martes, 29 de septiembre de 2009

CAMALEÓN

Ella entró al departamento meneándose suavemente sorteando la humedad limeña con sus hábiles y gatunas caderas. Él entró después. Ella se apoyó en la escalera, se sacó los zapatos y corrió hacía la cocina. Qué raro, pensó él. ¡No te duermas mi amor, siéntate un rato! Bueno, me tiré al sofá torpemente como siempre. Desde la cocina no llegaba sonido alguno, salvo, tras unos inútiles minutos, el relinche lejano y naciente del hervidor de agua acercándose a todo galope. Contemplando el techo la pensaba desnuda. Alguien me hablaba. Un sonido metálico distorsionaba mi nombre. Regresé a la sala. No gracias, no quiero. No me gusta el té. Lo sabes y me sigues preguntando, ay hija.

Buscaba desaparecer completamente como el señor de los perfumes Jean-Baptiste. Me sentía feliz de estar ahí simplemente sentado e inmóvil. La noche fue aniquilada con unos buenos tragos. Ella estaba un poco ebria. Yo no, ¡qué extraño! Lo que vendrá no es mi culpa, es culpa del universo maldito y de su arrogancia a ser inalcanzable e infinito.

Frente a mí, el teléfono en la mesita. Los últimos momentos de la noche antes de dormir con ella destellaban imágenes bizarras. El sabor final era amargo. La incertidumbre regresaba a pinceladas. El mar aparecía naranja. Bajo el agua era más silencioso que de costumbre. Se sentó a mi costado con su taza amarilla de M&M.

Si lees esto seguro reclamas. Tus pelos cubrían serenamente tu rostro bello e imbatible. Tus llamadas son cada vez más lejanas. ¿Podré acostumbrarme? Temo que cada día que pase, vilmente te olvide. Sus manos rodeaban la taza caliente de té. Sus pies tocaban ligeramente el piso. Su mirada estaba dirigida a la ventana de la terraza al lado izquierdo de nosotros. No dije nada. Ella se levantó y desapareció hasta el balcón. Su figura arremetía entre las sombras. El delirio de la noche reflejaba en el vidrio las últimas esperanzas de quedarme contigo.

Me quedé mirándola concentrado en otra cosa. Ya no puedo seguir esperando. Su figura esculpía la noche haciéndola más perfecta e insensible. Una noche más de pesadumbre.

Sentado en el jardín de la casa de playa, discutía con Madame Cassis sobre una fobia suya. No se inmutaba. Yo la atravesaba con mi mirada hambrienta. Su verbo florido y jovial me embriagaba de sapiencia.

- Así no puedo ir a Europa.
- Sí puedes. No puedes ir a Louvre, ni a Roma, pero si a Heidelberg, nunca vi una por ahí.
- Uno de esos tipos a caballo puede bajarse.
- ¿Para qué? ¿A llamar por teléfono?
- A atacarme.
- Pesan mucho, no son ágiles.

Madame tomaba muy animada un aperitivo de menta con hielo. Lucía fresca como la brisa del océano y dulce como la compota de guanábana. Su mirada lejana y triste denotaba melancolía. Yo me había quedado después de tanta hierba en Europa, exactamente en un mercado de Palermo, donde la gente gritaba despreocupada del Euro y del Tratado de Niza. Peces colorados y exóticas frutas se asomaban entre tanto griterío. Ella me apuntó con el dedo y me dijo sutilmente:

- Hay una especie de esponja marina gigante que habita en el mar polar y que, al parecer, es el más longevo de todos los organismos sobre la Tierra.
- Hija mía, despreocúpate de ellas, no hacen nada.
- No hay que subestimar lo inmóvil y lo antiguo.
- Sí pues. Este mar esta jodido como caca de murciélago.

Madame tomó un trago y despotricó contra el calor y las moscas. Yo estaba sumergido en el mar buscando esponjas y jabones. Todo era naranja, como yodo. No había ruido, solo alaridos de niños bañándose y meándose en el mar. Madame se paró y se sirvió otro trago. Sus caderas son voluptuosas, sus ojos verdes son salvajes, sus labios carnosos son como grapefruit.

