viernes, 13 de febrero de 2015

¡FELICES 100 AÑOS QUERIDA ABUELA MANUELA!

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La abuelita Manuela.
El domingo 08 de febrero de 2015 celebramos por adelantado los 100 años de Doña Manuela Pastor de Lam, la queridísima “Manuelita”, abuela de mi esposa, Fátima, quien es su descendiente número 19. La bisabuela de Maya, nuestra hija, nació el 10 de febrero de 1915 en el distrito arrocero de Pueblo Nuevo, perteneciente a la provincia de Chepén, en el departamento de La Libertad. Este pequeño y pujante distrito está ubicado a 15 minutos en auto del distrito de Guadalupe que pertenece a la provincia de Pacasmayo del mismo departamento. Desde el sábado 07 hasta el martes 10 de febrero hemos pasado unos días fabulosos en este acogedor lugar, en compañía de primos, sobrinos, tíos, compadres, comadres, familiares y amigos. Es emocionante ver cómo la abuelita Manuela sigue lúcida y puede reconocer a su última bisnieta, Maya Meylín Angulo Escudero, quien es su descendiente número 64. Entre ellas han pasado 99 años y 10 meses. 

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El domingo ingresamos a la iglesia de Pueblo Nuevo a eso de las 10 de la mañana para estar en la misa en honor a Manuelita por sus 100 años. A su llegada, todas y todos los pueblonovanos la saludaban pues la conocen y además es una persona muy querida y reconocida. Ese día, el recinto estaba lleno y en su interior se respiraba un aire de júbilo y algarabía. Así, después de saludar a una o dos decenas de personas y de ver dónde me iba a sentar, terminé sentado en primera fila al lado opuesto de las bancas donde estaba la abuelita, sus hijos y Maya en brazos de Fátima. Nuestra pequeña se la pasó durmiendo toda la misa arrullada con los cantos y el bullicio.

Apenas me ubiqué en la primera fila al lado izquierdo de la iglesia y mientras estaba de pie mirando el vacío, intentaba ver a mi esposa e hija y me quedé observando a la abuelita por unos minutos. Debo confesar que sentí una gran emoción de estar ahí parado siendo parte de una celebración en la cual, la protagonista era la abuelita Manuela. Mientras escuchaba los cantos y las lecturas obligatorias tuve que controlar unas ganas tremendas de ir corriendo a abrazar a la abuela. Me atacó una sensación difícil de describir. Me sentía inundado de una fuerza extraña que me petrificó en mi asiento y que me obligó a abstraerme del momento para pensar en esa cosa rara con la que contamos los que estamos aún estamos pululando por ahí: la vida.

Fátima, la abuelita, Maya, Rosario (Charo) de izquierda a derecha.
Cada minuto en este planeta es algo por lo que debemos agradecer. De hecho no sé a quién exactamente, pero por lo menos, es obligatorio, creo yo, detenernos de vez en cuando a reflexionar al respecto y ver la vida con optimismo. Veía a la abuelita absorta en sus pensamientos y en sus rezos, rodeada de toda su descendencia y se me hacía un revoltijo en las tripas. No sabía si llorar o reír de la felicidad y de la emoción que me embargaban. Y tal sentimiento crecía al ver a Fátima y a Maya a pocos metros de su abuela y bisabuela respectivamente.

Manuela es la hija mayor de Don Guillermo Pastor Zamora y de Doña Vicenta Plaza Castro y es la mayor de nueve hermanos: Julio (†), Luisa, Celestina (†), Pablo (†), Bertila (†), Juana, Victoria (†) e Isabel (†). La abuelita es una mujer fuerte y si bien en los últimos años debe andar en silla de ruedas, no deja de estar activa. Pela las alverjas, las habas y hace otros pequeños trabajos manuales y toma sus alimentos sin ayuda alguna. Es un placer verla comer y tomar sus infusiones. Tiene un apetito envidiable y disfruta sus comidas en silencio. He pasado varios días con la abuelita y la he visto en su rutina diaria y es aleccionador ver cómo se desenvuelve y vive con entusiasmo cada nuevo día.

Recuerdo con mucha alegría y nostalgia una semana de junio de 2014, en pleno Mundial de Fútbol, cuando estuve en Pueblo Nuevo con Fátima (Maya ya estaba en la barriga de su madre) y con sus padres. Nos pasábamos gran parte del día viendo todos los partidos de fútbol con la abuelita. Siempre preguntaba quién era yo y a veces me miraba con desconcierto y no me quitaba la mirada, pues asumo que intentaba descifrar quién era ese individuo con barba (con una máscara, como dice ella) y por más que le explicaban quién era yo, ella no estaba muy confiada ante mi presencia. La abuelita tiene una ligera desconfianza de la gente que no conoce y que merodea por su casa. No obstante y por eso, en mi caso, siempre andábamos cruzando miradas (de amor y odio, como dice Naty), mientras yo a su vez intentaba no alterar su tranquilidad y tomaba todo con humor, pues sé que a la abuelita esos momentos solo la perturban por algunos minutos y que luego se le pasa. 

La abuela Manuela se casó en el año 1945 en Pueblo Nuevo con el ciudadano chino Humberto Lam Kan y al año siguiente se fue con toda su familia a Lima buscando mejores oportunidades educativas para sus hijos. Producto de su matrimonio, nacieron Celso (†), Leticia (†), Guillermo, Humberto, Griselda, Ronald, Silvia, Manuel y Rosario (mamá de Fátima y abuela de Maya). En el año 1955 falleció el esposo de la abuelita, el “Viejo Lam”, como ella lo llama cariñosamente hasta ahora. Manuela quedó viuda a los 40 años con ocho niños. Su situación económica era difícil, pero la abuelita no se doblegó ante ello e hizo lo imposible para sacar adelante a sus descendientes. He escuchado todos los sacrificios que hizo para darles educación a sus hijos y lo cierto es que solo me queda doblegarme ante tremenda mujer de acero llena de perseverancia y amor por los suyos.

