martes, 28 de julio de 2015

EUGENIO

Salí de esta embarazosa situación hace poco más de cuarenta años. Deambulé por unas calles llenas de escombros. Luego fui a un supermercado a comprar un turrón duro que casi logró fracturar mi débil dentadura. Jugaba en un ovalo y contemplaba con parsimoniosa admiración el árbol que crecía sin chistar. Soy Eugenio. Crecí. Sí, eso creo pues, pese a ser enano, sé que no soy aquel que salió a ver el mundo con este único ojo. Retomé mi adicción a la morfina innecesariamente y muchas veces, pues nunca sentí nada de dolor. Nunca he sentido dolor alguno por lo que me han hecho o por lo que he hecho. Solo sé que por donde he estado he sembrado el odio y el amor en cantidades iguales. No hay de qué quejarse. Cuando estuve en el bosque que me deparó numerosos amaneceres de color púrpura, vi como de ahí salió aquel obsequio que me acompaña hasta hoy. Me levanté iracundo y desesperado por mi dosis habitual.

Caminé hacia el arroyo a beber agua. Limpié mi cabeza de la escarcha matutina. Me enfundé el sable con el que destruía la tiniebla y luego salí a seguir caminando entre innumerables senderos inundados de hojarasca y de alimañas ensordecedoras para seguir en la búsqueda del elixir que tanto anhelaba. Recorría el pasillo ida y vuelta sin saber cuándo me iba a detener. Sentí que estaba por irme de este maldito planeta. Pero ya luego se me pasó las ganas de envenenarme con tu sonrisa de cianuro. Mientras tanto, me senté en esa silla amarilla para ver el horizonte plasmado del olor inconfundible del Rosmarin y del Basilikum. Sigo postrado. No puedo levantarme. Escucho mi nombre por doquier. ¡Eugenio, hijo de la chingada! ¿Qué haces? No debo contestar. Mi voz de murciélago rojo de la fruta me delatará. Debo seguir en silencio mientras me retuerzo por el dolor de no tenerte a mi lado.

Salgo a navegar por el gran río dorado. Llegué antes que todos. Me siento a esperar. Aparecen mis primeras víctimas. No sufrirán. Las atravesaré con lanzas que no verán venir. Sacudo la cabeza para limpiarme la sangre en el hocico. Ya tengo suficiente. Salgo caminando dejando un hilo rojo en la nieve casi morada que entumece mis pies. Camino zigzagueante por la avenida. Debo regresar a mi madriguera. Mañana se desencadena la tormenta que he mandado elaborar para tu partida. Oigo mi nombre en el intercomunicador de la calle. No me queda más remedio que dispararle a esa caja boba que no me sirve para nada. Espero tu llegada constrictora. Pretendes seguramente hacerme sufrir un par de días o meses más. Como dice la canción: …i am hungry again, i am drunk again… pero no solo eso, porque …if you walk out the door, will i see you again?...

Me despierto agitado y con la boca seca. Necesito agua bajada de la colina. La guerra nos agarró en plena discusión. No todo está perdido. ¡Eugenio eres un pobre diablo! Lo sé, pero por qué me lo dices ahora y no me lo mencionaste mientras cocinaba el pez que acabó de extraer del lago azul de la isla en el fin del mundo donde pernoctamos. Dime solamente que tienes lo que deseo. El resto vendrá solo. No es la primera vez que debo esperar que las gotas se sequen. Mientras tanto, cierra la puerta. Seguiré encerrado en este lugar lleno de sombras.  Avísame por favor cuando yo ya no esté. No digas nada más. No me daré cuenta, no sentiré nada. Ya todo lo dejé en desorden. Bitte, lass mich ruhig heimgehen.   

Agosto 2013

lunes, 27 de julio de 2015

¡ESCRIBIR O MORIR EN EL INTENTO! (III)


Para cerrar este tema de una buena vez, voy poniendo punto final a estos escritos con la consabida anotación que queda bastante por hacer al respecto y que ha quedado tinta en el tintero. Y ante la tan conocida cantaleta de que el Perú es uno de los países más megadiversos del planeta, es necesario saber que esta trajinada verdad va de la mano con otra no tan “bonita” afirmación: el país tiene una cuota bastante alta en lo que se refiere a la pérdida de su diversidad biológica. Por eso, debemos ponernos a trabajar en producir información científica y velar para que esta sirva de sostén a las políticas que rigen nuestro condenado destino. Para ello, debemos comunicarnos más y mejor.
 
Es hora de pasar a la acción. Por ende, partiendo del hecho de que los medios de comunicación —como sabemos, aunque nos mortifique— moldean, deforman, dirigen y condicionan la opinión pública y que de paso, influyen en la formulación y ejecución de políticas públicas, sugiero detenernos en este hecho. Por eso, es urgente que desde el mundo científico y académico se invierta tiempo y esfuerzos para asegurar que este arrogante y peligroso rol de las comunicaciones no se nos escape de las manos. Va a ser difícil velar para que no se filtren intereses económicos y políticos que condicionen y apoyen medidas irresponsables hacia el medio ambiente. No obstante, no todo está perdido.

