martes, 9 de febrero de 2010

DAS LETZTE JEVER (LA ÚLTIMA CERVEZA)

Edilberto deambulaba camino a casa por las delgadas y variopintas calles de esa maldita ciudad, tras una lujuriosa noche de excesos. Se tambaleaba al compás de un bolero desgarrador de Daniel Santos, “El Jefe”. La alegría en la triste noche de verano se entremezclaba entre el aire seco y el destino malévolo. Su cuarto, refugio de libros y esperanzas, y silencioso testigo de jornadas de farra y desbande, lo esperaba.

La calle paralela al río, llena de bares y pubs, era el sendero perfecto al infinito. Pese a la borrachera y al estado ácido de su mente, decidió tomarse una cerveza más para cerrar la noche con broche de oro antes de sucumbir ante su corta y jodida existencia.

Entró a un bar lleno de gente ubicado en algún extremo de la calle. Una hermosa chica tras la barra le produjo un sobresalto. Pidió una cerveza de su marca preferida. Aquella fiel compañera de incontables jornadas y pérdidas de conciencia, lo esperaba helada y amarga como siempre. Lo atendieron amablemente. Su acento la delataba. No era del lugar. Edilberto le preguntó muy cortésmente de dónde era. Ella le contestó, haciendo gala de una bella y encantadora sonrisa, que era albanesa. Su pelo era largo y negro azabache entremezclado con algunas mechas rojas. Sus ojos negrísimos y su piel tierna y fresca podían enloquecer a cualquiera. Se quedó ensimismado unos minutos más observándola. Pese al humo intenso de centenares de cigarrillos, expedía un olor sumamente dulce y cautivador.

El ruido del local era nulo, comparado con el vendaval de orquesta y serenata retumbante en su cerebro endeble y aturdido. Horas antes estuvo con Astrid y Jürgen enfrascado en un viaje intergaláctico de larga duración. Se habló lo mínimo, sólo detalles logísticos del vuelo. Cada uno viajaba, contemplando quizá, como los otros dos sobrevolaban galaxias desconocidas. Ninguno se atrevía a interrumpir el vuelo del otro. Sin duda, aquello era un acto verdaderamente solidario y fraternal.

Al parecer, Astrid asimilaba todo eso como un estado de relajamiento reparador previo al sesudo estudio, pues sentía que escapaba y descansaba de todo. Jürgen buscaba siempre experiencias al límite de la aventura y de lo desconocido. Edilberto estaba sentado en medio de los dos contemplando con asombro las facetas de sus dos compañeros astronautas.

Se observaban y hablaban telepáticamente. Las incontables horas de estudio compartidas, los hacía conocerse tan bien, que no eran necesarias las explicaciones. No existía ninguna atracción entre Edilberto y Astrid, sin embargo, Edilberto sospechaba que sí existía alguna entre Astrid y Jürgen. Al parecer Jürgen quería algo con Astrid. Edilberto lo percibió tras largos minutos de observación cautelosa y disimulada. Ella al parecer también se daba cuenta (de que la observaban y de que Jürgen quería algo más).

Mientras disfrutaba de su refrescante cerveza, Edilberto seguía con singular detenimiento el accionar de esta joven dama albanesa de olor celestial. Su cuerpo era esbelto y extremadamente apetitivo. Tenía movimientos ágiles, elegantes y de mucho garbo.

Le cambió el cenicero. Su sonrisa era sublime. Edilberto se sonrojó sin razón. Pidió otra cerveza. Su mente divagaba campante e hidalga entre un amplio espectro de imágenes. Al día siguiente tenía clases a las 11.15 de la mañana, aliciente suficiente para seguir tomando la noche como debe ser, es decir, combatiéndola en un bar libando. La música se impuso en el local. La chica apagó el televisor, mostrando su silueta de gatita nocturna.

Albanesa. Hablaba muy bien alemán. Seguramente era capitalina y estudiante de Germanística. Edilberto optó por preguntarle su nombre. Se inclinó y balbuceando, se lo preguntó de la manera más cavernícola existente. Ella, un tanto asustada y repelida quizá por el tufo a alcohol o por la cara de loco (¡Dios mío que cara de loco tienes!), se alejó unos metros y le dijo muy calmada, como midiendo, qué tan borracho estaba: Dorota. Aquel era un nombre eslavo y exótico para él, sin embargo, calzaba perfectamente en ella.

Dorota estaba de lo más jovial, preocupada solo por dar abasto a esta decena de bebedores noctámbulos. Al parecer, no se fijaba mucho en Edilberto pese a los esfuerzos (cada vez más ridículos) que hacía él por llamar su atención. Él dejó por unos minutos su cerveza y se dirigió al baño. Se detuvo ante la maquina expendedora de cigarrillos y compró una cajetilla de Marlboro rojo.

Orinó pacientemente con una mano apoyado en la pared para no desvanecerse, mientras pensaba en Dorota. La micción duró mucho más de lo normal, pues se quedó apoyado varios minutos disfrutando de suculentos pensamientos. Algunos delirios de grandeza y de superioridad lo hicieron recapacitar. Se lavó las manos y se mojó la cara para despabilarse.

Un olor a juerga, mala noche y sudor brotaba de su camisa y del cuerpo maltrecho por tanto desarreglo. No obstante, Edilberto decidió lanzarse a la conquista de Dorota y esperarla hasta que concluya su turno para invitarla a tomar algo. Mientras tanto, debía retornar a su puesto de caza. En la barra lo esperaba su solitaria botella verde de la amarga Jever. Al parecer, Dorota sí respondía vagamente a sus reclamos, pues le regaló una sonrisa de bienvenida muy tierna, la cual encendió sus más libidinosos pensamientos. Torpemente se agarró suavemente los testículos, haciendo evidente una vez más la falta de tacto y tino.

Sacó un cigarro y pidió fuego pese a que tenía un encendedor. Dorota lo atendió mostrándose muy complaciente. Ante la pregunta sobre su carrera, ella contestó fugazmente que estudiaba Germanística. Edilberto no se asombró. Ya sabía la respuesta. Reclamada por algún otro energúmeno, Dorota se alejó. De pronto se sentó a su lado una belleza también de por ahí. Una chica de lindura inexplicable que no era producto de las cervezas, era real. Esta jovencita, extremadamente bella, parecía agredirlo con su gracia y finos rasgos.

Conocía a Dorota, pues la saludó como si se hubieran dejado de ver hace pocas horas. Se dieron dos besos, uno en cada mejilla. Dorota le acercó un jugo de naranja, sin haberle preguntado si realmente lo deseaba. Edilberto perdió el habla por unos instantes y se limitó torpemente a observar como esas dos linduras, totalmente despreocupadas del ambiente de bacanal, murmuraban sonrientes, indescifrables vocablos. Su conversación fue breve. Dorota debía volver al trabajo y no quería evidenciar alguna visita en su centro de labores. La chica nueva volteo a observar a Edilberto y le dirigió una dulce sonrisa. Se sonrojó por enésima vez y no le quedó más que prender otro cigarro tambaleándose torpemente y buscando algo sólido en que apoyarse.

Se quedó pasmado ante tanta hermosura y por tanto derroche de luminiscencia y de olores angelicales. Dorota pasó al frente suyo y le dijo, casi como mortificada, te presento a Anastasia, una amiga de la universidad. Tras el acto formal de presentarlos, desapareció.

- Hola, soy Anastasia.
- Hola, soy Edilberto. Es un gusto conocerte.
- Igualmente.
- ¿De dónde eres?
- Yo soy de Moldavia.
- Qué interesante. ¿Y qué estudias?
- Romanística y francés.
- Sabes algo de español seguro, es muy parecido al francés.

Ella respondió en un español dulce y con un acento increíblemente seductor:

- Sí, hablo un poquito y estoy aprendiendo.
- Qué bien, entonces hablaré despacio.
- No creo que podamos conversar sobre español, pues no es tan bien el mío.

Los dos continuaron la conversación en alemán. Mientras ella se quitaba la chaqueta, Edilberto acercó solapadamente, como todo un caballero, su asiento lo más posible al de Anastasia. Se hallaba en un dilema jodido. Anastasia hizo olvidar a Dorota y a sus afincadas caderas. Al parecer, Anastasia no poseía tan escultural silueta, sin embargo, su rostro era aún más fino. Sus ojos eran verde turquesa y hechizaban a quienes osaban adentrarse en esa mirada de manantial. Su sonrisa era como una sinfonía de escalas atormentadoras, de esas que te persiguen toda la vida. A Edilberto se le fue toda la borrachera y su cerebro bajó campante a la tierra, pues se dio cuenta que acá estaba la batalla a librar con la búsqueda de lo supremo y ya no, en el espacio negro y lejano.

-¿Te gusta la salsa?
- Claro es mi música preferida, tengo varios discos en mi casa. ¿A ti te gusta?
- Sí, mucho. Vengo de una fiesta de salsa que hubo en la ciudad. No sé bailar muy bien pero me parece tan bonito y divertido.
- Es difícil, pero se aprende. ¿Quieres escuchar algunos discos en mi cuarto?
- ¿Por qué no? No sé si Dorota también quiera, le preguntaré.

Edilberto pensó repetidas veces en agradecer al Señor por este favor divino, o por este par de favores divinos bajados del cielo en forma de angelicales esculturas. No tuvo otro remedio que pasar a un whisky. Dorota se acercaba coquetamente cantando al compás de la música. Edilberto pidió un whisky y le guiño el ojo. Dorota hizo caso omiso de dicha galantería y sirvió el whisky con una pequeña yapa, ante el pedido insistente del afortunado parroquiano. Mientras saboreaba su trago, vio como Dorota se acercó a Anastasia, que bebía despreocupada su jugo de naranja, para planear seguramente cómo es que se entregarían a ese espécimen tan caballero y varonil. Incluso. Edilberto estaba seguro haber escuchado que entre las dos se lo disputaban. Él no es fácil así que les costará.

La medianoche se acercaba imparable como siempre. Edilberto maquinaba la estrategia perfecta para poder engullir a las dos europeas, que, según él, estaban en bandeja y serviditas por la divina providencia. Los antiguos dioses eslavos le habían mandado tremendo regalo en agradecimiento a su magnifica conducta. Pensaba en los bacanales de los dioses eslavos, chinos, fenicios, incaicos y de donde coño sean. El whisky inundó su garganta brindándole una magnifica ola de animo y calor.

Todo empezó a volverse más acogedor mientras conversaba con Anastasia como si se conocieran hace mucho. Edilberto la hacía reír. Cada sonrisa suya era como un resplandor violento y cargado de fósforo metálico ajeno a la irreparable y corta noche de verano. Los fantasmas boreales ya no circulaban y dejaban espacio para poder vislumbrar a las musas malditas de la inspiración. Anastasia clavó la mirada en los ojos desorbitados de Edilberto. Distintas líneas en el espectrómetro de su cerebro reconocieron colores de algunos señores alcalinos. Sus ojos verdes amatista lo encubrían volviéndolo indefenso. Ella tomó las riendas de la conversación. Él quedó hipnotizado y magnético, atento a sus reflejos cuánticos. El vaso de whisky se agotaba. La garganta se le secaba aceleradamente. Gotas de sudor surcaban su frente como alacranes amenazadores. La música desapareció. Su sonrisa ya no era dulce. Dorota pasó como un ión dejando un tufillo agrio e irreverente. Le invadió un ligero pánico. No podía desviar la mirada inquisidora de Anastasia, quien reía de manera desproporcionada a su lindura. Sus pelos se soltaban y sus facciones empezaban a tomar colores del espectro del bario. Edilberto se puso nervioso. Tenia que pararse e irse al baño, sin embargo, se sentía atornillado a la silla. Anastasia lo agarró de la mano y lo acercó hacía su aurora. Edilberto pensaba estar en algún orbital lleno de luces. Anastasia le susurró algo al oído. Sintió un calorcito embriagador. Sus labios secos se inundaron de néctar. Torrentes de sensaciones lo apuñalaban. Su cerebro se redujo a una cantidad catalizadora. Al día siguiente se despertó lúcido. Un dulce olor lo rondaba. No se bañó y se fue a clases. Eran las 11.15 a.m.

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