lunes, 17 de agosto de 2015

ENTRE LA COLECCIÓN Y LA CONSERVACIÓN DE ESPECIES BIOLÓGICAS

He participado en varias discusiones sobre un tema que siempre levanta pólvora: la colecta de especies (sobre todo de animales) para realizar inventarios biológicos, describir nuevas especies (o subespecies) y para trabajos de investigación en universidades, museos u organizaciones especializadas. Tenemos a los que están a favor y ven como necesaria dicha actividad y tenemos a los que están en contra porque ven innecesario extraer especímenes vivos de la naturaleza para que vayan a parar a una colección científica. Por otro lado, algunos investigadores exigen que para documentar a especies raras o nuevas para la ciencia se debe utilizar otros métodos, mientras que los que están a favor justifican su utilización, dado que la colecta es la base del conocimiento biológico. ¿Qué opinan ustedes?

 ¿Qué tan cierta (o falsa) es la siguiente afirmación?: mediante la colecta de especies biológicas desconocidas para la ciencia destinadas a colecciones zoológicas o botánicas se arriesga la supervivencia de —justamente— las especies colectadas. Como fuese, diversos investigadores de Estados Unidos y del Reino Unido están promoviendo que para documentar hoy en día la existencia de nuevas y desconocidas especies para la ciencia se debe utilizar fotos, grabaciones de registros vocales y/o pruebas de ADN en base a partes (plumas, pelos, etc.). Y es que la colecta de especímenes aumentaría el riesgo de extinción de las poblaciones de especies de distribución muy restringida y de muy rara presencia, las cuales justamente son las especies nuevas para la ciencia, pues si recién han sido o son descubiertas es porque han estado aisladas, tienen poblaciones muy poco densas y sobreviven en espacios bastante pequeños.

En su opinión, no es necesario arriesgarse para demostrar su existencia, sobre todo, dadas las amenazas actuales que debe enfrentar la diversidad biológica en el planeta. Suena bonito, pero esta posición tiene sus detractores, pues gran parte de la comunidad científica no ve con buenos ojos que no se colecte un espécimen de una nueva especie biológica, pues siempre es necesario contar con mínimo uno de estos para los trabajos de identificación, investigación y para tener certeza de qué especie o subespecie tenemos al frente.       

En ese sentido, tomando como referencia lo que plantea el abogado ambiental mexicano Rolando Cañas Moreno[1] y sus colegas, “la base del conocimiento biológico son las muestras físicas, llamadas especímenes, que permiten tomar medidas morfológicas, extraer moléculas y en general proveer la base material para la construcción del edificio taxonómico que da sentido al conocimiento biológico mundial”. Es decir, con el propósito de obtener información sobre los componentes de la diversidad biológica, se debe colectar algunos ejemplares de las diversas especies que la conforman. Está claro.  

Adicionalmente, en su artículo, Cañas sostiene que en la Ley General de Vida Silvestre de México (del 2006) se señala que “las autorizaciones de recolecta con fines científicos o de enseñanza serán otorgadas sólo cuando no se afecte con ella la viabilidad de las poblaciones, especies, hábitats y ecosistemas y, no obstante que ni en esta ley ni en su re­glamento se pide a los interesados estudios de poblacio­nes para autorizarla, esta disposición sería fundamento de una negativa en este sentido en caso de contar con información que lo sustentara”. Con ello, se determina que esta actividad de recolección debe ser hecha cuando no se afecte la integridad de las especies, pero ¿cómo comprobar o asegurar que esto no va a suceder?, en el caso de las poblaciones de nuevas especies, ¿quién debe hacer el estudio de estas nuevas poblaciones?

Así también, en la mencionada ley mexicana se estipula que “(…) la recolecta con fines de investigación, en áreas que sean el hábitat de especies de flora o fauna silvestres endémicas, amenazadas o en peligro de extinción, debe­rá hacerse de manera que no se alteren las condiciones necesarias para su subsistencia, desarrollo y evolución”. Para ello, es necesario determinar cómo se debe hacer para no alterar tales condiciones. Habrá que preguntarle a los especialistas. El hecho es que la colecta de especímenes, según este ejemplo mexicano, está regulada, con lo cual se entiende que no está prohibida, ni es penada si es que se hace seriamente.

En nuestra Ley Forestal y de Fauna Silvestre (Ley Nº 29763 de julio de 2011 que estará vigente cuando se apruebe su reglamento) se menciona, en el Artículo 140 (Extracción y exportación para investigación científica o propósito cultural), que el recientemente creado Servicio Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) otorga la respectiva autorización cuando se trata de: i) especies categorizadas como amenazadas, ii) especies consideradas en los Apéndices de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), iii) cuando la investigación científica involucre el acceso a recursos genéticos y iv) para propósitos culturales. Asimismo, la ley señala que “la colecta o extracción de recursos forestales y de fauna silvestre con fines de investigación orientada a determinación de genotipo, filogenia, sistemática y biogeografía es autorizada siguiendo procedimientos simplificados establecidos por el Serfor”.

Por lo tanto, en el Perú también se puede colectar especímenes, pero se específica para qué casos se requiere permiso, por ende, ¿se podría pensar que las especies que no están incluidas en esos cuatro casos —como podría ser el caso de las nuevas especies, a las cuales nadie ha “clasificado”—, pueden ser colectadas sin permiso? No lo sé. Además, la ley agrega que “los requisitos y procedimientos para la colecta o extracción y la exportación de especímenes de flora y fauna silvestre con fines de investigación o propósito cultural lo establece el reglamento de la presente Ley teniendo en cuenta las normas específicas relacionadas”. ¿Y el reglamento? Y mientras tanto, ¿qué sucede?

Dado lo anterior, como se sabe, aún rige la Ley Forestal y de Fauna Silvestre, Ley Nº 27308 del año 2000. Así, en el Artículo 34 (Extracción para investigación o propósito cultural), se estipula lo siguiente: “La autoridad competente otorga autorizaciones para extracción de recursos forestales y de fauna silvestre con fines de investigación científica o cultural, en las condiciones que establece la legislación sobre la materia y el reglamento”. O sea, no hay mucho que interpretar, ¿o sí? Hay que leer el reglamento.  
 
En el reglamento de la Ley Nº 27308 —aprobado el año 2001 mediante el Decreto Supremo Nº 014-2001-AG—, específicamente en los artículos 326, 327, 328 y 329 se incluye lo referente a las colectas científicas. Para ello, se requiere los permisos y las autorizaciones respectivas, es decir, estas están permitidas y encuentran justificación para su ejecución.

