lunes, 17 de agosto de 2015

ENTRE LA COLECCIÓN Y LA CONSERVACIÓN DE ESPECIES BIOLÓGICAS

He participado en varias discusiones sobre un tema que siempre levanta pólvora: la colecta de especies (sobre todo de animales) para realizar inventarios biológicos, describir nuevas especies (o subespecies) y para trabajos de investigación en universidades, museos u organizaciones especializadas. Tenemos a los que están a favor y ven como necesaria dicha actividad y tenemos a los que están en contra porque ven innecesario extraer especímenes vivos de la naturaleza para que vayan a parar a una colección científica. Por otro lado, algunos investigadores exigen que para documentar a especies raras o nuevas para la ciencia se debe utilizar otros métodos, mientras que los que están a favor justifican su utilización, dado que la colecta es la base del conocimiento biológico. ¿Qué opinan ustedes?

 ¿Qué tan cierta (o falsa) es la siguiente afirmación?: mediante la colecta de especies biológicas desconocidas para la ciencia destinadas a colecciones zoológicas o botánicas se arriesga la supervivencia de —justamente— las especies colectadas. Como fuese, diversos investigadores de Estados Unidos y del Reino Unido están promoviendo que para documentar hoy en día la existencia de nuevas y desconocidas especies para la ciencia se debe utilizar fotos, grabaciones de registros vocales y/o pruebas de ADN en base a partes (plumas, pelos, etc.). Y es que la colecta de especímenes aumentaría el riesgo de extinción de las poblaciones de especies de distribución muy restringida y de muy rara presencia, las cuales justamente son las especies nuevas para la ciencia, pues si recién han sido o son descubiertas es porque han estado aisladas, tienen poblaciones muy poco densas y sobreviven en espacios bastante pequeños.

En su opinión, no es necesario arriesgarse para demostrar su existencia, sobre todo, dadas las amenazas actuales que debe enfrentar la diversidad biológica en el planeta. Suena bonito, pero esta posición tiene sus detractores, pues gran parte de la comunidad científica no ve con buenos ojos que no se colecte un espécimen de una nueva especie biológica, pues siempre es necesario contar con mínimo uno de estos para los trabajos de identificación, investigación y para tener certeza de qué especie o subespecie tenemos al frente.       

En ese sentido, tomando como referencia lo que plantea el abogado ambiental mexicano Rolando Cañas Moreno[1] y sus colegas, “la base del conocimiento biológico son las muestras físicas, llamadas especímenes, que permiten tomar medidas morfológicas, extraer moléculas y en general proveer la base material para la construcción del edificio taxonómico que da sentido al conocimiento biológico mundial”. Es decir, con el propósito de obtener información sobre los componentes de la diversidad biológica, se debe colectar algunos ejemplares de las diversas especies que la conforman. Está claro.  

Adicionalmente, en su artículo, Cañas sostiene que en la Ley General de Vida Silvestre de México (del 2006) se señala que “las autorizaciones de recolecta con fines científicos o de enseñanza serán otorgadas sólo cuando no se afecte con ella la viabilidad de las poblaciones, especies, hábitats y ecosistemas y, no obstante que ni en esta ley ni en su re­glamento se pide a los interesados estudios de poblacio­nes para autorizarla, esta disposición sería fundamento de una negativa en este sentido en caso de contar con información que lo sustentara”. Con ello, se determina que esta actividad de recolección debe ser hecha cuando no se afecte la integridad de las especies, pero ¿cómo comprobar o asegurar que esto no va a suceder?, en el caso de las poblaciones de nuevas especies, ¿quién debe hacer el estudio de estas nuevas poblaciones?

Así también, en la mencionada ley mexicana se estipula que “(…) la recolecta con fines de investigación, en áreas que sean el hábitat de especies de flora o fauna silvestres endémicas, amenazadas o en peligro de extinción, debe­rá hacerse de manera que no se alteren las condiciones necesarias para su subsistencia, desarrollo y evolución”. Para ello, es necesario determinar cómo se debe hacer para no alterar tales condiciones. Habrá que preguntarle a los especialistas. El hecho es que la colecta de especímenes, según este ejemplo mexicano, está regulada, con lo cual se entiende que no está prohibida, ni es penada si es que se hace seriamente.