Cuando la situación estaba sumamente complicada en Lima, la abuelita se vio tentada a regresar a Pueblo Nuevo, donde la vida era más fácil y barata, pero fiel a su espíritu guerrero, decidió quedarse en Lima para que sus hijos estudien. Ella no se vino abajo ante las dificultades y limitaciones que debió vencer para que su descendencia pueda tener un mejor futuro. Para Manuelita —y siempre lo repite con orgullo— la educación es la mejor arma para vencer cualquier tipo de obstáculos. Y la prueba más contundente de ello son sus hijos, nietos y bisnietos y el gran mensaje que ha dejado a través de sus 100 años. La abuelita es una persona de armas tomar. Eso me consta y doy fe de ello. Pero a su vez, es sumamente cariñosa e irradia una fortaleza que estoy seguro está repartida en sus 64 descendientes directos.

La Abuelita Manuela en la misa.
La abuelita tiene 26 nietos: Nancy Patricia, Carlos, Leticia, Patricia, Guillermo, Alberto, Ana, Fabiola, Carol, Fátima (mi Meylín), Ronald, Alex, Vladimir (†), Rodrigo, Rosario (†), Nataly, Heidy, Martín Yuri, Humberto, Juan Carlos, Paloma, Vanessa, Roberto, Hellen, Claudia y Andrea (†). Conozco a casi todas y todos los nietos y siempre que los veo con la abuelita me fascina ver cómo es que existe ese nexo tan cercano entre ellos. La primera nieta nació en el año 1964, cuando la abuela tenía 49 años y desde ese entonces ha cuidado y velado por todos ellos. Cada uno de los nietos reconoce en su abuela a la mujer que no sucumbió ante las adversidades y que con su fuerte carácter y perseverancia sacó adelante a sus padres y con ello a cada uno de ellos también.

Y es a partir del año 1992 que la abuelita se convirtió en bisabuela de 29 bisnietos: Daniela, Sebastián, Antonio, Mikaela, Kiara, Carlos, Kuay, Eduardo, Nicolás, Luis Eduardo, Fiorella, Cristina, Jean Franco, Mauricio, Ariana, Nicolás, Ana Paula, Máximo, Romina, Santiago, Lucia, Santiago Mateo, Sebastián, Diego, Joaquín Germán, Joaquín Umberto, Catalina, Amaroo y la última, nuestra pequeña Maya. Así, en estos 100 años, la abuela Manuela tiene 64 descendientes y seguramente seguirán viniendo muchos más. Espero que los actuales y los que vengan conozcan las adversidades que Manuela Pastor de Lam tuvo que atravesar para salir adelante. Desde su querido Pueblo Nuevo, la abuelita está ahí vigilando el destino de cada uno de los suyos. Yo me encargaré de que Maya Meylín sepa quién es su bisabuela y que cuando vuelva a visitarla, le dé un fuerte abrazo para que reciba sus bendiciones y su fuerza.

Con estas breves líneas deseo rendirle homenaje a la abuelita Manuela y saludar a toda su descendencia. Desde que conocí a Fátima, siempre me habló de su abuela y cuando la conocí supe que estaba frente a una de esas mujeres que representan la fortaleza y entereza humana. Cuando veo cómo Fátima le da besos a su abuela y está a su costado conversándole, me emociono bastante. Y por supuesto, en esta oportunidad en que por primera vez la abuela ha conocido a su última bisnieta y la ha tenido en sus brazos, el corazón se me salía del pecho. Esos momentos indescriptibles de calor humano son únicos y desearía con sinceridad que nunca acabasen.

La abuelita y Maya.
Mientras tanto, es un nuevo día para todos y la abuelita debe estar en su querido terruño sentadita, tomando su té o alguna merienda (o picoteando por ahí lo que le alcancen) o estará ayudando en la cocina. Además, estará seguramente recordando cuántos años tiene y cuándo nació; enumerará a cada uno de sus hijos y evocará al “Viejo Lam” una y otra vez. Luego, se reirá, hará sus “ejercicios” y estará dormitando placida y merecidamente hasta que las primeras horas de la noche irrumpan, luego se irá a descansar para levantarse al alba y seguir ofreciéndonos un día más de vida. La abuela ha ido perdiendo la memoria y confunde algunas cosas, pero tiene momentos de una lucidez envidiable que denota su fortaleza física y mental y en los cuales se acuerda y reconoce a las personas con las que está en ese momento para después de un rato olvidarse. Sin embargo, eso no impide que a su lado y alrededor de ella exista un clima de paz, de algarabía y de entereza humana.

Así, en medio de la maratónica celebración por sus 100 años, la abuelita disfrutó enormemente los momentos con sus hijos, nietos, bisnietos, familiares y amigos. Pero también hubo momentos en que su mirada se perdía en el vacío. Supongo que estaría imaginando cómo agradecer la dicha de tener reunidos a tanta gente que la ama, la estima y que la protege o que tal vez estaría recordando los difíciles momentos que vivió para llegar hasta donde está. No lo sabremos. Pero por ahora eso no importa, lo importante es que estuvo y está rodeada de los suyos. Y así, antes de irnos de Pueblo Nuevo, me despedí de ella y aunque no me reconoció, le pude dar un beso y pude coger sus manos. Ese gesto me acompañará hasta que la vuelva a ver. Por eso, cuando ahora veo a Maya intento ver a través de sus ojos a la abuela. Ahí está y ahí estará por siempre. ¡Felices 100 años abuelita Manuela!  

Febrero 2015

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