y a ver las cosas de la manera más crítica posible para el bien de la humanidad. No he sido el más ordenado, ni el más dedicado, ni el más justo y menos el más respetuoso y cuerdo. He cometido barbaridad y media; y de hecho me arrepiento de muchas cosas. Mi confianza absurda en la supremacía de lo caótico y del desorden, me ha llevado a cometer muchos errores humanos imperdonables para un ser de mi calaña.  

Sabe Dios qué partes de mi existencia he perdido o he dejado en algún lugar donde he de regresar. La suma de mis errores, de mis experiencias, de mi aprendizaje, de mi genialidad, de mi desfachatez, de mi torpeza y de mi locura me ha restado posibilidades de llegar más rápido a sumergirme en miasmas necesarias. Soy la suma de todo lo que he hecho y pensado en este tiempo; pero, eso no es todo, me falta seguir haciendo desbarajustes con mi vida y seguir demostrando mi ineptitud para entender lo que se me ponga al frente, así no sepa para qué.

40-50

Acá estoy con el ánimo en alto y la moral por los suelos; o si se quiere, desanimado y con la moral al tope. Sea como fuere, lo que me queda es seguir renegando, seguir escribiendo, seguir creyendo en que el ser humano es un perfecto idiota, seguir viendo mi novela, seguir creyendo en que Jorge y Gerald me acompañan de manera permanente y que contestan mis preguntas, seguir ilusionándome con lo más simple, seguir siendo —en secreto— un ser solitario y huraño; y finalmente seguir pensando que toda esta situación no tiene remedio a menos de que me hagan caso.

Tenía que escribir todo esto solo porque soy un atormentado y un obsesivo que no termina de creer que es un relajado e incompetente para hacer lo que debe hacer. Ya escribí estas líneas Wilbur, ¿estás contento? No del todo, porque sé que las has escrito por obligación y no porque realmente las sientas. Tienes razón maldito verdugo de mis esperanzas. Pero es verdad, deja de escribir para sorprender a esos demonios y fantasmas. Escribe para sacar esos espíritus malignos que tú y yo conocemos. Ojalá los pueda coger del cogote y se los pueda retorcer para que me dejen en paz. Ya deja describir, ya te pasaste las mil palabras. Además, ya ni siquiera sabes, ni sabemos para qué y por qué estás escribiendo esto. Yo no lo sé. Tú sí lo sabes. Mentira, ni tú ni yo no lo sabemos.

Agosto 2012