En nuestra Ley Forestal y de Fauna Silvestre (Ley Nº 29763 de julio de 2011 que estará vigente cuando se apruebe su reglamento) se menciona, en el Artículo 140 (Extracción y exportación para investigación científica o propósito cultural), que el recientemente creado Servicio Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) otorga la respectiva autorización cuando se trata de: i) especies categorizadas como amenazadas, ii) especies consideradas en los Apéndices de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), iii) cuando la investigación científica involucre el acceso a recursos genéticos y iv) para propósitos culturales. Asimismo, la ley señala que “la colecta o extracción de recursos forestales y de fauna silvestre con fines de investigación orientada a determinación de genotipo, filogenia, sistemática y biogeografía es autorizada siguiendo procedimientos simplificados establecidos por el Serfor”.

Por lo tanto, en el Perú también se puede colectar especímenes, pero se específica para qué casos se requiere permiso, por ende, ¿se podría pensar que las especies que no están incluidas en esos cuatro casos —como podría ser el caso de las nuevas especies, a las cuales nadie ha “clasificado”—, pueden ser colectadas sin permiso? No lo sé. Además, la ley agrega que “los requisitos y procedimientos para la colecta o extracción y la exportación de especímenes de flora y fauna silvestre con fines de investigación o propósito cultural lo establece el reglamento de la presente Ley teniendo en cuenta las normas específicas relacionadas”. ¿Y el reglamento? Y mientras tanto, ¿qué sucede?

Dado lo anterior, como se sabe, aún rige la Ley Forestal y de Fauna Silvestre, Ley Nº 27308 del año 2000. Así, en el Artículo 34 (Extracción para investigación o propósito cultural), se estipula lo siguiente: “La autoridad competente otorga autorizaciones para extracción de recursos forestales y de fauna silvestre con fines de investigación científica o cultural, en las condiciones que establece la legislación sobre la materia y el reglamento”. O sea, no hay mucho que interpretar, ¿o sí? Hay que leer el reglamento.  
 
En el reglamento de la Ley Nº 27308 —aprobado el año 2001 mediante el Decreto Supremo Nº 014-2001-AG—, específicamente en los artículos 326, 327, 328 y 329 se incluye lo referente a las colectas científicas. Para ello, se requiere los permisos y las autorizaciones respectivas, es decir, estas están permitidas y encuentran justificación para su ejecución.

Es decir, un espécimen colectado debe ofrecer información taxonómica y datos genéticos para determinar qué especie (o subespecie) es, con el fin de que pueda ser clasificado correctamente. Y a propósito, ¿cuántos especímenes de una especie o subespecie determinada se necesita para los trabajos de investigación científica?, ¿dónde deben estar depositados estos especímenes colectados?, ¿se necesita tener uno(s) en el país (o países) de origen y otro(s) en los países donde la especie es estudiada? o ¿solo deben estar en los museos que pueden financiar la tenencia y permanencia de las colecciones científicas? En resumen, ¿cuántos especímenes de una especie se debe tener colectados y dónde deben estar?, ¿el acceso a ellos es libre, regulado o restringido?  

Pero al margen de la discusión legal o biológica de la pertinencia de extraer especímenes silvestres de especies biológicas, existe también una discusión “moral” al respecto. En un bando están los que justifican plenamente esta actividad, en especial, en un país como el Perú que conoce tan poco su diversidad biológica y que está retrasado en lo referido a la investigación científica. En el otro bando están los “ecologistas”, “puristas”, “animalistas” o los más sensibles que sostienen que no es necesario colectar especímenes para estudiarlos. Para estos últimos, basta verlos en la naturaleza y trabajar con lo que ya se tiene.

Casos emblemáticos

Un ejemplo que nos puede dar algunas luces al respecto es lo que sucedió con el Alca Gigante (Pinguinus impennis). Cuando las poblaciones de esta ave empezaron a reducirse dramáticamente, diversos museos de varios países mandaron nutridas expediciones para obtener ejemplares y huevos de esta especie de pingüino que era muy abundante a lo largo de las costas del Océano Atlántico, desde Florida a Groenlandia, incluyendo Islandia, Escandinavia, las Islas Británicas, Europa Occidental y Marruecos. También estaba presente en el Mar Báltico y al oeste del Mar Mediterráneo.

De esta manera, con el afán de tenerla en sus colecciones, la última pareja reproductiva del Alca Gigante fue cazada en 1844 en Islandia y sus restos descansan en el Museo Zoológico de Copenhague. Otro caso interesante y más reciente es el del Búho Enano Mexicano (Micrathene whitneyi socorroensis), cuya extinción habría sido causada por científicos.

Como se mencionó, para las poblaciones muy pequeñas y aisladas de especies nuevas, algunos científicos proponen utilizar cámaras fotográficas e incluso “smartphones”, ya que estos últimos están dotados de buenas cámaras para documentar los registros. Así por ejemplo, en el 2006, el biólogo indio Ramana Atheya dio a conocer a la ciencia la existencia de una nueva especie de ave en la India a la que nombró Charlatán Bugun (Bugun liocichla) en homenaje a la tribu Bugun, oriunda de la zona. Atheya divisó por primera vez algunos especímenes de esta rara ave en el año 1995.