En toda esta perorata estoy centrando las ideas en el rol de los medios de comunicación en relación al medio ambiente, dado que sería muy ambicioso e inútil intentar tocar la realidad en otros campos como la educación, salud, economía y otros temas que de ellos se desprenden. Ahora, si bien siempre se repite también la cantaleta de que las comunicaciones son (o deberían ser) un tema transversal a la gestión de los proyectos de conservación y desarrollo; y que deberían ser incluidas desde el principio de toda iniciativa de conservación, queda pendiente evidenciarlo y demostrarlo.

Así por ejemplo, ¿cómo se puede o debe hacer para insertar la “noticia ambiental” en la opinión pública, con el propósito de que pueda competir con la noticia cotidiana en cuanto a la atención del público? Pues al parecer, en esta batalla perdida, existirían algunas maneras de intentar desviar los reflectores hacia los temas ambientales. Necesitamos producir información y “procesarla” (sin perder la rigurosidad científica) para que sea atractiva para los medios de comunicación masiva. De esta manera, estaríamos asegurando que la información publicada llegue al ciudadano promedio. Además, debemos capacitar a especialistas o técnicos que reúnan ciertas características en temas comunicacionales para enfrentar y “gustar” a los medios de comunicación, con el propósito de que salgan a difundir la “palabra de la ciencia” y lo que su respectiva organización, ministerio (o personalmente) está haciendo y para qué.

En caso de que lo anterior nos falle, debemos identificar a los que no son especialistas o expertos, pero tienen “pasta” para salir a la prensa. Se les debe capacitar en temas científicos, con el fin de que, bien asesorados y poniendo de su parte, sirven de interlocutores con los medios de comunicación y encanten a “las masas” para llamar la atención con temas científicos y ambientales. En ambos casos, es necesario evitar los “figuretismos” y es evidente que se debe hacer “lobby” con los medios de comunicación. No todo lobby es malo. Es cierto que esta palabrita parece ser sinónimo de corrupción y de intereses ocultos, pero para este caso, el lobby es necesario.

Los medios de comunicación no siempre van hacia los científicos, las ONG, los ministerios, las universidades o a donde se produce y gestiona el conocimiento, a menos que se les ofrezca un buen “coffee break” y se atienda sus “demandas”. Por lo tanto, para ser más efectivos e intentar obtener mejores resultados, hay que buscarlos, ir donde ellos, enamorarlos, darle la información ya preparada (con fotos y material audiovisual de ser posible) y “venderles” buenos y novedosos temas.

Digerir para informar

Dirigiéndome a los científicos y académicos y actuando como “mediador” entre ellos y la prensa, sugiero que siempre que se quiera ofrecerle información a los medios de comunicación, se intente incluir —en la medida de lo posible— el factor humano, es decir, analizar cómo influye, condiciona, beneficia o perjudica a la gente lo que se va a presentar. Si vamos a hablar, por ejemplo, sobre el Pavipollo de Pico Verde que ha sido descubierto en la remota localidad de Las Lomas, veamos la manera de enlazar tal hecho a lo que podría significar para la población local, para el país y por qué no para la humanidad. Evitemos circunscribirnos solo a la descripción biológica o morfológica de la especie o al resultado del análisis del ADN mitocondrial de los especímenes colectados.

Así por ejemplo, se puede mencionar las posibilidades que existirían para el ecoturismo, la investigación científica o para la educación ambiental; o se puede alertar sobre el estado de conservación del lugar y el papel biológico de la especie; y finalmente hacer un llamado para la protección del sitio, con el fin de no perder a esa especie y a su entorno. Se debe intentar también buscar la “fibra sensible” de la gente y atacar el lado sentimental, así nos cueste hacerlo. De esta manera, podemos llamar la atención de las y los ciudadanos para que no perciban el hecho como algo aislado y ajeno a su realidad; y de paso, les estaríamos poniendo un señuelo a los políticos, tomadores de decisión y a otros de esa calaña para ver si se interesan por el tema.   

Para complementar lo abordado, agregaré un par de ideas extraídas del texto de Sergio Escobar-Lasso de la Fundación RANA (Restauración de Ambientes Neotropicales Alterados) de Colombia, titulado: “Los biólogos de la conservación en Latinoamérica: el papel del biólogo anfibio en el divorcio entre ciencia y sociedad” y aparecido en la Revista Latinoamericana de Conservación, volumen 4, número 1 en el 2014 (págs. 52-55). En dicho escrito, el autor menciona que “es muy poco probable que los actores que participan en la toma de decisiones ambientales en Latinoamérica, lean y estén al tanto de los últimos manuscritos y avances científicos, que en su mayoría están publicados en inglés, y por lo tanto actúen y tomen sus decisiones basadas en dicho conocimiento (…)”.