Es decir, un espécimen colectado debe ofrecer información taxonómica y datos genéticos para determinar qué especie (o subespecie) es, con el fin de que pueda ser clasificado correctamente. Y a propósito, ¿cuántos especímenes de una especie o subespecie determinada se necesita para los trabajos de investigación científica?, ¿dónde deben estar depositados estos especímenes colectados?, ¿se necesita tener uno(s) en el país (o países) de origen y otro(s) en los países donde la especie es estudiada? o ¿solo deben estar en los museos que pueden financiar la tenencia y permanencia de las colecciones científicas? En resumen, ¿cuántos especímenes de una especie se debe tener colectados y dónde deben estar?, ¿el acceso a ellos es libre, regulado o restringido?  

Pero al margen de la discusión legal o biológica de la pertinencia de extraer especímenes silvestres de especies biológicas, existe también una discusión “moral” al respecto. En un bando están los que justifican plenamente esta actividad, en especial, en un país como el Perú que conoce tan poco su diversidad biológica y que está retrasado en lo referido a la investigación científica. En el otro bando están los “ecologistas”, “puristas”, “animalistas” o los más sensibles que sostienen que no es necesario colectar especímenes para estudiarlos. Para estos últimos, basta verlos en la naturaleza y trabajar con lo que ya se tiene.

Casos emblemáticos

Un ejemplo que nos puede dar algunas luces al respecto es lo que sucedió con el Alca Gigante (Pinguinus impennis). Cuando las poblaciones de esta ave empezaron a reducirse dramáticamente, diversos museos de varios países mandaron nutridas expediciones para obtener ejemplares y huevos de esta especie de pingüino que era muy abundante a lo largo de las costas del Océano Atlántico, desde Florida a Groenlandia, incluyendo Islandia, Escandinavia, las Islas Británicas, Europa Occidental y Marruecos. También estaba presente en el Mar Báltico y al oeste del Mar Mediterráneo.

De esta manera, con el afán de tenerla en sus colecciones, la última pareja reproductiva del Alca Gigante fue cazada en 1844 en Islandia y sus restos descansan en el Museo Zoológico de Copenhague. Otro caso interesante y más reciente es el del Búho Enano Mexicano (Micrathene whitneyi socorroensis), cuya extinción habría sido causada por científicos.

Como se mencionó, para las poblaciones muy pequeñas y aisladas de especies nuevas, algunos científicos proponen utilizar cámaras fotográficas e incluso “smartphones”, ya que estos últimos están dotados de buenas cámaras para documentar los registros. Así por ejemplo, en el 2006, el biólogo indio Ramana Atheya dio a conocer a la ciencia la existencia de una nueva especie de ave en la India a la que nombró Charlatán Bugun (Bugun liocichla) en homenaje a la tribu Bugun, oriunda de la zona. Atheya divisó por primera vez algunos especímenes de esta rara ave en el año 1995.

Consciente del problema en discusión, Athreya decidió no recolectar ningún espécimen de esta nueve especie. Por lo tanto, solo fotografió a esta ave, la capturó y le tomó todas las medidas necesarias y luego la liberó. Adicionalmente, grabó su canto y guardó algunas plumas. Con ello, dichas muestras han servido para identificar a la especie, pese a la renuencia de la comunidad científica. Atheya sostiene que con su accionar pudo salvar de la extinción a esta nueva especie para la ciencia.

Pero hay un problema. En la taxonomía, el exclusivo registro fotográfico no goza de muchos adeptos y no es tomado en cuenta por los expertos. Así, existen algunos ejemplos de especies biológicas que fueron descritas a través de plumas y fotos, pero sobre la cuales luego se llegó a determinar —mediante la colecta científica— que no eran especies nuevas, sino subespecies de una especie ya existente o variaciones de una especie. Un ejemplo de ello es lo que sucedió con la especie Laniarus liberatus. Esta ave de la selva africana fue considerada como nueva para la ciencia en los años noventa y fue descrita a través de fotografías y plumas. En el 2014, el ecologista estadounidense Andrew Towsend Peterson la describió en base a un espécimen colectado y determinó que dicha especie es en realidad una variedad de color de la familia ornitológica Malaconotidae,por lo tanto, no ha sido reconocida como nueva especie[2]. Por ende, la colecta científica es un método efectivo e infalible.

¿Qué sucede por ejemplo si se debe examinar una parte de la especie que no fue fotografiada o si no se tiene buenas fotografías? Además, no todos los animales pueden ser fotografiados, por lo que es imprescindible contar con por lo menos un espécimen tipo que ofrezca toda la información necesaria para describir a la especie. Así también, los especímenes recolectados ofrecen valiosa información sobre las posibles modificaciones que haya podido sufrir la especie debido al cambio climático o a algún otro factor.

¿Qué opinan ustedes?
  

Agosto 2015

Artículo aparecido originalmente en la versión online de la Revista Rumbos: 


[1] Cañas, R., R. Ahuatzi, M. España y J. Soberón. 2008. Situación legal de la recolecta científica, en Capital natural de México, vol. I: Conocimiento actual de la biodiversidad. Conabio, México, pp. 215-225. En: http://www.biodiversidad.gob.mx/pais/pdf/CapNatMex/Vol%20I/I08_Situacionlegal.pdf
[2] http://www.birdlife.org/datazone/speciesfactsheet.php?id=6169

viernes, 7 de agosto de 2015

¡ALELUYA! ¡LA SEXTA EXTINCIÓN MASIVA DE ESPECIES DE FLORA Y FAUNA HA EMPEZADO!

Quiero dedicar este artículo a mi gran amigo Rolf Petermman Meyer-Miethke (25 – 07 -1964 / 01 - 08 - 2015). Va para ti gringo, donde estés. ¡Te voy a extrañar harto chamo!


No debería sorprendernos que en el planeta se siga descubriendo nuevas especies para la ciencia, tal como acaba de suceder, por ejemplo, en el Perú. En estos lares han sido reportadas una nueva especie de orquídea y una nueva especie de mono amazónico endémico del Perú, específicamente del valle del Urubamba en Cuzco. Sin embargo, por otro lado, tampoco debería sorprendernos que cada día que pasa la flora y la fauna mundial deben resistir los embistes de la raza humana. Para muchos científicos, ya estamos viviendo lo que sería la sexta extinción masiva de especies del planeta. ¡Bienvenidos al apocalipsis!  

