jueves, 2 de agosto de 2018

DE CÓMO SOBREVIVÍ A UNA DE LAS PRUEBAS MÁS DIFÍCILES QUE HE TENIDO


Salón de Nursery A del Colegio Abraham Lincoln.
Para los que no la conocen, Maya es la que me está viendo.  
Contar un cuento en el salón de Maya puede ser una experiencia muy compleja. Felizmente pude contar “Elmer, el elefante de colores” con aplomo, no sin antes casi perecer en el intento.

Los primeros días de junio de este aún inconcluso 2018 transcurrían tranquilos, no sin verse afectados de diversas formas por la pasada (¡felizmente y gracias a Dios!) fiebre mundialista al estilo peruano. Es ahí cuando Fátima me consultó si el miércoles 13 de junio podía ir al colegio de Maya a las 8.20 am a contarle un cuento a todo el salón de Nursery A, donde estudia mi princesa. Esa semana era la “Semana de los Valores” y Maya salió sorteada, lo cual indicaba que sus papás debían contar un cuento. Nos tocó el tema respeto.

Acepté sin chistar, primero porque me parecía una excelente experiencia y segundo porque en mi cerebro se fijó la idea de que ese día me darían un cuento sobre el respeto para que yo lo lea y tal vez lo comente y explique. Hasta ahí, todo bien. Yo estaba de lo más tranquilo y emocionado de ir a conocer a los amiguitos de Maya. Sin embargo, unos días antes de la tan ansiada fecha, Fátima me preguntó si ya había escogido el cuento que iba a contar. En ese instante casi me da un derrame cerebral porque según fui informado, no solo debía contar el cuento que yo elija, sino que también debía actuar y hacer que sea lo más ameno para que los niños (todos entre tres y cuatro años) puedan entenderlo y puedan retener el mensaje que tenía que ser en torno al respeto.

Tras reponerme del shock y estar seguro de que no me hallaba en una unidad de cuidados intensivos con una embolia, empecé a carburar qué cuento podría contar y cómo podía hacer para que los niños no se aburran y no me quieran linchar. Pase dos días de suma angustia pensando únicamente en mi misión y preocupado solo de no defraudar a mi exigente audiencia. Busqué casi una docena de cuentos, consulté a expertos e incluso pensé en desertar de mi misión alegando que tenía una enfermedad terminal, pues sentía que iba a fracasar. Confieso que me confié y no calculé el impacto que tendría en mí la tarea que me fue encomendada.

Pasé dos noches de terror, sobre todo la que le precedía al día en que me tocaba salir al ruedo. Esa noche previa casi me desvelé hasta que por fin pude determinar —casi a la medianoche y solo con la invalorable ayuda de Fátima, porque solo no lo hubiese hecho— qué cuento contar. Dormí atormentado pensando en que iba a fracasar en mi intento, luego de tratar casi por una hora —por supuesto, de manera infructuosa— de memorizármelo para no hacer papelones. Incluso grabé el cuento en mp3 para tratar de escucharlo todas las veces que sea posible a ver si algo retenía.

Felizmente podía usar un proyector y una PC para “ayudarme” con mi titánica tarea. Decidí llevar el pequeño video (con imágenes del libro del cuento elegido —que por suerte estaba en YouTube—, a fin de hacerlo visualmente atractivo) para así ponerlo sin volumen y pasar solo las imágenes. Pese a esa “pequeña” ayuda y después de dejar a Maya para que entrara a su salón a las 7.30 am aproximadamente, pasé casi una hora en recepción esperando a que me llamen para enfrentar a ese auditorio de 18 niños que me iban a masacrar en su “cancha”. Pasé casi una hora escuchando el cuento intentando pensar cómo debía hacer para no hacer un papelón. 

Elmer, el elefante de colores. 
He enfrentado diversos públicos exigentes; he sustentado mi tesis de maestría y mi licenciatura; he expuesto en congresos, simposios, talleres, etc.; dictado clases en la universidad, diplomados y otros; enfrentado entrevistas laborales; y dado algunas entrevistas en medios de comunicación; se supone que debería tener “cancha” y no estar tan nervioso, pero esta vez estaba “muñequeado” como nunca antes. Los minutos que pasé sentado en la recepción del colegio fueron angustiantes. Pensé en fugarme, en simular un desmayo, en hacer sonar la alarma, pero recapacité y esperé a que la señorita me llamara para ir a enfrentar mi destino. En eso estaba hasta que escuché mi nombre y tras casi un infarto fulminante, sentí un vacío en el pecho que me hizo sudar frío. Caminé hacia el salón de Maya como si me estuviese yendo al patíbulo. Pensé otra vez en salir corriendo despavorido, pero al ya estar cerca del salón escuché la voz inconfundible (claro, para mí) de mi reinita que pregonaba a los cuatro vientos: ¡mi papá!

En ese momento me inundó una racha de valentía y entré a los pocos segundos al salón de Maya. Saludé a las dos profesoras y a cada uno de los niños, mirándolos fijamente a los ojos y dándole el beso o apretón de manos correspondiente a ver si así les imponía temor y los “ablandaba”, pero todo eso fue en vano. Sentí que cada uno me miraba de manera inquisidora. Así que pasé al frente, otra vez angustiado por no hacer un papelón.

Conté el cuento de manera fluida y estuve atento a cada reacción de los niños. Incluso me vi enfrentado a varias preguntas, pero hubo dos de ellas que me sacaron de cuadro en ese momento. ¿Por qué no hay elefantes “mujeres” en el cuento? y ¿por qué no hay elefantes en el Perú? No recuerdo qué niños o niñas me hicieron esas y otras preguntas, pero felizmente al responderlas salí airoso de ese trance; y al final creo haber hecho una buena performance. Maya estuvo todo el rato atenta e incluso se adelantó a algunas partes, pese a que no había leído el cuento, con lo cual, debí aclarar que ella no tuvo acceso al cuento hasta ese momento.

Este es mi tan valioso diploma.
Al final recibí el aplauso de mis distinguidos interlocutores y pude charlar con ellos un poco, pues si bien hubiese querido quedarme un rato más, su horario no se los permitía. Y tras despedirme de cada uno y dejarles un par de mensajes sobre el respeto a sus compañeros, profesores y por supuesto, a sus padres, salí raudo no sin antes comerme a besos y abrazar a Maya, pese a que la debo haber hecho pasar un momento “rochoso”. Finalmente me fui por donde vine y sentí que había regresado a la vida. Miré mi diploma y me sentí orgulloso y como si hubiese sustentado mi tesis post doctoral en la NASA y en chino mandarín sobre física cuántica aplicada a la construcción de drones espaciales. Ahora puedo decir que pasé una de las pruebas más difíciles que he tenido.

Acá está una de las versiones del cuento por si lo desean ver:
https://www.youtube.com/watch?v=MMq5zWMQl-o

Agosto 2018

4 comentarios:

  1. Felicitaciones!!! Este YA es TODO un cuento. sólo le falta el título, que podría ser.. "LA DIFÍCIL Y MARAVILLOSA TAREA DE SABER SER PADRES". Me encantó Pratolongo, hasta tu apellido sirve de título!!!!!

    ResponderEliminar
  2. A mi también me tocó contar un cuento en el salón de mi hija, ella tenía en ese entonces 3 años y fue una experiencia complicada, angustiarte pero al final compensatoria al ver las sonrisas de los niños, me identifiqué por completo en tu narración.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Oe si compare, de hecho es más complicado de lo que parece, pero la experiencia es altamente gratificante. Un fuerte abrazo.

      Eliminar