En esa dirección, el autor plantea como indispensable contar con “interlocutores científicos (…) que permitan que el conocimiento fluya a través de los diferentes actores que componen las sociedades latinoamericanas”. Por lo tanto, pienso también que se debe incluir un enfoque multidisciplinario en la transmisión de conocimientos, lo cual implica que además de analizar, explicar, describir y predecir hechos con sustento científico, es necesario involucrarse en la toma de decisiones y pasar a la acción.

En otras palabras, como dice Escobar-Lasso, “la labor de investigación (…) no debería concluir con la publicación del manuscrito científico, sino que debe concluir cuando se exponga sus resultados tanto a la comunicad científica como a la no científica, de esta manera se garantiza un aprovechamiento social del conocimiento biológico (…)”.

Así por ejemplo, cuando leo algunos artículos aparecidos en el Vol. 22, Núm. 1 (2015) de la Revista Peruana de Biología, me quedo un poco en el aire. Claro, yo no tendría por qué entender lo que en ellos se incluye. Empero, con el perdón o alegría de los autores, los invito a leer los siguientes documentos: “Primer registro de Lophodinium polylophum (Daday) Lemmermann 1910 (Dinophyceae: Lophodiniaceae) en el Perú”; o “Primer reporte del dinoflagelado potencialmente tóxico Alexandrium minutum Halim 1960 en el litoral peruano”; o por qué no, “Crecimiento por ramificación basal en dos especies de palmeras huicungo, Astrocaryum carnosum y A. huicungo”.

No dudo de que publicar estos artículos implica un proceso arduo y complejo y que es todo un mérito hacerlo; y felicito por ello a los autores. Además, al momento de redactar estos textos, los autores no piensan en el público de a pie, en los políticos o en los medios de comunicación, pues su intención es divulgar lo investigado en el mundo científico. No obstante, el mundo sería de repente algo mejor si nos enterásemos qué se podría y debería hacer con lo expuesto. Pese a todo, ¡qué sigan escribiendo!

¡Escribir más!

Y para amenizar el tema, sugiero revisar el documento de trabajo: ¿Quién escribe más y sobre qué? Cambios recientes en la geopolítica de la producción científica en América Latina y el Caribe de Raúl Hernández Asensio, publicado en el 2014 por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP). En el documento se consigna información interesante que vale la pena revisar. Así por ejemplo, el autor indica que “los datos consignados en los capítulos anteriores muestran que Perú es uno de los países de la región con mayor incremento de la producción científica en el periodo considerado (1996  2012). Nuestro país pasa de producir 164 documentos indexados en 1996 a más de 1200 en 2012. Esto significa un incremento de 7,3 veces la producción original, el tercer más alto de la región, tras Colombia y Haití”.

¿Haití? Sí, yo también me quedé sorprendido. El país centroamericano está incluido en los países que se sitúan “(…) claramente por encima del promedio regional de crecimiento (4,7 veces la producción de 1996). Este grupo incluye a Colombia, el país que más crece de la región, que multiplica su producción por 10, Haití (9,5), Perú (7,3) y Brasil (6,5). El caso de Haití es poco significativo, por tratarse de una producción ínfima en número total de documentos científicos”. ¡Ah ya! Ese dato no me lo esperaba y es que en dichas cifras y en tales enunciados no se menciona el número de publicaciones producidas por país. No obstante, el autor menciona que “(…) el auge de los otros tres países (Colombia, Perú y Brasil) tiene importantes consecuencias en la economía política de la producción científica latinoamericana”.   

Se menciona además que “(…) el elemento más destacado es el creciente peso de Brasil, que se convierte en el país hegemónico en el campo científico regional, al menos cuantitativamente. La producción brasileña pasa de 8532 documentos científicos en 1996 a más de 50 000. Relativamente, esto supone un crecimiento del 37% al 52% del total de la producción científica regional. Esto significa que en la actualidad más de la mitad de la producción científica indexada procedente de América Latina y el Caribe proviene de Brasil”. Por lo tanto, no nos debe sorprender que nuestros vecinos estén invirtiendo bastante en ciencia, con el claro objetivo de llegar a ser una potencia mundial.

Por eso, tampoco debe extrañarnos que los cariocas nos hayan hecho descender del segundo al tercer lugar mundial[1] en cuanto al número de aves, para enquistarse —Dios sabe hasta cuándo— en el segundo lugar tras Colombia. Otro dato interesante es que, según el autor, “en el conglomerado subregional que comprende los países andinos (…) encontramos un auténtico vuelco, determinado por el hundimiento relativo de la producción científica venezolana y el extraordinario auge de Colombia, y en menor medida, Perú”. Lo de Venezuela tendría una explicación política y lo de Colombia parece ser ya costumbre. Lo del Perú es un buen síntoma.

Finalmente, se debe tomar en cuenta que, como ya lo he mencionado, estamos en pañales en lo que se refiere a la producción y publicación de investigaciones científicas, no obstante, felizmente, estamos mejorando. En ese escenario, Hernández Asensio menciona, en cuanto a la producción peruana, que “(…) pese al notable incremento experimentado en el número de documentos indexados, la participación porcentual a nivel internacional sigue siendo muy limitada”. Adicionalmente, el autor anota que en relación a Latinoamérica, que “(…) nuestro país no supera en ninguna área de conocimiento el 3% de la producción. El caso más destacado es inmunología, donde los documentos indexados procedentes del Perú, suponen apenas el 2,3% del total de la región”. ¿Y las ciencias biológicas? 

