martes, 28 de julio de 2015

EUGENIO

Salí de esta embarazosa situación hace poco más de cuarenta años. Deambulé por unas calles llenas de escombros. Luego fui a un supermercado a comprar un turrón duro que casi logró fracturar mi débil dentadura. Jugaba en un ovalo y contemplaba con parsimoniosa admiración el árbol que crecía sin chistar. Soy Eugenio. Crecí. Sí, eso creo pues, pese a ser enano, sé que no soy aquel que salió a ver el mundo con este único ojo. Retomé mi adicción a la morfina innecesariamente y muchas veces, pues nunca sentí nada de dolor. Nunca he sentido dolor alguno por lo que me han hecho o por lo que he hecho. Solo sé que por donde he estado he sembrado el odio y el amor en cantidades iguales. No hay de qué quejarse. Cuando estuve en el bosque que me deparó numerosos amaneceres de color púrpura, vi como de ahí salió aquel obsequio que me acompaña hasta hoy. Me levanté iracundo y desesperado por mi dosis habitual.

Caminé hacia el arroyo a beber agua. Limpié mi cabeza de la escarcha matutina. Me enfundé el sable con el que destruía la tiniebla y luego salí a seguir caminando entre innumerables senderos inundados de hojarasca y de alimañas ensordecedoras para seguir en la búsqueda del elixir que tanto anhelaba. Recorría el pasillo ida y vuelta sin saber cuándo me iba a detener. Sentí que estaba por irme de este maldito planeta. Pero ya luego se me pasó las ganas de envenenarme con tu sonrisa de cianuro. Mientras tanto, me senté en esa silla amarilla para ver el horizonte plasmado del olor inconfundible del Rosmarin y del Basilikum. Sigo postrado. No puedo levantarme. Escucho mi nombre por doquier. ¡Eugenio, hijo de la chingada! ¿Qué haces? No debo contestar. Mi voz de murciélago rojo de la fruta me delatará. Debo seguir en silencio mientras me retuerzo por el dolor de no tenerte a mi lado.

Salgo a navegar por el gran río dorado. Llegué antes que todos. Me siento a esperar. Aparecen mis primeras víctimas. No sufrirán. Las atravesaré con lanzas que no verán venir. Sacudo la cabeza para limpiarme la sangre en el hocico. Ya tengo suficiente. Salgo caminando dejando un hilo rojo en la nieve casi morada que entumece mis pies. Camino zigzagueante por la avenida. Debo regresar a mi madriguera. Mañana se desencadena la tormenta que he mandado elaborar para tu partida. Oigo mi nombre en el intercomunicador de la calle. No me queda más remedio que dispararle a esa caja boba que no me sirve para nada. Espero tu llegada constrictora. Pretendes seguramente hacerme sufrir un par de días o meses más. Como dice la canción: …i am hungry again, i am drunk again… pero no solo eso, porque …if you walk out the door, will i see you again?...

Me despierto agitado y con la boca seca. Necesito agua bajada de la colina. La guerra nos agarró en plena discusión. No todo está perdido. ¡Eugenio eres un pobre diablo! Lo sé, pero por qué me lo dices ahora y no me lo mencionaste mientras cocinaba el pez que acabó de extraer del lago azul de la isla en el fin del mundo donde pernoctamos. Dime solamente que tienes lo que deseo. El resto vendrá solo. No es la primera vez que debo esperar que las gotas se sequen. Mientras tanto, cierra la puerta. Seguiré encerrado en este lugar lleno de sombras.  Avísame por favor cuando yo ya no esté. No digas nada más. No me daré cuenta, no sentiré nada. Ya todo lo dejé en desorden. Bitte, lass mich ruhig heimgehen.   

Agosto 2013

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