Consciente del problema en discusión, Athreya decidió no recolectar ningún espécimen de esta nueve especie. Por lo tanto, solo fotografió a esta ave, la capturó y le tomó todas las medidas necesarias y luego la liberó. Adicionalmente, grabó su canto y guardó algunas plumas. Con ello, dichas muestras han servido para identificar a la especie, pese a la renuencia de la comunidad científica. Atheya sostiene que con su accionar pudo salvar de la extinción a esta nueva especie para la ciencia.

Pero hay un problema. En la taxonomía, el exclusivo registro fotográfico no goza de muchos adeptos y no es tomado en cuenta por los expertos. Así, existen algunos ejemplos de especies biológicas que fueron descritas a través de plumas y fotos, pero sobre la cuales luego se llegó a determinar —mediante la colecta científica— que no eran especies nuevas, sino subespecies de una especie ya existente o variaciones de una especie. Un ejemplo de ello es lo que sucedió con la especie Laniarus liberatus. Esta ave de la selva africana fue considerada como nueva para la ciencia en los años noventa y fue descrita a través de fotografías y plumas. En el 2014, el ecologista estadounidense Andrew Towsend Peterson la describió en base a un espécimen colectado y determinó que dicha especie es en realidad una variedad de color de la familia ornitológica Malaconotidae,por lo tanto, no ha sido reconocida como nueva especie[2]. Por ende, la colecta científica es un método efectivo e infalible.

¿Qué sucede por ejemplo si se debe examinar una parte de la especie que no fue fotografiada o si no se tiene buenas fotografías? Además, no todos los animales pueden ser fotografiados, por lo que es imprescindible contar con por lo menos un espécimen tipo que ofrezca toda la información necesaria para describir a la especie. Así también, los especímenes recolectados ofrecen valiosa información sobre las posibles modificaciones que haya podido sufrir la especie debido al cambio climático o a algún otro factor.

¿Qué opinan ustedes?
  

Agosto 2015

Artículo aparecido originalmente en la versión online de la Revista Rumbos: 


[1] Cañas, R., R. Ahuatzi, M. España y J. Soberón. 2008. Situación legal de la recolecta científica, en Capital natural de México, vol. I: Conocimiento actual de la biodiversidad. Conabio, México, pp. 215-225. En: http://www.biodiversidad.gob.mx/pais/pdf/CapNatMex/Vol%20I/I08_Situacionlegal.pdf
[2] http://www.birdlife.org/datazone/speciesfactsheet.php?id=6169

viernes, 7 de agosto de 2015

¡ALELUYA! ¡LA SEXTA EXTINCIÓN MASIVA DE ESPECIES DE FLORA Y FAUNA HA EMPEZADO!

Quiero dedicar este artículo a mi gran amigo Rolf Petermman Meyer-Miethke (25 – 07 -1964 / 01 - 08 - 2015). Va para ti gringo, donde estés. ¡Te voy a extrañar harto chamo!


No debería sorprendernos que en el planeta se siga descubriendo nuevas especies para la ciencia, tal como acaba de suceder, por ejemplo, en el Perú. En estos lares han sido reportadas una nueva especie de orquídea y una nueva especie de mono amazónico endémico del Perú, específicamente del valle del Urubamba en Cuzco. Sin embargo, por otro lado, tampoco debería sorprendernos que cada día que pasa la flora y la fauna mundial deben resistir los embistes de la raza humana. Para muchos científicos, ya estamos viviendo lo que sería la sexta extinción masiva de especies del planeta. ¡Bienvenidos al apocalipsis!  

Permanentemente escuchamos que existen cientos de especies de flora y fauna que están amenazadas y que están en peligro de extinción. Esto ya casi no es noticia, pues a nadie le afectaría (salvo a unos cuantos) que el Mono Rojiblanco que vive en un hábitat restringido del bosque tropical amazónico peruano se extinga. Si ni siquiera lo conocemos, de qué nos debemos lamentar. Y además, si se extingue un tipo de mono, cuál es el problema, ya habrán otros monos que tomen su espacio; y además, ¿cuál es el rol del mono en la naturaleza? y ¿cómo se ha extinguido si la selva amazónica es tan grande? Qué respondan los que deben responder. Sigamos.