Permanentemente escuchamos que existen cientos de especies de flora y fauna que están amenazadas y que están en peligro de extinción. Esto ya casi no es noticia, pues a nadie le afectaría (salvo a unos cuantos) que el Mono Rojiblanco que vive en un hábitat restringido del bosque tropical amazónico peruano se extinga. Si ni siquiera lo conocemos, de qué nos debemos lamentar. Y además, si se extingue un tipo de mono, cuál es el problema, ya habrán otros monos que tomen su espacio; y además, ¿cuál es el rol del mono en la naturaleza? y ¿cómo se ha extinguido si la selva amazónica es tan grande? Qué respondan los que deben responder. Sigamos.

Los bosques tropicales del planeta deben retroceder indefensos ante el avance de la agricultura y la ganadería extensivas y se ven mermados por la ilegal tala selectiva de especies maderables comerciales. Los ecosistemas deben soportar y pelear en desventaja contra las especies invasoras que causan un daño terrible a sus habitantes originales. El clima cambiante, producto del innegable calentamiento global del planeta, está poniendo en jaque a muchas especies que no están preparadas para hacerle frente a este problema (pero hay algunas que sí sacan ventaja de esto). Además, la contaminación ambiental —en todas sus variantes— está haciendo estragos en la flora y fauna mundial. Y ya ni qué decir de la pesca masiva (y abusiva) de especies hidrobiológicas en el mar y en todos los cuerpos de agua continentales, así como de actividades no permitidas como la caza de fauna y la extracción de algunas variedades de plantas (como las orquídeas) para el tráfico ilegal de especies.

Esta “pequeña” lista de amenazas nos da una idea de lo que se cierne sobre nuestra flora y fauna local y planetaria. Sin embargo, necesitamos cifras para entender mejor el problema. No obstante, los números son difíciles de obtener en este caso, pues existe mucha polémica al respecto y los métodos para obtenerlos varían mucho en cada país. Asimismo, los parámetros de comparación crean permanentes discusiones entre los científicos. Sin embargo, para Gerardo Ceballos y sus colegas de la Universidad de México, la sexta extinción masiva de especies ya está en marcha. Los investigadores publicaron un artículo en la revista “Science Advances”[1], en el cual además advierten que la disminución de especies biológicas es perjudicial para el que la produce, es decir, para el ser humano.

Para llegar a tal conclusión, Ceballos y Co., compararon las cifras de extinción de los mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces desde el año 1500 a la fecha con el número de especies, cuya desaparición se daría sin la influencia del ser humano. Para ello, es necesario saber que es normal que algunas especies se extingan. Pero, cuando hablamos de extinciones masivas, nos referimos a la desaparición de una gran parte de los seres vivos en un periodo de tiempo bastante corto. Algo similar ocurre con el actual cambio climático que estamos viviendo como producto del calentamiento global. Los cambios climáticos en el planeta siempre se han dado de manera natural y en periodos de tiempo bastante extensos, pero el actual se está dando en un periodo de tiempo bastante corto y por causas antrópicas. En este escenario, para que la Tierra se recupere de ambos procesos se va a necesitar miles de años.

Las cinco primeras

Como recordar es volver a vivir[2], recordemos brevemente cómo es que se dieron las cinco primeras extinciones masivas de especies en el planeta. La primera de ellas se dio en la transición del periodo Cámbrico al periodo Ordovícico (aproximadamente, hace 439 millones de años) en la era Paleozoica. En ese entonces, la vida existía principalmente en el mar y debido a que los niveles de este descendieron enormemente para formar grandes glaciares y que luego el nivel del mar volvió a subir por el derretimiento de los glaciares, desaparecieron cerca del 25% de las familias (de especies) y el 60% de las especies marinas.

La segunda se dio en el periodo (tardío) Devónico (aproximadamente hace 364 millones de años) por una causa aún desconocida. Sin embargo, se estima que se extinguieron 22% de las familias y el 57% de las especies marinas. Sobre las especies terrestres no se tiene mucha información. En el caso de la tercera, la causa es un tema álgido de discusión entre los científicos. En lo que sí se está de acuerdo es que fue la que ocasionó el mayor número de especies extintas: 95% de todas las especies de la Tierra, 53 % de las familias marinas, 84% de las especies marinas y el 70% de las especies (animales, plantas, insectos) que habitaban el planeta. Esta se dio al final del periodo Pérmico en la era Paleozoica hace cerca de 251 millones de años.

La cuarta se dio a finales del periodo Triásico de la era Mesozoica, hace aproximadamente entre 200 y 214 millones de años. La causa parece haber sido la enorme cantidad de erupciones volcánicas en el planeta, la cual originó un calentamiento global de grandes proporciones. Se extinguieron 22% de las familias y el 52% de las especies marinas. El número de especies terrestres extinguidas es desconocido. La quinta extinción masiva se produjo posiblemente como consecuencia de la colisión de un meteorito con el planeta en la península de Yucatán en México hace 65 millones de años. Este fenómeno ocasionó la desaparición del 16% de las familias y el 47% de las especies marinas, además del exterminio del 18% de las especies terrestres incluyendo a los dinosaurios.

Vamos bien

Según se sabe, la cuota de extinción es de 0,1 a 1 especie por cada 10 000 tipos de estas en un periodo de 100 años. Así, Ceballos y su equipo hicieron sus cálculos en base a 2 especies extintas por cada 10 000 en el mismo periodo de tiempo, para así evitar anticipadamente críticas en torno a que la cuota utilizada sería muy baja. Los resultados obtenidos fueron comparados con la información de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), con restos fósiles y con una extensa revisión bibliográfica. Uno de los resultados es que la gran mayoría de especies animales se extinguieron en los últimos 114 años, es decir, desde que empezó la Revolución Industrial, allá por el año 1900.

Asimismo, con el fin de comparar algunas cifras, los investigadores incluyeron en sus cálculos las especies clasificadas como extintas, extintas en la naturaleza o como probablemente extintas. Con ello, se llegó a la conclusión de que el promedio del número de especies en extinción en el último siglo es entre 10 y 100 veces mayor al promedio del número de especies que se habría extinguido de manera natural en 100 años. Es decir, bajo condiciones normales, tendrían que haber pasado entre 800 y 10 000 años para que desapareciera el mismo número de especies que ya ha desparecido en el planeta en los últimos 100 años.

