viernes, 18 de mayo de 2012

YA VOY OTRA VEZ MÉXICO LINDO Y QUERIDO

Pese a que estoy a punto de iniciar mis trámites para nacionalizarme mexicano, debido a lo exageradamente harto que me ha gustado el país azteca (¿o maya?) y a lo amable de su gente, pienso que existen un par de cosas que debemos aclarar mis queridos cuates y “peruanitos”. Si bien he sentido que la gente mexicana con la cual he interactuada ha sido muy amable y me he sentido muy a gusto en el país de las tortas, enchiladas, tacos y del agua de Jamaica (que no es gran cosa), presiento que me han ocultado algunas cosas y eso me ha confundido algo. Estoy convencido de que mis compatriotas, todos ellos tan nacionalistas y orgullosos animales gastronómicos, saltarán (por lo menos un par) hasta el cielo cuando sepan que pienso que los mexicanos tienen bastante por enseñarnos y que tienen muchos más avances en varios ámbitos de los cuales debemos tomar nota. No obstante, debo decir un par de cosas antes de obtener mi pasaporte mexicano e irme a vivir a tan maravilloso país (sí ya sé, ya me iré, tranquila o tranquilo, no te exaltes).

No exagero cuando digo que, pese a sus casi 30 millones de habitantes, el DF (o distrito federal) me pareció más limpio, cuidado, moderno, acogedor y hospitalario que la pálida y sucia Lima. No estoy de acuerdo cuando se dice (aunque yo lo pensaba antes de viajar) que somos la misma vaina. Es cierto, a veces dicha frase es muy cierta, pero en general pienso que cada vez somos más distintos. Y tomando como ejemplo lo que he visto en la capital mexicana (claro, en el entendido de que era turista; que no visité la periferia ni los lugares “feos”; que estuve en días festivos —semana santa— cuando no había mucha gente en el DF; que recorrí y conocí muy poco de la ciudad —en cuanto a tiempo y a espacio— y que dada mi alergia social reciente que me aleja de las masas, solo entablé el mínimo contacto con los mexicanos; no puedo, lo sé, generalizar) estoy apto para poder afirmar, con temor a un apanado, que Lima es una ciudad de mierda (ya sé que si no me gusta, pues debo irme. Pero como dice el Negro Mama: “algún día”) y creo que algunos de sus habitantes son peor.

En mi defensa debo traer a colación algunos argumentos que sustentan mi afirmación. En primer lugar, en la ciudad que me vio nacer viven demasiados energúmenos que no tienen la menor consideración por los demás. Pienso que la “Ciudad de los Reyes” alberga a una inmensa fauna de gente egoísta, desconsiderada, grosera, cochina y conchuda. Esto es razón suficiente para que esta urbe sea considerada como poco amigable. Pero claro, acá vivo, así que por ahora, poco puedo hacer por acabar con eso. ¿Cómo puede uno explicarse los diversos sucesos que vemos a diario? La brutalidad de los choferes de combi por ganar pasajeros; los taxis que se meten por doquier sin respetar nada; la gente bruta que saca la mano en cualquier lugar para parar un taxi o combi y que estos paren sin pensar en el orden ni en el caos que ocasionan; la manera como los apacibles citadinos tocan la bocina; el hecho de que se suba una persona a un medio de transporte público con sus parlantes a todo volumen, se siente a tu costado y ponga su música sin importarle que a ti no te guste sin respetar el espacio público (¿qué es esa vaina?); la movilidad escolar que pasa a las 6.06 am tocando la bocina para que bajen las criaturas sin importarle los vecinos, cuando puede bajar a tocar el timbre; que el idiota del auto moderno pase con la música a todo volumen sin ningún miramiento; que la gente tire la basura por todos lados habiendo basureros (casi siempre); que la gente hable por celular en el cine y que te calle si les exiges que dejen de hablar; que no cedan el asiento en los buses; que se quieran colar en la cola; y otras, no son razón suficiente para preocuparse por esta ciudad infestada de malos elementos.

Pero regresando a México, el DF cuenta con un servicio de transporte público muy bien estructurado que está adaptado a una ciudad enorme. Ya con eso, me parece, nos lleva décadas de ventaja. Además, la gente allá sí quiere a su ciudad (y sí la siente como suya) y la respeta cuidándola. Eso ya es razón suficiente para que nos haga pensar un poco más sobre cómo nos comportamos. A eso debo decir que Lima está ya a punto de colapsar. Ya solo el tráfico infernal es algo que puede sacar de quicio a cualquiera, pero además lo peor es que el caos vehicular es peor, debido al comportamiento de la gente. Es cierto, la ciudad no está preparada para la avalancha de energúmenos (dentro de los cuales me incluyo) y de carros que circulan a diario, pero estaría menos jodida si no fuese por la gente inconsciente que cree que la calle es su chacra. En fin, ya no ahondaré más al respecto.

Pero bueno, debo también plasmar un par de cosas más para poder quedarme tranquilo. La comida mexicana no me gustó y no me convenció del todo por lo que me siento frustrado por eso. Además, sentí una silenciosa frustración por no haber encontrado buen chocolate y buen café. Eso me tiene hasta la fecha deprimido. Pero lo que más me ha causado algo de preocupación e incluso, ya con el tiempo, algo de sarcasmo es el hecho de que varios guías me hayan dicho que los mayas conocían la rueda pero que no la usaron porque, como tenía la forma del sol, no podían colocar nada encima de ella porque era algo sagrado. No puedo creerme ese cuento por más que intento. Quiero creer que es mentira, pero varios guías y personas en la zona de Chiapas me dijeron lo mismo. Estaré atento a los que quieren aclarar ese punto y lógicamente presentar la verdad (o lo más cercano a ella).  

Tal afirmación me ha dejado preocupado. No puedo creer que eso sea cierto y seguro muchos mexicanos lo van a desmentir. Me parece lo más razonable, pero me quedó un sabor agridulce tras dicha vehemencia. Seguro que tal afirmación de índole regional no es compartida por todos los demás, pero bueno, la dejo ahí por si acaso.

Igual me quedé fascinado del país de donde era mi abuela paterna. México lindo y querido, ya regresaré a tus fabulosas tierras tal vez para quedarme escapando del infierno limeño (y peruano). Prometo saborear con más calma tu comida, tomarme más tiempo para degustar tu café, deleitarme con tu cacao, pasear más por tus entrañas, escuchar tu música dejándome llevar por tus dulces, dolorosas y a la vez alegres melodías; y bueno, tengo tantos pendientes México que debo regresar a las buenas o a las malas.   

Mayo 2012

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