sábado, 26 de diciembre de 2009

GERALDINE

El viaje dura dos horas y media. Llegué minutos antes de que el bus de dos pisos saliera. Cuando subí, ya todos lo pasajeros estaban sentados. El único asiento libre era el mío. La vi a unos metros de la parte posterior. Nada en ella me llamó la atención. Me senté torpemente y me acomodé lo mejor que pude. Aún era de día y el sol, aunque un tanto apagado, todavía nos alumbraba. Tras unos segundos, no pude evitar ver a mi vecina de asiento.

No me atrevía a mirarle el rostro. Solo miraba todo lo demás. Intenté en vano leer el diario. Inhalaba fuertemente ─como ahogándome─ intentando captar alguna fragancia despedida por la fémina sentada a mi lado. Su edad debía estar entre los 30 y 40 años. Su contextura, un tanto fornida, contrastaba con su delicado rostro y fino perfil. Su tez blanca la hacía ver mayor.

La rozaba con el brazo mientras intenta adivinar su nombre. El sol le caía en el rostro. A mí me ignoraba (y ella también). Después de varios intentos identifiqué un olor producto de una posible mezcla de tabaco y vainilla. Me quedé pensando en el aroma, intentando descifrarlo con todas las células que dispongo para tal fin. En vano. Mientras tanto, el sol amenazaba con esconderse. Yo volteaba descaradamente a verla. Sin ninguna vergüenza y avalentonado, intentaba captar su mirada, sin embargo ella actuaba como si estuviese sola. Aceptando mi derrota opté por desentenderme de la situación.

Así, cuando ya había logrado concentrarme en la lectura, un olor a acetona bloqueó la fragancia anterior. Me sentí golpeado. Mi acompañante se retocaba las uñas. Luego, extendió ambas manos y las mantuvo en el aire para que se sequen. Al poco tiempo se echó otros líquidos en la mano. El olor a sala de manicure lo cubría todo. No me quedaba más que echar otros vistazos al compás del movimiento bamboleante del bus.

Luego de la sesión de manos, continúe con mis miradas furtivas, hasta que por un momento me quedé dormido. Al despertar, aún brillaba tenuemente el sol. Ella estaba mirándose las uñas cuando se inclinó y recogió un maletín, del cual sacó un monedero grande de donde extrajo un reloj con correa púrpura. Se lo puso en vez de aquel de metal que llevaba puesto. Hacía juego con su camiseta.

A los pocos minutos, sacó unos aparatos para delinearse los ojos. Cumplió dicha tarea con una destreza única a pesar del movimiento incesante del bus y a la poca luz solar que quedaba. Noté también que sus pestañas eran grandes y que estaban rizadas. Se pintó afanosa y provocadoramente los labios. Lo hizo dos veces. Además, se miraba incesantemente en el espejo. Yo aprovechaba en mirar al espejo para observarla desde otro ángulo.

Ya había casi oscurecido cuando inició la ceremonia del peinado. Me quedé observándola con desfachatez aprovechando la luz tenue y que ella estaba concentrada en aquel ritual. Lo hacía de manera tan natural y con tanta agilidad que me causaba admiración su destreza. Además, me hacía sentir más torpe de lo que soy. En un momento parecía que había dos personas peinándola.

Es ahí cuando debí ofrecerle mi ayuda para peinarla, aunque tal vez no la hubiese aceptado. Me arrepiento. Una vez concluido el peinado, buscó entre sus cosas un collar. Se lo puso delicadamente. Otra vez no pude vencer mi timidez. No obstante, fui recompensando ya que mientras se miraba al espejo con la poca luz que provenía de la garita de control donde nos hallábamos detenidos (parecía que había calculado todo al milímetro), pude observarla mejor.

Tuve que desviar la mirada para no tirarme encima de ella (eso lo digo ahora cobardemente). Acto seguido, el bus continuó su marcha y todo se oscureció. Así, pude apaciguarme un tanto. Ya mi cerebro maquinaba qué decirle o qué preguntarle para entablar una conversa. Es ahí cuando me percaté que pronto estaríamos por llegar a nuestro destino.

No pude articular ni una frase. Las luces lejanas de la ciudad a la que íbamos empezaban a aparecer en el horizonte. Estaba desesperado y abatido. Ella se preparaba para descender. Se dio los últimos toques, revisó sus manos, se acomodó en el asiento para disfrutar los últimos minutos del viaje, mientras yo seguía congelado pensando qué decir o hacer.

Cuando llegamos al destino final, sentí envidia de aquel que estaría las siguientes horas con ella. En eso, prendieron las luces del bus y fue en ese instante que cruzamos la única mirada. Su nariz me apuntaba ferozmente. Me hizo un gesto de saludo y de despedida a la vez. Yo me quedé petrificado hasta que me atreví a preguntarle cómo debía llegar al aeropuerto. Me contestó animosamente, pero no le presté atención. Solo la contemplaba. Terminó de hablar y continuó con lo suyo. Yo no supe qué más preguntarle.

Antes de descender del bus quería verla de cuerpo entero, pero yo debía salir antes que ella pues estaba sentado en el pasillo. La dejé pasar y me quedé observándola. Pensé en todo lo que le debí haber dicho. Descendió del bus y desapareció. No la vi más pese a que, tras despertar de mi obnubilación, la busqué en el paradero final. En vano. La perdí de vista. En esos momentos ya debía estar en compañía de su enamorado pues, recién lo confieso, ella ya lo había llamado por teléfono anunciándole su llegada.

No le pude preguntar su nombre. No me atreví. Le puse Geraldine. Toda ella tenía ese nombre. ¿Qué nombre me habrá puesto?, ¿Gerald?, ¿Wilbur?, ¿Lo habrá hecho? Si no lo ha hecho, no me importa, lo que sí me interesa es que me recuerde. Por lo menos intenté captar su atención vagamente, pero como siempre, lo hice muy tarde. Ella no debe haber gastado ni un nanosegundo en acordarse de ese viaje y menos debe haber pensado en mí. Soy un cobarde. Le mandaré estas líneas. Tú dime a dónde Geraldine. ¡Al menos le hubiese pedido su correo electrónico!
Abril 2008

2 comentarios:

  1. Hola Enrique
    Esta es una de las tantas historias que vivimos los viajeros. Al leerla le hallo mucho parecido a un sinnúmero de experiencias similares. Tantas Geraldines o violentas que las encontramos y ellas no saben que las observamos. Sólo nos queda el recuerdo de haberlas visto.
    Saludos
    Guido Sánchez

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  2. Es verdad Guido. Solo quedan esos recuerdos que aparecen una y otra vez.

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