En resumen, hay bastante por hacer. Y para los que estamos en el diminuto mundo de la conservación o de la “protección de la ecología” en el Perú, solo me queda decir: sigamos para adelante como el cangrejo.

Julio 2015

Artículo publicado originalmente en la versión online de la Revista Rumbos:


[1] ¡Ya no somos el segundo país en el mundo con el mayor número de aves! Artículo publicado en la Revista Rumbos: http://www.rumbosdelperu.com/-ya-no-somos-el-segundo-pais-en-el-mundo-con-el-mayor-numero-de-aves--V1810.html


jueves, 23 de julio de 2015

¡ESCRIBIR O MORIR EN EL INTENTO! (II)


Continuando con la entrega anterior, en la cual se habló sobre la necesidad imperiosa que existe de buscar que la información científica trascienda más allá de descansar en revistas especializadas, va lo siguiente. El fin de todo esto es buscar que los resultados de las investigaciones puedan ser incorporados de manera más activa en la construcción de políticas públicas y en la toma de decisiones. Además, necesitamos lograr que la información generada tenga impactos perceptibles que permitan asegurar un desarrollo sostenible y un bienestar que vaya de la mano de acciones basadas en conocimientos adquiridos por el hombre para el hombre. Suena fácil, pero no lo es. Vayamos al grano. No tenemos mucho tiempo para estar perdiendo el tiempo en discusiones como esta.  

Este tema podría enfrascarnos en una discusión casi interminable y además tiene varias aristas, pero por ahora solo apunto a buscar puntos de apoyo para tres aspectos. El primero de ellos, se basa en la necesidad de recalcarle a los científicos e investigadores que debería haber un mayor esfuerzo para lograr que la información que producen llegue a más personas. Urge que se comparta información científica procesada para motivar y explicarle a los de a pie por qué debemos actuar y esforzarnos para generar cambios en el planeta en aras de anhelar un mejor futuro. Los resultados y conocimientos de los especialistas deben tocar más tiempo el piso de lo cotidiano y ser la génesis para apoyar la elaboración de políticas públicas y la puesta en marcha de acciones concretas a favor del entorno.

El segundo aspecto intenta justificar la necesidad imperante de que las comunicaciones y el periodismo se despercudan de su accionar tan condicionado a acumular y a encantar lectores, oyentes y espectadores, así como a actuar según lo que dictan los intereses económicos y políticos. Es necesario que se fajen más en la construcción de nuestro destino. No se les puede exigir que publiquen todo lo que la ciencia produce o sobre lo que alerta, propone y sugiere hacer, pero sí es necesario darle más espacio y buscar acercarse más a ella. Urge también capacitarse para no “patinar” en el intento y para poder entender medianamente la información especializada.

El tercer aspecto recae en los tomadores de decisión y en los encargados de elaborar y poner en marcha las políticas públicas y privadas que dirigen parcialmente nuestro destino y que generan repercusiones en la sociedad con los consecuentes impactos en el medio ambiente. Debería ser evidente que para tomar acertadas decisiones, se debe contar con información técnica que sea veraz, actual y que provenga de especialistas, pero no lo es. Esta información debería traducirse, total o medianamente, en políticas que sean favorables y necesarias para el desarrollo humano en armonía con el medio que lo rodea.

En resumen, no se debe actuar de manera egoísta y altanera, así como aislados de la realidad; ni tampoco de manera facilista, interesada y sin valores éticos, prescindiendo de realizar verdaderos esfuerzos para construir una mejor sociedad; ni tampoco cumpliendo funciones sin conocimiento de causa, apelando irresponsablemente a la improvisación y al beneficio propio. Esto vale para los científicos, comunicadores y políticos respectivamente, para todos igual o en el orden que quieran darle. Todos debemos “mojarnos”.

Ciencia, comunicación y política

Escarbando entre mis papeles, me topé con un par de artículos que nos pueden ayudar en este entripado. El primero es de Peter Weingart[1] y se titula: “Comunicación científica en los medios de las sociedades democráticas”. En él, el autor afirma que “(…) Existe una brecha entre el grupo directamente involucrado con la ciencia y el dedicado a la investigación de la comunicación científica. En el primer grupo estarían incluidos los investigadores, editores de revistas científicas y periodistas especializados en temas científicos; mientras que el segundo grupo estaría formado por los “especialistas” que estudian las ciencias y los medios de comunicación. Si bien esta clasificación puede sonar algo extraña para nuestra realidad, veamos que estaría alejando a estos dos grupos, en base a tres suposiciones.