- Tú estas en otro planeta.
- No, estoy en este pero en el mar buscando esponjas de mar.
- Relájate hijo mío. Por acá no hay.
- Tiene que haber alguna.
- Me encanta ver como copulan los animales.
- ......
- Debe ser bonito. Los animales no se inhiben.

Madame tarareaba una canción conocida, muy de moda. Lanzó una carcajada y me sirvió más Vodka. Su figura me tapaba el sol denotando esa simetría casi perfecta y felina de las mujeres, capaz de someter hasta al más desconfiado.

- ¿Nos metemos al mar?
- No, mejor no, estoy con los reflejos aturdidos, me ahogaría
- Vamos, veamos si es tan bueno como parece. Me dan ganas de meterme calata.
- ¿Estás loca? Hay muchos sapos y renacuajos como en los baños termales.

Estaba tomando café en Grecia (nunca fui, pero estaba ahí) o en Chivay. No recuerdo. Observaba, serenamente anonadado, a la preciosa mujer que nos atendía. Las horas no circulaban. Se detenían a mirarme, mientras conversaba plácidamente en la terraza con mesitas de mantel rojo. El nombre del local era rarísimo, en quechua o en griego. Su fachada amarilla, con dos ventanas simples pero exóticas, le daba un aspecto terrícola envidiable. La puerta estaba bajo una enredadera fantástica que brindaba la calma perfecta. Entre las dos ventanas colgaban una lámpara y un termómetro. No se escuchaba nada más que los ruidos de la cocina y algunos pajaritos.

Departía armoniosamente con Christine sobre Oskar Matzerath, el niño del tambor y sobre Canetti y los adorados puños de Benedikt Pfaff. Cuando me pasen la cuenta me daré cuenta de dónde estoy. Soles o euros, ya veremos. Christine pide un postre de nombre irrepetible, casi insultante, agresivo, pero de su boca sólo puede emanar dulzura, quizá era un trago o pidió la cuenta, ¿cómo será?

- ¿Cuánto tiempo tiene el tiempo encadenado a lo infinito?
- Supongo que todo depende desde donde lo mires o quizá, de donde estés.
- Para Oskar el tiempo es lo de menos.
- ¿Tú crees?
- ¿Acaso tuvo apuro en crecer? No. Él representa a Alemania, al estancarse en su crecimiento y después crecer.

La noche es el refugio de mi desesperación y de mi osadía. Ella fumaba en el balcón, tranquila como después de una gran tormenta. Me saqué los zapatos y sentí un miedo sin fundamento. Una cierta desdicha, aparecida de la nada, rondaba en el ambiente y se metía, sigilosa pero holgadamente, por la cocina. No importa ya ni la hora ni el día. Tu risa me atormenta y me nubla la mente de carabelas portuguesas. El único antídoto es tu boca o tu desaparición.

Madame miraba el mar cantando y tomando sorbos suculentos de su brebaje. Volteó a saber si todavía me hallaba ahí desbaratado como muy-muy en tierra. Su sonrisa me terminaba de embriagar y de anonadar. Siempre pensé en besarla. Ahora me arrepiento de no haberlo hecho. Madame bailaba lentamente con la sombra esculpida de su cuerpo. Parecía que se elevaba y que alzaba vuelo dejándome encandilado y absorto en un estuario de tulipanes naranjas y rodeado de alegóricos delfines rosados.

- Siéntate por favor que me pones nervioso.
- Vamos a ver MTV.
- Estoy viendo delfines, hipocampos y galeones.
- Ya no fumes.
- ¿Dónde empieza el mar Madame?
- Donde acaba la tierra y otro se pregunta lo mismo.
- No, yo creo que justo ahí, donde uno lo ve por primera vez. Luego no hay final.

Sentado en el café, desconocía de manera preocupante el trágico sentido de muchas cosas simples y de otras complicadas. Christine sonreía de la manera más perfecta. Su sonrisa era digna de ser clonada. Mi mirada la atravesaba, pero no se daba cuenta. Cómo puedo plantear una solución sin antes saber el problema. Antes que venga el final ya tengo la solución. Tú me entiendes. Me viste corriendo en el hielo. El café amargaba mi fe y encandilaba mi espíritu. Christine dejó entrever su aristocrática manera de cruzar las piernas y permitió que ejecute una libidinosa observación, casi descarada, de sus bellas y hermosas ancas.