¿Y cómo nos afecta todo esto? Pues resulta que dependemos de otros organismos de la naturaleza para obtener nuestros alimentos y nutrientes. Ejemplos de ello tenemos varios. Un caso preocupante es el de las abejas que si bien no están amenazadas de extinción, sus poblaciones vienen decayendo de manera alarmante. Sin abejas, la polinización natural disminuye con la consecuente disminución de la floración y por ende, de la producción de frutos. Por lo tanto, la producción alimentaria podría verse afectada. Así también, con la pesca indiscriminada, cada día que pasa, los mares están más vacíos y obtener peces y frutos del mar se vuelve más complicado.

Por eso, si no nos ponemos las pilas y frenamos las causas que aceleran la extinción masiva de especies, podríamos estar cavando nuestra propia tumba. Proteger nuestra flora y fauna a nivel interplanetario es una de las principales preocupaciones del mundo científico, pero al parecer no es la de todas y todos los terrícolas. Ya es hora de cambiar eso. Espero que cuando las siguientes generaciones estén ya instalados en un nuevo planeta recuerden esta extinción como la última y que no estén ad portas de la séptima.

Monos y orquídeas

Como ya se mencionó, recientemente han sido descubiertas en el Perú dos nuevas especies para la ciencia: una orquídea y un mono. En el caso de la orquídea[3], esta nueva especie fue descubierta como resultado de un estudio desarrollado el año 2014 en el departamento de Junín por el Ministerio del Ambiente (MINAM), a través de la Dirección General de Diversidad Biológica (DGDB), con el decidido apoyo del Programa de Asistencia Técnica (PAT) USAID/MINAM. La nueva orquídea fue encontrada a 3200 metros de altitud en una zona de bosques montanos y ostenta el nombre científico Epidendrum jose-alvarezii, como reconocimiento al actual Director General de la DGDB del MINAM, José (Pepe) Álvarez Alonso.

Adicionalmente y hace poco también, el Proyecto Mono Tocón reportó que había sido descrita una nueva especie de primate para el Perú[4]. Se trata del Callicebus urubambensis, especie encontrada en una expedición organizada por el mencionado proyecto, con el fin de aportar nuevos datos en la distribución y taxonomía de las especies de monos tocones del centro y sur del Perú. Ambas son sin duda muy buenas noticias para el mundo científico y para todas las y los peruanos. No obstante, también recae en nuestras manos lograr que podamos seguir ostentando su presencia en los siguientes años.

Por eso, es importante saber qué tenemos, dónde está, cuál es su estado de conservación, cuáles son las amenazas que se ciernen sobre nuestro patrimonio biológico y sobre todo, es primordial hacer algo al respecto. El Mono Rojiblanco, su parentela, sus vecinos y toda la flora y fauna del planeta nos lo agradecerán.


PD. Quiero expresar mi reconocimiento y felicitaciones a Harol Gutiérrez Peralta, botánico de la DGDB del MINAM, quien fue uno de los descubridores de la nueva orquídea y con quien he trabajado unos meses; y a Julio C. Tello Alvarado del Proyecto Mono Tocón, a quien también conozco y es uno de los que reportó la nueva especie de mono para el Perú.


Agosto 2015

Artículo publicado originalmente en la versión online de la Revista Rumbos: 



[1] http://advances.sciencemag.org/content/1/5/e1400253
[3] http://www.minam.gob.pe/notas-de-prensa/autoridad-cientifica-cites-peru-identifica-una-nueva-especie-de-orquidea/
[4]  http://static1.1.sqspcdn.com/static/f/1200343/26367059/1436028902233/PC29_Vermeer__Tello_Peruvian_Callicebus.pdf?token=LyXfxhix1unWIJm4%2FiT0MdtnTkA%3D

martes, 28 de julio de 2015

EUGENIO

Salí de esta embarazosa situación hace poco más de cuarenta años. Deambulé por unas calles llenas de escombros. Luego fui a un supermercado a comprar un turrón duro que casi logró fracturar mi débil dentadura. Jugaba en un ovalo y contemplaba con parsimoniosa admiración el árbol que crecía sin chistar. Soy Eugenio. Crecí. Sí, eso creo pues, pese a ser enano, sé que no soy aquel que salió a ver el mundo con este único ojo. Retomé mi adicción a la morfina innecesariamente y muchas veces, pues nunca sentí nada de dolor. Nunca he sentido dolor alguno por lo que me han hecho o por lo que he hecho. Solo sé que por donde he estado he sembrado el odio y el amor en cantidades iguales. No hay de qué quejarse. Cuando estuve en el bosque que me deparó numerosos amaneceres de color púrpura, vi como de ahí salió aquel obsequio que me acompaña hasta hoy. Me levanté iracundo y desesperado por mi dosis habitual.

Caminé hacia el arroyo a beber agua. Limpié mi cabeza de la escarcha matutina. Me enfundé el sable con el que destruía la tiniebla y luego salí a seguir caminando entre innumerables senderos inundados de hojarasca y de alimañas ensordecedoras para seguir en la búsqueda del elixir que tanto anhelaba. Recorría el pasillo ida y vuelta sin saber cuándo me iba a detener. Sentí que estaba por irme de este maldito planeta. Pero ya luego se me pasó las ganas de envenenarme con tu sonrisa de cianuro. Mientras tanto, me senté en esa silla amarilla para ver el horizonte plasmado del olor inconfundible del Rosmarin y del Basilikum. Sigo postrado. No puedo levantarme. Escucho mi nombre por doquier. ¡Eugenio, hijo de la chingada! ¿Qué haces? No debo contestar. Mi voz de murciélago rojo de la fruta me delatará. Debo seguir en silencio mientras me retuerzo por el dolor de no tenerte a mi lado.

Salgo a navegar por el gran río dorado. Llegué antes que todos. Me siento a esperar. Aparecen mis primeras víctimas. No sufrirán. Las atravesaré con lanzas que no verán venir. Sacudo la cabeza para limpiarme la sangre en el hocico. Ya tengo suficiente. Salgo caminando dejando un hilo rojo en la nieve casi morada que entumece mis pies. Camino zigzagueante por la avenida. Debo regresar a mi madriguera. Mañana se desencadena la tormenta que he mandado elaborar para tu partida. Oigo mi nombre en el intercomunicador de la calle. No me queda más remedio que dispararle a esa caja boba que no me sirve para nada. Espero tu llegada constrictora. Pretendes seguramente hacerme sufrir un par de días o meses más. Como dice la canción: …i am hungry again, i am drunk again… pero no solo eso, porque …if you walk out the door, will i see you again?...