La primera indica, según Weingart, que el público tiene una escasa comprensión de las ciencias, y ello explica su resistencia a nuevos conocimientos (…). En cambio, si el público contara con más información, estaría más predispuesto a aceptar el progreso científico y sus productos. La segunda indica que el conocimiento científico debe ‘mediatizarse’ ya que es demasiado complicado para que el ciudadano promedio lo entienda. Esta mediatización debe cumplir ciertas condiciones: captar el interés del público (…) y la transmisión veraz de la información difundida por los científicos. Las múltiples formas de mediatización (…) involucran a periodistas científicos (…) y otros, que pueden llamarse sumatoriamente ‘los medios’.

En el tercer supuesto, Weingart anota que existe una clara distinción entre ciencia (…) y los medios (…). La ciencia (…) produce conocimientos nuevos y autorizados y está separada de la política. Difunde su conocimiento sin más interés que decir la verdad. Los medios, por otra parte, transmiten este conocimiento al público de un modo comprensible, pero carecen de profundidad (…). Tienden a aplicar ciertos criterios de selección y representación inadecuados, concentrándose en lo sensacional, en lo emocional, lo irracional, y así sucesivamente. En base a todo lo anterior, ¿Qué es lo que tenemos? Tenemos un modelo comunicacional unidireccional y lineal que va desde el emisor (la comunidad científica) hacia un receptor pasivo (el público), donde los medios hacen la transferencia y son responsables de las “distorsiones”, omisiones y tratamiento poco serio que pudiesen darse en el camino. 

Dicho lo anterior, lo ideal sería contar con una estrecha relación entre la ciencia, los medios de comunicación y la clase política, en la cual, los riesgos particulares se vean aminorados y se empuje el coche hacia una misma dirección. Así, dado que cada uno de estos tres “actores” actúa según sus propios criterios de pertinencia, conveniencia, percepción y según la billetera, encontrar puntos de congruencia es algo complicado. Y es que la información que ofrecen los científicos puede ser interpretada erróneamente o ampliada y sobrevalorada llegando a la deformación de la misma; o puede ser tan mal tratada (por los medios de comunicación) que pasa totalmente desapercibida, creando frustración en ambos lados, porque puede ser incluso ignorada por el público. 

Así también, las motivaciones económicas harán que los medios de comunicación utilicen la información científica (y en general, toda a la que tengan acceso) según su conveniencia, lo cual podría ser bueno, pero a su vez, podría ser peligroso. Finalmente, los políticos y los tomadores de decisión pueden procesar la información de manera distinta y errónea en contextos y formas que podrían diferir de los mensajes y de los fines originales. Por ello, es probable que los responsables de las políticas, intenten controlar a su antojo y conveniencia la manera de presentar la información para que no afecte su credibilidad (o desnude su ignorancia), lo que podría dar pie a posibles tergiversaciones y usos incorrectos.

Por último, los científicos podrían comprometerse y desviar su atención hacia temas alarmistas, a temas que respondan a intereses económicos o a otros que estén mal planteados y que sean repetitivos, con el objetivo de intentar mantenerse vigentes y no perder credibilidad (y tal vez dinero). Esto, tarde o temprano, podría mellar su compromiso con la ciencia y hacer tambalear sus capacidades, lo que finalmente se convierte en un “harakiri”. En el caso de los medios de comunicación, estos son más resistentes a los embistes del dinero, pero son más porosos y permeables, por lo que, si no se ejerce un control constante y se vela por los contenidos (sin exagerar), pueden convertirse en los medios perfectos para ejercer una influencia no deseada (o todo lo contrario) y vender “sebo de culebra”. Además, los periodistas son flojos y no les gusta leer mucho y tener que “empaparse” con temas complicados y poco “atractivos”.

Y bueno, hablar de la clase política, sobre todo de la peruana, nos demandaría mucho esfuerzo; y además no sabríamos por dónde empezar ni por dónde acabar. Lo único que, momentáneamente, debemos anotar al respecto es que nuestros muy venido a menos políticos deben recibir información científica y especializada (procesada, claro está) para poder tomar mejores decisiones. Debemos asegurar que la reciban y —sobre todo— que la entiendan. Por eso, así como diversas religiones tocan tu puerta a llevarte la palabra del “Señor” y la de sus similares, debemos (y me incluyo) convertirnos en una religión y empezar a evangelizar con la palabra de la ciencia. No se me ocurre otra opción por ahora.

¿Divorcio entre ciencia y sociedad?

El segundo artículo al que hice referencia líneas arriba es de Sergio Escobar-Lasso de la Fundación RANA (Restauración de Ambientes Neotropicales Alterados) de Colombia, titulado: “Los biólogos de la conservación en Latinoamérica: el papel del biólogo anfibio en el divorcio entre ciencia y sociedad”, aparecido en la Revista Latinoamericana de Conservación, volumen 4, número 1 en el 2014 (págs. 52-55). Escobar-Lasso utiliza una clasificación para ilustrar los tipos de biólogos que, en su opinión, existen: a) el biólogo dinosaurio y b) el biólogo anfibio. Extrapolando a los biólogos, podríamos referirnos a los científicos en general. Y vale la pena aclarar que el uso del término anfibio utilizado por el autor, se basa en las raíces de la palabra Amphibia que viene del griego amphi (ambos) y bio (vida) que significa “ambas vidas”. Es decir, este tipo de biólogo puede (o debe) moverse en dos ambientes distintos, el científico y el no científico.