Los bosques tropicales del planeta deben retroceder indefensos ante el avance de la agricultura y la ganadería extensivas y se ven mermados por la ilegal tala selectiva de especies maderables comerciales. Los ecosistemas deben soportar y pelear en desventaja contra las especies invasoras que causan un daño terrible a sus habitantes originales. El clima cambiante, producto del innegable calentamiento global del planeta, está poniendo en jaque a muchas especies que no están preparadas para hacerle frente a este problema (pero hay algunas que sí sacan ventaja de esto). Además, la contaminación ambiental —en todas sus variantes— está haciendo estragos en la flora y fauna mundial. Y ya ni qué decir de la pesca masiva (y abusiva) de especies hidrobiológicas en el mar y en todos los cuerpos de agua continentales, así como de actividades no permitidas como la caza de fauna y la extracción de algunas variedades de plantas (como las orquídeas) para el tráfico ilegal de especies.

Esta “pequeña” lista de amenazas nos da una idea de lo que se cierne sobre nuestra flora y fauna local y planetaria. Sin embargo, necesitamos cifras para entender mejor el problema. No obstante, los números son difíciles de obtener en este caso, pues existe mucha polémica al respecto y los métodos para obtenerlos varían mucho en cada país. Asimismo, los parámetros de comparación crean permanentes discusiones entre los científicos. Sin embargo, para Gerardo Ceballos y sus colegas de la Universidad de México, la sexta extinción masiva de especies ya está en marcha. Los investigadores publicaron un artículo en la revista “Science Advances”[1], en el cual además advierten que la disminución de especies biológicas es perjudicial para el que la produce, es decir, para el ser humano.

Para llegar a tal conclusión, Ceballos y Co., compararon las cifras de extinción de los mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces desde el año 1500 a la fecha con el número de especies, cuya desaparición se daría sin la influencia del ser humano. Para ello, es necesario saber que es normal que algunas especies se extingan. Pero, cuando hablamos de extinciones masivas, nos referimos a la desaparición de una gran parte de los seres vivos en un periodo de tiempo bastante corto. Algo similar ocurre con el actual cambio climático que estamos viviendo como producto del calentamiento global. Los cambios climáticos en el planeta siempre se han dado de manera natural y en periodos de tiempo bastante extensos, pero el actual se está dando en un periodo de tiempo bastante corto y por causas antrópicas. En este escenario, para que la Tierra se recupere de ambos procesos se va a necesitar miles de años.

Las cinco primeras

Como recordar es volver a vivir[2], recordemos brevemente cómo es que se dieron las cinco primeras extinciones masivas de especies en el planeta. La primera de ellas se dio en la transición del periodo Cámbrico al periodo Ordovícico (aproximadamente, hace 439 millones de años) en la era Paleozoica. En ese entonces, la vida existía principalmente en el mar y debido a que los niveles de este descendieron enormemente para formar grandes glaciares y que luego el nivel del mar volvió a subir por el derretimiento de los glaciares, desaparecieron cerca del 25% de las familias (de especies) y el 60% de las especies marinas.

La segunda se dio en el periodo (tardío) Devónico (aproximadamente hace 364 millones de años) por una causa aún desconocida. Sin embargo, se estima que se extinguieron 22% de las familias y el 57% de las especies marinas. Sobre las especies terrestres no se tiene mucha información. En el caso de la tercera, la causa es un tema álgido de discusión entre los científicos. En lo que sí se está de acuerdo es que fue la que ocasionó el mayor número de especies extintas: 95% de todas las especies de la Tierra, 53 % de las familias marinas, 84% de las especies marinas y el 70% de las especies (animales, plantas, insectos) que habitaban el planeta. Esta se dio al final del periodo Pérmico en la era Paleozoica hace cerca de 251 millones de años.

La cuarta se dio a finales del periodo Triásico de la era Mesozoica, hace aproximadamente entre 200 y 214 millones de años. La causa parece haber sido la enorme cantidad de erupciones volcánicas en el planeta, la cual originó un calentamiento global de grandes proporciones. Se extinguieron 22% de las familias y el 52% de las especies marinas. El número de especies terrestres extinguidas es desconocido. La quinta extinción masiva se produjo posiblemente como consecuencia de la colisión de un meteorito con el planeta en la península de Yucatán en México hace 65 millones de años. Este fenómeno ocasionó la desaparición del 16% de las familias y el 47% de las especies marinas, además del exterminio del 18% de las especies terrestres incluyendo a los dinosaurios.

Vamos bien

Según se sabe, la cuota de extinción es de 0,1 a 1 especie por cada 10 000 tipos de estas en un periodo de 100 años. Así, Ceballos y su equipo hicieron sus cálculos en base a 2 especies extintas por cada 10 000 en el mismo periodo de tiempo, para así evitar anticipadamente críticas en torno a que la cuota utilizada sería muy baja. Los resultados obtenidos fueron comparados con la información de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), con restos fósiles y con una extensa revisión bibliográfica. Uno de los resultados es que la gran mayoría de especies animales se extinguieron en los últimos 114 años, es decir, desde que empezó la Revolución Industrial, allá por el año 1900.

Asimismo, con el fin de comparar algunas cifras, los investigadores incluyeron en sus cálculos las especies clasificadas como extintas, extintas en la naturaleza o como probablemente extintas. Con ello, se llegó a la conclusión de que el promedio del número de especies en extinción en el último siglo es entre 10 y 100 veces mayor al promedio del número de especies que se habría extinguido de manera natural en 100 años. Es decir, bajo condiciones normales, tendrían que haber pasado entre 800 y 10 000 años para que desapareciera el mismo número de especies que ya ha desparecido en el planeta en los últimos 100 años.

¿Y cómo nos afecta todo esto? Pues resulta que dependemos de otros organismos de la naturaleza para obtener nuestros alimentos y nutrientes. Ejemplos de ello tenemos varios. Un caso preocupante es el de las abejas que si bien no están amenazadas de extinción, sus poblaciones vienen decayendo de manera alarmante. Sin abejas, la polinización natural disminuye con la consecuente disminución de la floración y por ende, de la producción de frutos. Por lo tanto, la producción alimentaria podría verse afectada. Así también, con la pesca indiscriminada, cada día que pasa, los mares están más vacíos y obtener peces y frutos del mar se vuelve más complicado.

Por eso, si no nos ponemos las pilas y frenamos las causas que aceleran la extinción masiva de especies, podríamos estar cavando nuestra propia tumba. Proteger nuestra flora y fauna a nivel interplanetario es una de las principales preocupaciones del mundo científico, pero al parecer no es la de todas y todos los terrícolas. Ya es hora de cambiar eso. Espero que cuando las siguientes generaciones estén ya instalados en un nuevo planeta recuerden esta extinción como la última y que no estén ad portas de la séptima.

Monos y orquídeas

Como ya se mencionó, recientemente han sido descubiertas en el Perú dos nuevas especies para la ciencia: una orquídea y un mono. En el caso de la orquídea[3], esta nueva especie fue descubierta como resultado de un estudio desarrollado el año 2014 en el departamento de Junín por el Ministerio del Ambiente (MINAM), a través de la Dirección General de Diversidad Biológica (DGDB), con el decidido apoyo del Programa de Asistencia Técnica (PAT) USAID/MINAM. La nueva orquídea fue encontrada a 3200 metros de altitud en una zona de bosques montanos y ostenta el nombre científico Epidendrum jose-alvarezii, como reconocimiento al actual Director General de la DGDB del MINAM, José (Pepe) Álvarez Alonso.

Adicionalmente y hace poco también, el Proyecto Mono Tocón reportó que había sido descrita una nueva especie de primate para el Perú[4]. Se trata del Callicebus urubambensis, especie encontrada en una expedición organizada por el mencionado proyecto, con el fin de aportar nuevos datos en la distribución y taxonomía de las especies de monos tocones del centro y sur del Perú. Ambas son sin duda muy buenas noticias para el mundo científico y para todas las y los peruanos. No obstante, también recae en nuestras manos lograr que podamos seguir ostentando su presencia en los siguientes años.

Por eso, es importante saber qué tenemos, dónde está, cuál es su estado de conservación, cuáles son las amenazas que se ciernen sobre nuestro patrimonio biológico y sobre todo, es primordial hacer algo al respecto. El Mono Rojiblanco, su parentela, sus vecinos y toda la flora y fauna del planeta nos lo agradecerán.


PD. Quiero expresar mi reconocimiento y felicitaciones a Harol Gutiérrez Peralta, botánico de la DGDB del MINAM, quien fue uno de los descubridores de la nueva orquídea y con quien he trabajado unos meses; y a Julio C. Tello Alvarado del Proyecto Mono Tocón, a quien también conozco y es uno de los que reportó la nueva especie de mono para el Perú.


Agosto 2015

Artículo publicado originalmente en la versión online de la Revista Rumbos: 



[1] http://advances.sciencemag.org/content/1/5/e1400253
[3] http://www.minam.gob.pe/notas-de-prensa/autoridad-cientifica-cites-peru-identifica-una-nueva-especie-de-orquidea/
[4]  http://static1.1.sqspcdn.com/static/f/1200343/26367059/1436028902233/PC29_Vermeer__Tello_Peruvian_Callicebus.pdf?token=LyXfxhix1unWIJm4%2FiT0MdtnTkA%3D