Me despierto agitado y con la boca seca. Necesito agua bajada de la colina. La guerra nos agarró en plena discusión. No todo está perdido. ¡Eugenio eres un pobre diablo! Lo sé, pero por qué me lo dices ahora y no me lo mencionaste mientras cocinaba el pez que acabó de extraer del lago azul de la isla en el fin del mundo donde pernoctamos. Dime solamente que tienes lo que deseo. El resto vendrá solo. No es la primera vez que debo esperar que las gotas se sequen. Mientras tanto, cierra la puerta. Seguiré encerrado en este lugar lleno de sombras.  Avísame por favor cuando yo ya no esté. No digas nada más. No me daré cuenta, no sentiré nada. Ya todo lo dejé en desorden. Bitte, lass mich ruhig heimgehen.   

Agosto 2013

lunes, 27 de julio de 2015

¡ESCRIBIR O MORIR EN EL INTENTO! (III)


Para cerrar este tema de una buena vez, voy poniendo punto final a estos escritos con la consabida anotación que queda bastante por hacer al respecto y que ha quedado tinta en el tintero. Y ante la tan conocida cantaleta de que el Perú es uno de los países más megadiversos del planeta, es necesario saber que esta trajinada verdad va de la mano con otra no tan “bonita” afirmación: el país tiene una cuota bastante alta en lo que se refiere a la pérdida de su diversidad biológica. Por eso, debemos ponernos a trabajar en producir información científica y velar para que esta sirva de sostén a las políticas que rigen nuestro condenado destino. Para ello, debemos comunicarnos más y mejor.
 
Es hora de pasar a la acción. Por ende, partiendo del hecho de que los medios de comunicación —como sabemos, aunque nos mortifique— moldean, deforman, dirigen y condicionan la opinión pública y que de paso, influyen en la formulación y ejecución de políticas públicas, sugiero detenernos en este hecho. Por eso, es urgente que desde el mundo científico y académico se invierta tiempo y esfuerzos para asegurar que este arrogante y peligroso rol de las comunicaciones no se nos escape de las manos. Va a ser difícil velar para que no se filtren intereses económicos y políticos que condicionen y apoyen medidas irresponsables hacia el medio ambiente. No obstante, no todo está perdido.

En toda esta perorata estoy centrando las ideas en el rol de los medios de comunicación en relación al medio ambiente, dado que sería muy ambicioso e inútil intentar tocar la realidad en otros campos como la educación, salud, economía y otros temas que de ellos se desprenden. Ahora, si bien siempre se repite también la cantaleta de que las comunicaciones son (o deberían ser) un tema transversal a la gestión de los proyectos de conservación y desarrollo; y que deberían ser incluidas desde el principio de toda iniciativa de conservación, queda pendiente evidenciarlo y demostrarlo.

Así por ejemplo, ¿cómo se puede o debe hacer para insertar la “noticia ambiental” en la opinión pública, con el propósito de que pueda competir con la noticia cotidiana en cuanto a la atención del público? Pues al parecer, en esta batalla perdida, existirían algunas maneras de intentar desviar los reflectores hacia los temas ambientales. Necesitamos producir información y “procesarla” (sin perder la rigurosidad científica) para que sea atractiva para los medios de comunicación masiva. De esta manera, estaríamos asegurando que la información publicada llegue al ciudadano promedio. Además, debemos capacitar a especialistas o técnicos que reúnan ciertas características en temas comunicacionales para enfrentar y “gustar” a los medios de comunicación, con el propósito de que salgan a difundir la “palabra de la ciencia” y lo que su respectiva organización, ministerio (o personalmente) está haciendo y para qué.

En caso de que lo anterior nos falle, debemos identificar a los que no son especialistas o expertos, pero tienen “pasta” para salir a la prensa. Se les debe capacitar en temas científicos, con el fin de que, bien asesorados y poniendo de su parte, sirven de interlocutores con los medios de comunicación y encanten a “las masas” para llamar la atención con temas científicos y ambientales. En ambos casos, es necesario evitar los “figuretismos” y es evidente que se debe hacer “lobby” con los medios de comunicación. No todo lobby es malo. Es cierto que esta palabrita parece ser sinónimo de corrupción y de intereses ocultos, pero para este caso, el lobby es necesario.

Los medios de comunicación no siempre van hacia los científicos, las ONG, los ministerios, las universidades o a donde se produce y gestiona el conocimiento, a menos que se les ofrezca un buen “coffee break” y se atienda sus “demandas”. Por lo tanto, para ser más efectivos e intentar obtener mejores resultados, hay que buscarlos, ir donde ellos, enamorarlos, darle la información ya preparada (con fotos y material audiovisual de ser posible) y “venderles” buenos y novedosos temas.

Digerir para informar

Dirigiéndome a los científicos y académicos y actuando como “mediador” entre ellos y la prensa, sugiero que siempre que se quiera ofrecerle información a los medios de comunicación, se intente incluir —en la medida de lo posible— el factor humano, es decir, analizar cómo influye, condiciona, beneficia o perjudica a la gente lo que se va a presentar. Si vamos a hablar, por ejemplo, sobre el Pavipollo de Pico Verde que ha sido descubierto en la remota localidad de Las Lomas, veamos la manera de enlazar tal hecho a lo que podría significar para la población local, para el país y por qué no para la humanidad. Evitemos circunscribirnos solo a la descripción biológica o morfológica de la especie o al resultado del análisis del ADN mitocondrial de los especímenes colectados.

Así por ejemplo, se puede mencionar las posibilidades que existirían para el ecoturismo, la investigación científica o para la educación ambiental; o se puede alertar sobre el estado de conservación del lugar y el papel biológico de la especie; y finalmente hacer un llamado para la protección del sitio, con el fin de no perder a esa especie y a su entorno. Se debe intentar también buscar la “fibra sensible” de la gente y atacar el lado sentimental, así nos cueste hacerlo. De esta manera, podemos llamar la atención de las y los ciudadanos para que no perciban el hecho como algo aislado y ajeno a su realidad; y de paso, les estaríamos poniendo un señuelo a los políticos, tomadores de decisión y a otros de esa calaña para ver si se interesan por el tema.   