Para Escobar-Lasso, el biólogo dinosaurio se caracteriza por generar importantes avances en el conocimiento y entendimiento de la biota latinoamericana, plasmándolos en numerosos libros y artículos científicos, generando y transmitiendo conocimientos en una sola dirección, enriqueciendo únicamente el mundo al que se adaptó: ‘el científico’. Mientras que el biólogo anfibio “(…) al igual que el dinosaurio, genera importantes avances en el conocimiento de la biota latinoamericana, plasmándolos en numerosos libros y artículos científicos; pero se diferencia de él, ya que sabe adaptarse a los códigos culturales correspondientes a diversos medios y a diversas tradiciones, puede tomar fragmentos de un ambiente (científico) e introducirlos en otro (político) después de haberlos transformado. Por lo tanto (…) es un interlocutor reciproco del conocimiento generado por la comunidad científica y la no científica”.

Claro, yo podría decir que para los “biólogos anfibios”, asumiendo que son en su mayoría los más jóvenes, es más fácil hoy en día transmitir y recibir información con la ayuda de la tecnología y de las redes sociales. Pero, el tema es que, en primer lugar hay que querer y convencerse de la necesidad que existe de transmitir información. Seguidamente, se debe estar en la capacidad de transformar esa información a un lenguaje más simple y amigable (y entretenido si es posible) para, por último, saber cómo difundirlo y tener claro a qué público se apunta. Y en todo esto, lo más complicado es velar para que esa información pueda ser usada e incluida en actividades y acciones concretas a favor del entorno (para ya no decir que sea exclusivamente para el bien de los animalitos y de los arbolitos).

Para Escobar-Lasso, los biólogos anfibios deben ser “(…) buenos interlocutores y recontextualizadores del saber biológico” y estar capacitados para “actuar en el marco de la diversidad cultural propia de América Latina”. Asimismo, en su concepción, el autor menciona que “el biólogo anfibio, debido a que puede desenvolverse bien en diferentes ambientes tanto científicos como políticos y sociales (…) toma el saber científico y lo transforma de manera tal que pueda ser utilizado por comunidades no científicas”.

Esta clasificación de los biólogos latinoamericanos en dos modelos claramente establecidos es ampliamente discutible, pues no todo es blanco o negro. Sin embargo, estos anfibios y dinosaurios nos ofrecen una plataforma para el debate y para ir tocando puntos interesantes que refuercen la necesidad de reflexionar sobre el hecho de que la información científica por sí sola no genera acciones de conservación. 

 Julio 2015

Artículo aparecido en la versión online de la Revista Rumbos:

 
 

[1] Scientific Committee on Problems of the Enviroment (SCOPE). 2007. Communication global change science to society: an asseessment and case study studies. Edited by Holm Tiessen et al.

miércoles, 8 de julio de 2015

¡ESCRIBIR O MORIR EN EL INTENTO! (I)

Por cuestiones de espacio, al título del presente artículo le suprimí lo siguiente: ¡necesitamos escribir y publicar más artículos científicos y sobre todo hacer que sirvan para algo! Si bien pude haber borrado la frase, no lo hice porque resume lo que quiero decir. Ambos puntos son necesarios, es decir, escribir y publicar, por un lado y por el otro, lograr que lo escrito sea utilizado para mejorar como sociedad. En mi opinión, lo segundo es trascendental. Pero, ¿a qué viene todo esto? Es una explicación algo larga, pero en resumen se trata de lo siguiente: estoy convencido de que nos urge, como país, producir más información, documentarla, publicarla y hacer el esfuerzo para buscar que lo que es publicado en revistas que leen cinco gatos reciba un tratamiento especializado y abandone el complejo y (a veces conflictivo) mundo científico y académico para poder ingresar, tanto al desenfrenado y mundano mundo “de  la calle y del ciudadano de a pie”, como al tan venido a menos y carroñero mundo político. Hace tiempo quería escribir y publicar esto, ahora, lo importante es que sirva para algo.

Esperando entonces que estas líneas sirvan para algo, paso a sustentar algunas ideas. Para ello, debo informar que hace unos meses llegó a mis manos el artículo de Oscar Gonzalez[1] titulado: “Sobre la producción y revisión de artículos en revistas científicas”, publicado en el 2012 en la revista peruana The Biologist. En este manuscrito, el autor lanza algunos argumentos que justifican, según su punto de vista, la importancia de producir, publicar y revisar literatura científica desde la visión de la biología; e intenta alertar sobre algunos conflictos de intereses que surgen en el camino. Gonzalez trae a colación una frase que parece ser cierta en el mundo científico: “publish or perish”, es decir, ¡Publica o pereces! Y al parecer, si te dedicas a las ciencias (en este caso, a las naturales) y no tienes publicaciones, no eres nadie. Por ende, muchas veces, bajo esa presión y esa premisa, algunos estarían tentados a publicar textos de pobre calidad y lo peor es que estarían sucumbiendo a esa tentación.