- Me imagino los puños perfectamente romos, rosados y bellos de Benedikt.
- Ese individuo es un enfermo mental.
- Es bello y despreciable. Su mujer y su hija lo crearon. Le gusta la vida familiar. Es un buen tipo.
- Es un demente realmente atípico.
- Hay muchos como él. Debería estar orgulloso.

Sentado y con la mente feliz, distinguía una lucidez mental poco común. Los días son cada vez más cortos. Todo es más sublime y fácil. La abracé fuertemente con entusiasmo y dedicación. Tu risa me aplana. Mi desengaño se alarga. Mientras conversábamos, acariciaba tus manos como lo hice el primer día. En ese día cósmico, caminábamos de la mano en el frío desconocido y gélido de un paisaje azul. Nos detuvimos a contemplar un árbol que se perdía en la niebla del frío ascendente. Bajo el árbol te hice percibir el sonido de una lechuza pendiente de nosotros. No la veíamos pues se ocultaba como el hechizo reinante de tu hermosa presencia. La noche era silenciosa y serena. Jugueteábamos como dos niños dando vueltas sobre nuestro eje, contemplando el mundo pasar y llegar. Mi mente se retraía ante tu halo de luz como un dedo ante el fuego. Mi boca rozaba las paredes inimaginables de tu fortaleza, santo refugio de mi locura y pasión. Tu boca no sólo hablaba, también expedía una fragancia que empalada y vuelve mis deseos en rocío de madrugada primaveral.

Seguía insistiéndole a Madame que estábamos viviendo algo meramente intrascendente desde el punto de vista emocional. Ella no me prestaba atención o si lo hacía, lo ocultaba muy bien. Mi mirada ya no abarcaba un solo sentimiento, comprendía solo su rostro y su sonrisa de niña traviesa. Sus manos me conducen por un pasaje de rosas, lúcumas, chirimoyas y mariposas gigantes. No siento mis pies. Tu corazón late más rápido que el mío. No conozco situaciones más efímeras y apasionantes. Sientes mi corazón y yo no lo siento, dime que no es verdad Madame.

Pedí otro café, pues me hallaba ilusoriamente inspirado. Pudiera haber pedido un té, pero no me gusta, ¿ya lo sabes no? El miedo al pasar por el mismo sitio después de haberlo hecho una infinidad de veces te parece injustificado y en cierto modo lo es, pero no existe otra opción. La manera de gesticular de Christine se asemeja a la de una dama victoriana de ensueño. Su taza se confundía entre sus manos eternamente aterciopeladas. Sus labios no se cerraban del todo y dejaban sobresalir el boleto a la perdición.

Mientras permanecíamos en silencio, escuchábamos como se apagaba la noche, con sus repentinos ruidos cada vez más lejanos. No hablábamos, sin embargo, nos entendíamos telepáticamente. El silencio era en mi mente un ruido ensordecedor, ya que mi corazón latía intempestivamente. Me aferré tiernamente y con miedo a la única mujer que me rodea y tengo. Se me escarapeló el cuerpo. Ella se dirigió otra vez a la cocina, galopando entre nubes moradas. Yo decidí irme a dormir, no sin antes seguir pensando en lo que vendrá. Solamente quedaba la alegría inmediata, la que vendrá mañana sin previo aviso.

El atardecer se aproximaba y Madame seguía bailando y parloteando con mucha ecuanimidad. Mi cerebro descansaba parsimonioso dentro de un vivero gigante del Pleistoceno. Madame dio un sorbo violento a su bebida y me apuró con la mía. Yo atinaba sólo a reflejos aislados y lentos, distantes unos de otros en periodos cada vez más prolongados. Madame se abalanzó sobre mí, cayendo los dos sobre el césped húmedo. Su aliento dulce y con sabor a menta, me cegó. Sus piernas duras y firmes me presionaban. Su respiración candente me quemaba el cuello mientras contemplaba el cielo con los ojos desorbitados.

- Ahora o nunca querido.
- .....
- Te lo advertí.
- ¿Cuándo?
- No jodas, no preguntes estupideces.

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