Para complementar lo abordado, agregaré un par de ideas extraídas del texto de Sergio Escobar-Lasso de la Fundación RANA (Restauración de Ambientes Neotropicales Alterados) de Colombia, titulado: “Los biólogos de la conservación en Latinoamérica: el papel del biólogo anfibio en el divorcio entre ciencia y sociedad” y aparecido en la Revista Latinoamericana de Conservación, volumen 4, número 1 en el 2014 (págs. 52-55). En dicho escrito, el autor menciona que “es muy poco probable que los actores que participan en la toma de decisiones ambientales en Latinoamérica, lean y estén al tanto de los últimos manuscritos y avances científicos, que en su mayoría están publicados en inglés, y por lo tanto actúen y tomen sus decisiones basadas en dicho conocimiento (…)”.

En esa dirección, el autor plantea como indispensable contar con “interlocutores científicos (…) que permitan que el conocimiento fluya a través de los diferentes actores que componen las sociedades latinoamericanas”. Por lo tanto, pienso también que se debe incluir un enfoque multidisciplinario en la transmisión de conocimientos, lo cual implica que además de analizar, explicar, describir y predecir hechos con sustento científico, es necesario involucrarse en la toma de decisiones y pasar a la acción.

En otras palabras, como dice Escobar-Lasso, “la labor de investigación (…) no debería concluir con la publicación del manuscrito científico, sino que debe concluir cuando se exponga sus resultados tanto a la comunicad científica como a la no científica, de esta manera se garantiza un aprovechamiento social del conocimiento biológico (…)”.

Así por ejemplo, cuando leo algunos artículos aparecidos en el Vol. 22, Núm. 1 (2015) de la Revista Peruana de Biología, me quedo un poco en el aire. Claro, yo no tendría por qué entender lo que en ellos se incluye. Empero, con el perdón o alegría de los autores, los invito a leer los siguientes documentos: “Primer registro de Lophodinium polylophum (Daday) Lemmermann 1910 (Dinophyceae: Lophodiniaceae) en el Perú”; o “Primer reporte del dinoflagelado potencialmente tóxico Alexandrium minutum Halim 1960 en el litoral peruano”; o por qué no, “Crecimiento por ramificación basal en dos especies de palmeras huicungo, Astrocaryum carnosum y A. huicungo”.

No dudo de que publicar estos artículos implica un proceso arduo y complejo y que es todo un mérito hacerlo; y felicito por ello a los autores. Además, al momento de redactar estos textos, los autores no piensan en el público de a pie, en los políticos o en los medios de comunicación, pues su intención es divulgar lo investigado en el mundo científico. No obstante, el mundo sería de repente algo mejor si nos enterásemos qué se podría y debería hacer con lo expuesto. Pese a todo, ¡qué sigan escribiendo!

¡Escribir más!

Y para amenizar el tema, sugiero revisar el documento de trabajo: ¿Quién escribe más y sobre qué? Cambios recientes en la geopolítica de la producción científica en América Latina y el Caribe de Raúl Hernández Asensio, publicado en el 2014 por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP). En el documento se consigna información interesante que vale la pena revisar. Así por ejemplo, el autor indica que “los datos consignados en los capítulos anteriores muestran que Perú es uno de los países de la región con mayor incremento de la producción científica en el periodo considerado (1996  2012). Nuestro país pasa de producir 164 documentos indexados en 1996 a más de 1200 en 2012. Esto significa un incremento de 7,3 veces la producción original, el tercer más alto de la región, tras Colombia y Haití”.

¿Haití? Sí, yo también me quedé sorprendido. El país centroamericano está incluido en los países que se sitúan “(…) claramente por encima del promedio regional de crecimiento (4,7 veces la producción de 1996). Este grupo incluye a Colombia, el país que más crece de la región, que multiplica su producción por 10, Haití (9,5), Perú (7,3) y Brasil (6,5). El caso de Haití es poco significativo, por tratarse de una producción ínfima en número total de documentos científicos”. ¡Ah ya! Ese dato no me lo esperaba y es que en dichas cifras y en tales enunciados no se menciona el número de publicaciones producidas por país. No obstante, el autor menciona que “(…) el auge de los otros tres países (Colombia, Perú y Brasil) tiene importantes consecuencias en la economía política de la producción científica latinoamericana”.   

Se menciona además que “(…) el elemento más destacado es el creciente peso de Brasil, que se convierte en el país hegemónico en el campo científico regional, al menos cuantitativamente. La producción brasileña pasa de 8532 documentos científicos en 1996 a más de 50 000. Relativamente, esto supone un crecimiento del 37% al 52% del total de la producción científica regional. Esto significa que en la actualidad más de la mitad de la producción científica indexada procedente de América Latina y el Caribe proviene de Brasil”. Por lo tanto, no nos debe sorprender que nuestros vecinos estén invirtiendo bastante en ciencia, con el claro objetivo de llegar a ser una potencia mundial.

Por eso, tampoco debe extrañarnos que los cariocas nos hayan hecho descender del segundo al tercer lugar mundial[1] en cuanto al número de aves, para enquistarse —Dios sabe hasta cuándo— en el segundo lugar tras Colombia. Otro dato interesante es que, según el autor, “en el conglomerado subregional que comprende los países andinos (…) encontramos un auténtico vuelco, determinado por el hundimiento relativo de la producción científica venezolana y el extraordinario auge de Colombia, y en menor medida, Perú”. Lo de Venezuela tendría una explicación política y lo de Colombia parece ser ya costumbre. Lo del Perú es un buen síntoma.

Finalmente, se debe tomar en cuenta que, como ya lo he mencionado, estamos en pañales en lo que se refiere a la producción y publicación de investigaciones científicas, no obstante, felizmente, estamos mejorando. En ese escenario, Hernández Asensio menciona, en cuanto a la producción peruana, que “(…) pese al notable incremento experimentado en el número de documentos indexados, la participación porcentual a nivel internacional sigue siendo muy limitada”. Adicionalmente, el autor anota que en relación a Latinoamérica, que “(…) nuestro país no supera en ninguna área de conocimiento el 3% de la producción. El caso más destacado es inmunología, donde los documentos indexados procedentes del Perú, suponen apenas el 2,3% del total de la región”. ¿Y las ciencias biológicas? 

En resumen, hay bastante por hacer. Y para los que estamos en el diminuto mundo de la conservación o de la “protección de la ecología” en el Perú, solo me queda decir: sigamos para adelante como el cangrejo.

Julio 2015

Artículo publicado originalmente en la versión online de la Revista Rumbos:


[1] ¡Ya no somos el segundo país en el mundo con el mayor número de aves! Artículo publicado en la Revista Rumbos: http://www.rumbosdelperu.com/-ya-no-somos-el-segundo-pais-en-el-mundo-con-el-mayor-numero-de-aves--V1810.html


jueves, 23 de julio de 2015

¡ESCRIBIR O MORIR EN EL INTENTO! (II)


Continuando con la entrega anterior, en la cual se habló sobre la necesidad imperiosa que existe de buscar que la información científica trascienda más allá de descansar en revistas especializadas, va lo siguiente. El fin de todo esto es buscar que los resultados de las investigaciones puedan ser incorporados de manera más activa en la construcción de políticas públicas y en la toma de decisiones. Además, necesitamos lograr que la información generada tenga impactos perceptibles que permitan asegurar un desarrollo sostenible y un bienestar que vaya de la mano de acciones basadas en conocimientos adquiridos por el hombre para el hombre. Suena fácil, pero no lo es. Vayamos al grano. No tenemos mucho tiempo para estar perdiendo el tiempo en discusiones como esta.  

Este tema podría enfrascarnos en una discusión casi interminable y además tiene varias aristas, pero por ahora solo apunto a buscar puntos de apoyo para tres aspectos. El primero de ellos, se basa en la necesidad de recalcarle a los científicos e investigadores que debería haber un mayor esfuerzo para lograr que la información que producen llegue a más personas. Urge que se comparta información científica procesada para motivar y explicarle a los de a pie por qué debemos actuar y esforzarnos para generar cambios en el planeta en aras de anhelar un mejor futuro. Los resultados y conocimientos de los especialistas deben tocar más tiempo el piso de lo cotidiano y ser la génesis para apoyar la elaboración de políticas públicas y la puesta en marcha de acciones concretas a favor del entorno.

El segundo aspecto intenta justificar la necesidad imperante de que las comunicaciones y el periodismo se despercudan de su accionar tan condicionado a acumular y a encantar lectores, oyentes y espectadores, así como a actuar según lo que dictan los intereses económicos y políticos. Es necesario que se fajen más en la construcción de nuestro destino. No se les puede exigir que publiquen todo lo que la ciencia produce o sobre lo que alerta, propone y sugiere hacer, pero sí es necesario darle más espacio y buscar acercarse más a ella. Urge también capacitarse para no “patinar” en el intento y para poder entender medianamente la información especializada.

El tercer aspecto recae en los tomadores de decisión y en los encargados de elaborar y poner en marcha las políticas públicas y privadas que dirigen parcialmente nuestro destino y que generan repercusiones en la sociedad con los consecuentes impactos en el medio ambiente. Debería ser evidente que para tomar acertadas decisiones, se debe contar con información técnica que sea veraz, actual y que provenga de especialistas, pero no lo es. Esta información debería traducirse, total o medianamente, en políticas que sean favorables y necesarias para el desarrollo humano en armonía con el medio que lo rodea.

En resumen, no se debe actuar de manera egoísta y altanera, así como aislados de la realidad; ni tampoco de manera facilista, interesada y sin valores éticos, prescindiendo de realizar verdaderos esfuerzos para construir una mejor sociedad; ni tampoco cumpliendo funciones sin conocimiento de causa, apelando irresponsablemente a la improvisación y al beneficio propio. Esto vale para los científicos, comunicadores y políticos respectivamente, para todos igual o en el orden que quieran darle. Todos debemos “mojarnos”.

Ciencia, comunicación y política

Escarbando entre mis papeles, me topé con un par de artículos que nos pueden ayudar en este entripado. El primero es de Peter Weingart[1] y se titula: “Comunicación científica en los medios de las sociedades democráticas”. En él, el autor afirma que “(…) Existe una brecha entre el grupo directamente involucrado con la ciencia y el dedicado a la investigación de la comunicación científica. En el primer grupo estarían incluidos los investigadores, editores de revistas científicas y periodistas especializados en temas científicos; mientras que el segundo grupo estaría formado por los “especialistas” que estudian las ciencias y los medios de comunicación. Si bien esta clasificación puede sonar algo extraña para nuestra realidad, veamos que estaría alejando a estos dos grupos, en base a tres suposiciones.

La primera indica, según Weingart, que el público tiene una escasa comprensión de las ciencias, y ello explica su resistencia a nuevos conocimientos (…). En cambio, si el público contara con más información, estaría más predispuesto a aceptar el progreso científico y sus productos. La segunda indica que el conocimiento científico debe ‘mediatizarse’ ya que es demasiado complicado para que el ciudadano promedio lo entienda. Esta mediatización debe cumplir ciertas condiciones: captar el interés del público (…) y la transmisión veraz de la información difundida por los científicos. Las múltiples formas de mediatización (…) involucran a periodistas científicos (…) y otros, que pueden llamarse sumatoriamente ‘los medios’.

En el tercer supuesto, Weingart anota que existe una clara distinción entre ciencia (…) y los medios (…). La ciencia (…) produce conocimientos nuevos y autorizados y está separada de la política. Difunde su conocimiento sin más interés que decir la verdad. Los medios, por otra parte, transmiten este conocimiento al público de un modo comprensible, pero carecen de profundidad (…). Tienden a aplicar ciertos criterios de selección y representación inadecuados, concentrándose en lo sensacional, en lo emocional, lo irracional, y así sucesivamente. En base a todo lo anterior, ¿Qué es lo que tenemos? Tenemos un modelo comunicacional unidireccional y lineal que va desde el emisor (la comunidad científica) hacia un receptor pasivo (el público), donde los medios hacen la transferencia y son responsables de las “distorsiones”, omisiones y tratamiento poco serio que pudiesen darse en el camino. 

Dicho lo anterior, lo ideal sería contar con una estrecha relación entre la ciencia, los medios de comunicación y la clase política, en la cual, los riesgos particulares se vean aminorados y se empuje el coche hacia una misma dirección. Así, dado que cada uno de estos tres “actores” actúa según sus propios criterios de pertinencia, conveniencia, percepción y según la billetera, encontrar puntos de congruencia es algo complicado. Y es que la información que ofrecen los científicos puede ser interpretada erróneamente o ampliada y sobrevalorada llegando a la deformación de la misma; o puede ser tan mal tratada (por los medios de comunicación) que pasa totalmente desapercibida, creando frustración en ambos lados, porque puede ser incluso ignorada por el público. 

Así también, las motivaciones económicas harán que los medios de comunicación utilicen la información científica (y en general, toda a la que tengan acceso) según su conveniencia, lo cual podría ser bueno, pero a su vez, podría ser peligroso. Finalmente, los políticos y los tomadores de decisión pueden procesar la información de manera distinta y errónea en contextos y formas que podrían diferir de los mensajes y de los fines originales. Por ello, es probable que los responsables de las políticas, intenten controlar a su antojo y conveniencia la manera de presentar la información para que no afecte su credibilidad (o desnude su ignorancia), lo que podría dar pie a posibles tergiversaciones y usos incorrectos.

Por último, los científicos podrían comprometerse y desviar su atención hacia temas alarmistas, a temas que respondan a intereses económicos o a otros que estén mal planteados y que sean repetitivos, con el objetivo de intentar mantenerse vigentes y no perder credibilidad (y tal vez dinero). Esto, tarde o temprano, podría mellar su compromiso con la ciencia y hacer tambalear sus capacidades, lo que finalmente se convierte en un “harakiri”. En el caso de los medios de comunicación, estos son más resistentes a los embistes del dinero, pero son más porosos y permeables, por lo que, si no se ejerce un control constante y se vela por los contenidos (sin exagerar), pueden convertirse en los medios perfectos para ejercer una influencia no deseada (o todo lo contrario) y vender “sebo de culebra”. Además, los periodistas son flojos y no les gusta leer mucho y tener que “empaparse” con temas complicados y poco “atractivos”.

Y bueno, hablar de la clase política, sobre todo de la peruana, nos demandaría mucho esfuerzo; y además no sabríamos por dónde empezar ni por dónde acabar. Lo único que, momentáneamente, debemos anotar al respecto es que nuestros muy venido a menos políticos deben recibir información científica y especializada (procesada, claro está) para poder tomar mejores decisiones. Debemos asegurar que la reciban y —sobre todo— que la entiendan. Por eso, así como diversas religiones tocan tu puerta a llevarte la palabra del “Señor” y la de sus similares, debemos (y me incluyo) convertirnos en una religión y empezar a evangelizar con la palabra de la ciencia. No se me ocurre otra opción por ahora.

¿Divorcio entre ciencia y sociedad?

El segundo artículo al que hice referencia líneas arriba es de Sergio Escobar-Lasso de la Fundación RANA (Restauración de Ambientes Neotropicales Alterados) de Colombia, titulado: “Los biólogos de la conservación en Latinoamérica: el papel del biólogo anfibio en el divorcio entre ciencia y sociedad”, aparecido en la Revista Latinoamericana de Conservación, volumen 4, número 1 en el 2014 (págs. 52-55). Escobar-Lasso utiliza una clasificación para ilustrar los tipos de biólogos que, en su opinión, existen: a) el biólogo dinosaurio y b) el biólogo anfibio. Extrapolando a los biólogos, podríamos referirnos a los científicos en general. Y vale la pena aclarar que el uso del término anfibio utilizado por el autor, se basa en las raíces de la palabra Amphibia que viene del griego amphi (ambos) y bio (vida) que significa “ambas vidas”. Es decir, este tipo de biólogo puede (o debe) moverse en dos ambientes distintos, el científico y el no científico.

Para Escobar-Lasso, el biólogo dinosaurio se caracteriza por generar importantes avances en el conocimiento y entendimiento de la biota latinoamericana, plasmándolos en numerosos libros y artículos científicos, generando y transmitiendo conocimientos en una sola dirección, enriqueciendo únicamente el mundo al que se adaptó: ‘el científico’. Mientras que el biólogo anfibio “(…) al igual que el dinosaurio, genera importantes avances en el conocimiento de la biota latinoamericana, plasmándolos en numerosos libros y artículos científicos; pero se diferencia de él, ya que sabe adaptarse a los códigos culturales correspondientes a diversos medios y a diversas tradiciones, puede tomar fragmentos de un ambiente (científico) e introducirlos en otro (político) después de haberlos transformado. Por lo tanto (…) es un interlocutor reciproco del conocimiento generado por la comunidad científica y la no científica”.

Claro, yo podría decir que para los “biólogos anfibios”, asumiendo que son en su mayoría los más jóvenes, es más fácil hoy en día transmitir y recibir información con la ayuda de la tecnología y de las redes sociales. Pero, el tema es que, en primer lugar hay que querer y convencerse de la necesidad que existe de transmitir información. Seguidamente, se debe estar en la capacidad de transformar esa información a un lenguaje más simple y amigable (y entretenido si es posible) para, por último, saber cómo difundirlo y tener claro a qué público se apunta. Y en todo esto, lo más complicado es velar para que esa información pueda ser usada e incluida en actividades y acciones concretas a favor del entorno (para ya no decir que sea exclusivamente para el bien de los animalitos y de los arbolitos).

Para Escobar-Lasso, los biólogos anfibios deben ser “(…) buenos interlocutores y recontextualizadores del saber biológico” y estar capacitados para “actuar en el marco de la diversidad cultural propia de América Latina”. Asimismo, en su concepción, el autor menciona que “el biólogo anfibio, debido a que puede desenvolverse bien en diferentes ambientes tanto científicos como políticos y sociales (…) toma el saber científico y lo transforma de manera tal que pueda ser utilizado por comunidades no científicas”.

Esta clasificación de los biólogos latinoamericanos en dos modelos claramente establecidos es ampliamente discutible, pues no todo es blanco o negro. Sin embargo, estos anfibios y dinosaurios nos ofrecen una plataforma para el debate y para ir tocando puntos interesantes que refuercen la necesidad de reflexionar sobre el hecho de que la información científica por sí sola no genera acciones de conservación. 

 Julio 2015

Artículo aparecido en la versión online de la Revista Rumbos:

 
 

[1] Scientific Committee on Problems of the Enviroment (SCOPE). 2007. Communication global change science to society: an asseessment and case study studies. Edited by Holm Tiessen et al.

BIENVENIDOS AL NUEVO MORDOR: ¡EL PERÚ! (XXVII)

  Hace unos meses, tras un golpe de lucidez y un destello de valor, decidí abrir dos redes sociales para lanzar mensajes sobre diversos tema...