Así también, Gonzalez indica que “es por esto que los resultados de una investigación se deben presentar con calidad e integridad. No es lo mismo una publicación científica que una publicación periodística; la cual puede ser espuria, falsa, injuriosa y totalmente deleznable. Lamentablemente ha habido casos y puede seguir habiéndolos de publicaciones científicas sin calidad alguna, repitiendo y hasta copiando información sin reconocer su fuente, inventando datos, forzando la estadística para producir resultados predeterminados que favorezcan a ciertos grupos o para ganar reputación”.

En teoría, debería entrar en cólera y arremeter contra este señor que deja al periodismo mal parado y como un vil oficio, pero no es esa la intención de estas líneas. No voy a hacer un escándalo por eso (aunque, ¿debería?). El tema acá es que, según indica Gonzalez, existirían científicos que estarían incurriendo en malas prácticas. Y es que en todos los rincones del planeta se “cuecen habas”. Gonzalez añade que “lamentablemente estas críticas pueden interpretarse como injurias personales; fue muy sonado el caso en nuestro país el caso de un biólogo llevando a juicio a un colega por, según una parte, criticar un resultado científico y por la otra parte por difamación (…)[2].    

Dicho lo anterior, en este “mundito” de las ciencias peruanas (naturales, pues no conozco lo que sucede en las ciencias sociales), existirían algunas pugnas y broncas menores que irían alejando a los involucrados de los fines que, creo yo, deberían ser puestos por encima de todo. Es decir, debemos lograr que los resultados y los nuevos conocimientos generados puedan ser incorporados a las políticas públicas destinadas a la conservación y al uso sostenible de nuestra diversidad biológica y en general, a todo el engranaje del sector público y privado que decide y dirige nuestros destinos. Me parece que a veces, el fin supremo de todo esto es publicar, hacer que se conozca el trabajo realizado (lo cual, no está mal), enrostrarle lo escrito a los colegas y sumar publicaciones como trofeos de guerra o galeones en el uniforme militar, sin dedicar esfuerzos para buscar que lo escrito sea asumido por los que toman decisiones trascendentales para el resto de los mortales.

En este punto podríamos hablar de dos culpables. Por un lado están los científicos e investigadores que se manejan muchas veces como una cofradía y que no quieren hacer el esfuerzo por difundir sus resultados a un público más amplio porque temen que no se les entienda o dudan que los “otros” puedan hacer algo con “sus” conocimientos. Y por otro lado están los flojos, facilistas y algo ignorantes periodistas o comunicadores que prefieren temas más banales o que todo les llegue “masticado” para no tener que investigar, procesar y pensar. Es cierto, a veces estos temas científicos “no venden” y se debe lidiar con verdaderos “plomazos” bastante aburridos. Pero también tenemos el caso de periodistas a los que les interesa un pepino estos temas porque no entienden nada. Por eso, todo esto debe cambiar por los clavos de Cristo.  

Ahora, antes de continuar, es necesario velar para que los artículos científicos a ser publicados, pasen por una buena, objetiva y seria revisión, la cual a su vez, deje de lado las pasiones, odios y favoritismos. Para ello, Gonzalez anota que “el proceso de revisión de artículos científicos por peritos en el tema (“peer review”) se supone debería ser independiente pero en nuestro caso, con lo pequeña que es la comunidad científica en nuestro país, puede que no lo sea”. Esto es cierto. Falta potenciar este tema en el país, pero felizmente vamos mejorando día a día. Sin lugar a dudas, este es un camino tortuoso que debe motivarnos a seguir bregando para que los profesionales de todas las ciencias (naturales y sociales) sigan aumentando en número (y en calidad) y dejen un legado contundente para los que vienen más adelante y para que, vuelvo a repetir, sea entendido y adoptado por los que dirigen el destino del país.

Revisión por pares

Para detenerme en lo referido a la revisión de los artículos científicos y en un acto de “auto plagio”, de flojera, de boicot personal, de propaganda para el Boletín de la Unión de Ornitólogos del Perú (que usted puede leer acá[3]) e incluso de falta de elegancia y estilo por “autocitarme”, reproduciré parte del editorial del último número (Volumen 10 Nº 1 – 2015) del mencionado boletín. Este acto cuestionable y bochornoso tiene una explicación. Y es que quiero abordar tangencialmente la modalidad más usada para estos fines, la misma que es también utilizada en el Boletín de la UNOP. 

Y dice así, “para llegar a sacar un nuevo número del boletín, a veces no se sabe cuánto trabajo hay detrás de todo el proceso de revisión y corrección de los artículos científicos bajo la modalidad de la revisión por pares (peer review) que es la que utilizamos en el Boletín UNOP. En algunos casos, la revisión puede tardar meses, varios meses. La revisión peer review asegura la calidad de los artículos mediante una revisión a cargo de los “colegas”. Con ello, se supone que se mantienen los estándares internacionales y la rigurosidad científica. Sin embargo, las demoras y los vaivenes ya han causado miles de dolores de cabeza. Además, se debe tomar en cuenta que este trabajo es casi siempre ad honorem”.

Tras este bochornoso incidente del cual soy yo el único culpable, quiero apuntar lo siguiente: ¿qué es lo que se debe evaluar para obtener un buen artículo científico? Al respecto, existen varias respuestas y discusiones. Los revisores científicos anotan que se debe revisar, entre otros, los métodos utilizados para llegar a los resultados, analizar la hipótesis o enunciados que se quiere demostrar o sobre los cuales se parte, identificar si se ha utilizado todas las referencias y trabajos previos existentes sobre el tema, definir si el tema es relevante o no y si aporta al conocimiento científico y otros detalles que mejoran el producto. Asimismo, se debe poner énfasis en los resultados, conclusiones y en las recomendaciones para redondear un producto de calidad.

Y justamente en el caso de las recomendaciones, creo yo, se podría ahondar un poco más. Sin embargo, sé que los autores alegan generalmente que no sería parte de su responsabilidad proponer medidas para utilizar la información entregada, dado que ellos “ya cumplieron” con presentarla. Puede ser que en parte tengan razón. El solo hecho de producir estos textos es ya un gran esfuerzo. En la mayoría de los casos, se debe trabajar contra el tiempo, sacrificando horas de ocio e invirtiendo incluso dinero propio, pues, para variar, son pocos los que reciben un estipendio económico para dedicarse exclusivamente a este rubro.

¿Cómo haríamos?

No pretendo presentar un ensayo ni una disertación al respecto, pero sí creo que debemos buscar la manera de, insisto, “llevar” los resultados científicos a terrenos menos técnicos y (lamentablemente) más políticos. Por ejemplo, cómo podemos hacer para que un trabajo que reporta el aumento del rango de distribución en el país de determinadas especies ornitológicas que ocupan y aprovechan lugares deforestados e intervenidos por el hombre, pueda ser trascendente para tomar medidas contra el cambio del uso del suelo en la Amazonía peruana. Por un lado, estarán los que opinen que tal vez es bueno que una especie de ave, que antes solo era registrada, por ejemplo, en Brasil en zonas deforestadas, ahora “entró” al Perú, porque en nuestro país encontró nuevos espacios (deforestados) para colonizar. ¡Es una nueva especie para el Perú! ¡Aleluya!

Es cierto, pero ¿qué implica este hecho? Implica, entre otros y en cristiano, que estamos destruyendo parte de nuestra Amazonía (esto no es nada nuevo) y potenciando los efectos del cambio climático en el planeta; y que siempre hay especies biológicas que se benefician y otras que se ven perjudicadas con el cambio climático. ¿Qué puede aportar el científico que reporta esta situación? En este caso, podría aportar muestras tangibles de que estamos

tumbándonos el monte de manera descontrolada, podría reportar tal vez algo sobre las especies que han sido perjudicadas con la deforestación (aunque eso sería material para otro trabajo) y podría tal vez hacer un llamado de alerta sobre el hecho y sugerir que se tome cartas en el asunto para detener el cambio de uso del suelo.

Por otro lado, ¿a quién corresponde hacer algo con la información presentada? Sin lugar a dudas, los llamados a hacer algo, en primera instancia, son las autoridades nacionales, regionales o locales, según el espacio donde se den los hechos. Es decir, en este caso, si hablamos de áreas naturales protegidas (fronterizas), el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP) debería enterarse de esto. Si estamos en terrenos establecidos para una concesión forestal, para conservación o para otros usos, el Servicio Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) y el Organismo de Supervisión de los Recursos Forestales y de Fauna Silvestre (OSINFOR) deberían, por lo menos, saber qué está pasando. Y si son terrenos comunales o del Estado, los gobiernos regionales y locales (provinciales y distritales), según corresponda, deberían tomar cartas en el asunto.

Y si esto sucede en territorios indígenas o en reservas territoriales establecidas para poblaciones indígenas no contactadas o en aislamiento voluntario, el Ministerio de Cultura debería estar informado. Si esto sucede en terrenos privados, bueno a ponerse las pilas. Finalmente, el “simple” reporte de una nueva especie de ave en “nuevos” territorios puede (y debería) desencadenar una serie de medidas para saber qué está pasando, dónde, cómo, qué consecuencias trae el hecho consigo y poner a los responsables en autos para que no se les ocurra decir “yo no sabía nada”. La idea es entonces hacer una bola de nieve que empiece a rodar cuesta abajo con las consecuencias lógicas y necesarias.

Es decir, urge denunciar lo que haya que denunciar (aunque digan que no es función de los artículos científicos, sino del periodismo, pero no del que hace mención Gonzalez), aclarar y explicar lo que no se conoce, ofrecer cabos sueltos para futuras investigaciones, proporcionar información para construir y aplicar medidas de conservación y de desarrollo y finalmente, también para dar buenas noticias, pues no todo es negativo. Y bueno, lo siento mucho pero esto continuará en una siguiente entrega.


Julio 2015

Artículo publicado originalmente en la versión online de la Revista Rumbos: