domingo, 13 de marzo de 2011

LOS ASHÁNINKA (II)

Según sus propios testimonios, los Asháninka mantienen la visión que les fue transmitida por sus ancestros. Conocen a los dioses del mundo que tienen fuerza divina y que los vigilan permanentemente. Además, según sus creencias, solo los tabaqueros pueden conversar con ellos. Los antepasados fumaban tabaco para poder ver a los espíritus y tal vez conversar con ellos. En el mundo terrenal existen también fuerzas invisibles más fuertes que el hombre que pueden hacerlos perder la vida.

En cuanto a la concepción del mundo, el Dios Sol vivo siempre estuvo arriba. Como parte de su poder, desprendió parte de él y ese pedazo se asentó en las densas tinieblas y de manera gradual permitió que se fuese formando el mundo actual. Luego crecieron las plantas y todo lo que se ve en el monte. Posteriormente salieron los Asháninka que son hijos del padre Sol vivo.

Para los Asháninka, el agua es el aliento del Sol vivo. Este aliento rodea todo su territorio para que vivieran todas las aves, animales y toda la gente. El espíritu del agua es el aire por lo que el aire vuelve a ser agua. Para que el agua pueda regar la tierra, el Sol influye en esto y hace que el agua se introduzca entre dos rocas o cerros que se llaman Intanoni y Antamaraka. Una vez que el agua pasa por encima de la tierra, su aliento entra por otro extremo, entre dos rocas llamadas Omoro y Otsitiriko y vuelve a regresar a la tierra.

Por medio del aire, respiran y transpiran todas las plantas y todos los animales. Además, para los Asháninka, el mundo está sostenido por dos ejes. El Dios Sol vivo puso su eje para que no se vuele la tierra y para que la gente esté tranquila. Él puso los cerros Intanoni y Antamaraka por donde sale el agua para regar la tierra. El otro eje, por donde se hunde el Sol, está formado por los cerros Omoro y Otsitiriko. Los que sostienen estos ejes para que la tierra no se vuele son espíritus fuertes que son seres invisibles.

Estos espíritus se llaman Nabireri (debajo de Omoro) y Pachamama (debajo de Otsitiriko). Sosteniendo el otro eje están Inkari (debajo del Intatoni) e Inkami (debajo del Antamaraka). Estos espíritus cuidan también la salida y entrada del agua, limpiando las orillas para que no se obstruya la salida y para que su caudal siempre sea constante. Ellos no deben descuidar su trabajo, sino la tierra se ahogaría.

Para los Asháninka, algunos animales se comunican. Por ejemplo, el Cóndor Real, se comunica con el Gallinazo Negro. Ambas aves tienen un olfato muy desarrollado para detectar los animales en estado de putrefacción que conforman su dieta. El Cóndor Real detecta algún cadáver y baja a alimentarse de él. Luego le comunica a su amigo el Gallinazo para que también pueda comer. De la misma manera, el Asháninka los imita, pues cuando alguien de la tribu ve a algún semejante sin alimento, lo llama y lo invita a cenar.

Antiguamente, las plantas también eran personas. Hoy en día ya no se comunican entre sí. Asimismo, cuando el cielo está encima de la tierra, el Sol estaba más cerca y ejercía más influencia. Cuando existe maldad, el Sol se retira y todas las maldades empiezan a propagarse. Es por eso que la gente muere. El Dios Sol ha creado otro espacio para aquellos que mueren en la tierra.

Cuando sale el alma del cuerpo del muerto, esta debe saltar para pasar por medio del fuego ardiente; y cuando pasa este fuego, su alma se purifica. Luego de purificarse, esta alma se va a un espacio más allá de las nubes que es invisible. Allí habitan los seres más queridos que viven sin problemas.

Cuando muere la gente que comete actos malos en la tierra, su alma no puede pasar el fuego ardiente y tampoco puede ser aceptado en el lugar donde están las personas muertas que fueron buenas. Entonces, deben regresar al sitio donde están sepultados y se convierten en cualquier animal como un ave, un venado, un sajino u otro. En algún momento, los espíritus matan a estas almas para que no sean muchas. El espíritu de los tabaqueros también puede matarlos.

Los animales tienen su dueño. Por ejemplo, todos los animales que viven en el agua son dominados por un Tsomiri que es un ser invisible y al que a veces solo lo pueden ver los tabaqueros. Sin embargo, este ser adopta para el Asháninka una forma similar a una sirena que es muy bella. Ella enamora a los hombres y si estos la siguen, los desaparece. La única manera de que sus familiares se comuniquen con los seres que se van con Tsomiri es a través de los tabaqueros.

El Asháninka cree que para que los seres vivos de la naturaleza no los molesten deben dejarles algo, como por ejemplo el machete, fruta o coca. Deben dejar algo al dueño de los animales para que este los suelte y puedan ser cazados por los de la tribu. Por ejemplo, antes de pescar deben dejar algo al dueño para que les pueda dejar sacar algunos peces. Uno tiene que donar por ejemplo un racimo de plátanos para que el dueño suelte a sus crías (los peces). A los espíritus hay que darles para que den. Estos seres viven en las grandes cochas o en el monte.

Las mujeres que transitan por los lugares donde se encuentran esos espíritus y que tiene una sangre que le molesta al espíritu, este le quita la vida a la mujer. Esto porque la sangre de la mujer mata a los hijos del espíritu, entonces ella debe ocupar ese lugar en los sitios donde viven los seres invisibles. Asimismo, cuando una mujer acaba de tener hijos, no debe transitar por esos territorios porque su sangre aún no está purificada.

En la cultura de los Asháninka, la figura del tabaquero o la de los ayahuasqueros tiene un significado especial, tal como sucede en otras tribus indígenas. Muchos mitos, leyendas, creencias y verdades tienen como punto central a estas personas, las cuales están dotadas de poderes mágicos. Así también, estas personas saben cómo ver a los espíritus, cómo conversar con ellos y cómo determinar qué cosa es buena o mala, además de curar y garantizar que la vida en la tribu esté regida por algunas normas de la tradición oral.

En la tradición de esta tribu indígena la interacción con el medio ambiente es muy fuerte pues sus habitantes dependen del monte para poder sobrevivir. Además, todo se origina y “vive” allí. Si bien parece ser un territorio desconocido que no se puede ver, todo tiene su lugar y su motivo para estar allí. Es por eso que también existe un gran respeto hacia el entorno.

Reflexiones finales

Los Asháninka representan a la tribu indígena con mayor presencia en nuestra Amazonía. Si bien actualmente persisten muy pocas tribus que mantienen sus orígenes y que viven según sus usos y costumbres originales, esta etnia es muy importante pues nos muestra varios aspectos del proceso de desarrollo de nuestra sociedad a través de la historia.

Estos pobladores han tenido un contacto muy estrecho con el mundo occidental desde hace muchos años por lo que se ha producido ciertas fusiones culturales, económicas y sociales que han mermado la identidad del pueblo Asháninka, pero no la han desaparecido. Es así como se puede identificar aún la estructura original en esta etnia. No obstante, además del gran flagelo que significó la ola terrorista en la zona, este pueblo ha sabido mantener su identidad y luchar por lo que considera suyo.

Este último punto es importante, pues como lo demuestra su actual situación, el desplazamiento de muchas tribus como producto de la ola terrorista, implica la reinserción de cientos de Asháninka en sus zonas originales, ya que ellos mismos saben que pertenecen a “su tierra”. Salvo algunas excepciones de personas que adoptan las costumbres andinas o urbano-rurales, la gran mayoría de desplazados reconoce su tierra como el único lugar donde podrán vivir.

El largo proceso de ocupación de la selva central, territorio de los Asháninka, que se inició de manera irregular en el siglo XVII y que tomó cuerpo a partir de 1907 —que fue interrumpido en 1742 y reiniciado en 1847, adquiriendo un carácter masivo a partir de 1950— ha convertido estos territorios en un espacio regional. Esto diferencia a los territorios Asháninka de otros espacios amazónicos. El ordenamiento territorial en la zona se ha basado principalmente en criterios económicos que trascienden al interés personal y más bien adopta una visión económica – espacial.

Dicha visión —que tuvo su auge en la década del 70— fue interrumpida en 1988 con la incursión de los grupos terroristas. Actualmente, predomina el desorden como consecuencia de factores exógenos (migración desordenada, colonización, tala ilegal, narcotráfico, entre otros), los cuales despiertan y agudizan conflictos ya existentes. Dichos factores no han causado una alteración en las bases estructurales sobre las cuales se sustenta la economía de la zona, aunque sí ha dificultado la comunicación intrarregional sin mermar la articulación interna (1).

La articulación espacial de la selva central ha ido de la mano de una articulación económica que se manifiesta en a) la generalización de formas capitalistas de producción, distribución y consumo; b) la existencia de manera diferenciada de mercado de tierras, trabajo, bienes y servicios; c) la predominancia de un patrón productivo de carácter altamente comercial basado en tres productos y actividades principales: café, frutales, madera; d) la generalización de capitales como resultado de la diversificación espacial de las actividades productivas emprendidas por los grupos locales de poder económico; y finalmente e) el proceso de aglomeración económica en las zonas más consolidadas (2).

La producción y el comercio en la selva central dependen marcadamente del mercado para la venta de los productos y la adquisición de medios de subsistencia. Pese a esta dependencia y a las alteraciones que han producido la violencia y el terror en la zona, la selva central ha demostrado contar con una de las estructuras más estables en territorios colonizados. Es por eso que pese a que en la actualidad parecen surgir nuevas tendencias económicas y sociales, producto de los cambios a nivel nacional e internacional, la estructura en sí se podrá mantener. Es decir, su carácter de espacio regional diferenciado se seguirá imponiendo.

Es importante también identificar el contacto que hubo con los pueblos andinos, lo que evidencia los nexos que siempre han existido entre la Amazonía y los Andes. Es interesante también analizar el grado de asimilación en la cultura Asháninka de los elementos de occidente, el cual ha sido producto de diversas etapas económicas y sociales que se han dado en estos territorios.
Diciembre 2007

1) Santos Granero F., Barclay Rey de Castro F. Ordenes y desórdenes en la selva central. Historia y economía de un espacio regional. IEP, IFEA, FLACSO – ECUADOR. Pag. 331. Lima. 1995.
2) (idem)

domingo, 6 de marzo de 2011

LOS ASHÁNINKA (I)

Este grupo indígena es también conocido como kampas, chunchos y tampas. Originalmente se les encontraba en los territorios de los ríos Apurímac, Tambo, Ene, Pichis, Perené, un sector del Alto Ucayali y en parte de la zona interfluvial del Gran Pajonal. Los Asháninka se organizaban principalmente en pequeños grupos compuestos por cerca de cinco familias nucleares dirigidas por un jefe local.

Según el censo de 1993, los Asháninka era el grupo indígena más numeroso de la selva peruana, pese a que sufrieron la embestida del terrorismo en la década de los ochenta, lo que los obligó a realizar desplazamientos masivos a terrenos menos hostiles, produciendo modificaciones en la dinámica demográfica y cultural de esta sociedad. Según dicho censo, el promedio de habitantes por comunidad era de 171 habitantes. No obstante, existían asentamientos con menos de diez individuos y otros con más de 600.

Antes de la llegada de los españoles, los Asháninka mantenían relaciones con los pueblos andinos. Esto se evidencia a través del hallazgo de diversos materiales de uso común. Esta tribu empezó a ser evangelizada a partir de 1653 por misioneros dominicanos y franciscanos. En la cercanía de la Merced, los franciscanos fundaron la misión para los Campas y los Amueshas. Dicha ubicación era estratégica pues a través de ella, se podía controlar el denominado Cerro de la Sal, con el fin de dominar el comercio de las etnias en la selva central.

En 1640 ya se ubicaban siete centros en la zona de la Merced. Sin embargo, estos fueron destruidos por una rebelión provocada por la llegada de mineros españoles a la zona. En 1671 se restableció las misiones cerca del Cerro de la Sal y además se fundó nuevas misiones a lo largo del río Perené. En 1674 se produjo un levantamiento encabezado por el dirigente asháninka Fernando Torote, el cual al parecer, fue instigado por otra tribu indígena, la de los Piros. Esta tribu conocida por sus grandes facultades de comercio, ubicada en la selva sur, temía que los españoles bloquearan el intercambio de sal entre ellos y los Asháninka.

En 1709 se inició un nuevo intento de evangelización a cargo de un padre franciscano. De esta manera, en 1739 se construyó 38 misiones en el Gran Pajonal que incluían a más de 8500 nativos. Así también, los pueblos reducidos de los Asháninka sufrieron diversas epidemias lo cual, sumado a la rebelión de Juan Santos Atahualpa, ocasionó que los misioneros y colonos de la zona se retirasen.

Recién en 1869 la resistencia de los Asháninka en el valle de Chanchamayo sucumbió y es ahí donde se fundó la ciudad de La Merced cerca a la antigua misión franciscana de Quillazú. Sin embargo, las hostilidades continuaron en la zona hasta que se estableció la Peruvian Corporation en 1889. A esta empresa de capitales ingleses se le concedió 500 000 ha en las márgenes de los ríos Perené y Ené. Dicha situación significó el inicio de la penetración colonizadora de la selva central hasta la actualidad.

Ya en 1914, el valle del Perené estaba ocupado por más de 14 mil colonos, a su vez que en 1938, cerca de dos mil Asháninka ya trabajaban de manera asalariada para los colonos. En la década de los cuarenta, ante la presión de los nuevos pobladores y la incorporación de un gran número de asháninkas al mercado de trabajo, la ocupación de nuevas tierras siguió en aumento. De esta manera, se realizó varios desplazamientos de la población local a la selva central presionados por la colonización.

Adicionalmente, en los valles adyacentes al Perené se dio inicio al boom del caucho lo que instauró un régimen de esclavitud para los campa, en especial de mujeres y niños. En 1920 se inició un movimiento misionero por parte de los adventistas. En 1950 dicha labor fue continuada por el Instituto Lingüístico de Verano. A eso se le debe sumar que, a partir del año 1965, los Asháninka, en especial los del Gran Pajonal y los de Satipo, se involucraron en los conflictos armados a través de la incursión del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y del ejército del Perú.

Con la promulgación de la Ley de Comunidades Nativas en 1974, se le otorgó a los grupos indígenas algunas garantías sobre sus territorios. Es así como algunas de las aldeas que surgieron como producto de los procesos de contacto entre indígenas y colonos se acogieron a la nueva ley. Adicionalmente, ante la presión de campesinos andinos, fueron creados otros asentamientos en la zona, con lo que la presión hacia su entorno creció de manera un tanto descontrolada.

Entre los años 1986 y 1996, los Asháninka se vieron involucrados en la violencia que desató en la zona Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amarú, a lo que se le debió sumar las acciones del Gobierno para paliar los avances de los subversivos.

La organización de los Asháninka

En cuanto a la descendencia de los Asháninka, esta es de tipo bilateral, es decir, se reconoce de igual manera las relaciones del lado paterno como materno. A través de esta estructura, el grupo está formado por todas las personas con las que la persona ha establecido un vínculo genealógico. La parentela es egocéntrica, esto implica que está constituida por la combinación de redes de parientes del padre y de la madre de la persona.

El parentesco en los Asháninka se caracteriza básicamente por diferenciar a los parientes en dos grandes categorías: consanguíneos y afines a la persona. En el caso de una persona, se diferencia en una primera instancia a los padres y a sus hijos. Luego se adiciona la generación de los abuelos y la de los nietos. Existe dentro de esta tribu la regla matrimonial a través de la cual, el individuo debe casarse “lejos”, es decir fuera del ámbito de las relaciones de consanguinidad y afinidad que se puedan haber establecido. Así también, existe la regla del “servicio de la novia” que señala que un hombre debe permanecer, luego de casado, en los territorios de su suegro por un tiempo indeterminado que generalmente se vence tras el nacimiento del primer hijo.

En el caso de que el padre de la novia sea un señor con mucho poder, como puede ser el jefe de la tribu o un chamán, este retendrá a sus hijos en sus dominios. Es así como un grupo de hermanos puede constituir el núcleo de un asentamiento Asháninka.

Este grupo indígena se interrelaciona por río o a través de las zonas ribereñas con un alto grado de movilidad espacial, debido a las áreas de cultivo itinerantes que tienen. Además, en los años 50, se estableció algunas escuelas bilingües, lo que originó que en esos lugares se formen centros poblados de mayor densidad poblacional. En los años 70, estos centros se convirtieron, debido a la titulación, en la base territorial para el reconocimiento de las comunidades nativas.

El proceso de titulación fortaleció a la organización de la comunidad, en donde además fueron creadas diversas federaciones, las cuales pudieron repeler el avance terrorista en los años 80. Si bien existieron grandes bajas en los Asháninka debido a las incursiones terroristas, estas organizaciones sociales no se desmembraron y continuaron siendo importantes para el mantenimiento de este pueblo.

El territorio Asháninka

Cuando se inició la titulación de las comunidades nativas a partir de 1974, las tierras de numerosas comunidades eran muy reducidas. Adicionalmente, las comunidades ya de por sí estaban muy atomizadas en espacios no contiguos. Además, el área de las tierras comunales, es decir aquel destinado para las familias de las tribus, era ya de por sí reducida.

La extensión promedio familiar de la tierra de los Asháninka en la provincia de Chanchamayo es de 17,9 ha. Pese a que inicialmente se le había otorgado muchas más hectáreas, tras los procesos de colonización, estas se fueron reduciendo. En ellas se realiza la agricultura que es la principal actividad económica de este grupo indígena. Los principales cultivos son la yuca, el plátano, el maíz, el maní, la sachapapa, el camote, el arroz, el fríjol, la caña de azúcar, los cítricos, la piña y otras frutas.

La agricultura comercial es hoy en día la principal actividad económica de los Asháninka, en especial en los valles de los ríos Perené y Satipo. Destacan también los cultivos de café y de achiote. La ganadería se ha ido acentuando progresivamente en la zona, pues cada vez son más los grupos familiares que la adoptan como actividad comercial. Este sistema de producción fue introducido por los colonos.

Otra actividad destinada a la obtención de ingresos económicos es la extracción de madera con fines comerciales, en especial en la zona del río Tambo y el Alto Ucayali. Además, muchos Asháninka trabajan como mano de obra en la extracción de madera. Finalmente, como actividad económica de relevancia se puede incluir a la caza de animales silvestres. En tanto, la pesca se realiza de manera individual y grupal para la obtención de proteína. Adicionalmente, se está criando aves de corral para complementar la dieta y para fines lucrativos.

Violencia y situación actual

El pueblo Asháninka ha sufrido bastante con la violencia en sus territorios. La presencia de los movimientos terroristas y de las fuerzas de represión ha puesto en el medio de dos fuegos a esta comunidad indígena. Esta problemática obligó al pueblo Asháninka a organizar una respuesta, la misma que se dio a través de diferentes mecanismos de vigilancia y control permanente para asegurar su supervivencia y la permanencia en sus territorios.

En 1990, Sendero Luminoso controlaba la totalidad del río Ene y gran parte del Alto Tambo. A partir de 1991, se organizó el autodenominado Ejército Asháninka, el cual logró rescatar a miles de prisioneros y recuperar gran parte de su territorio a mano de terroristas y cocaleros. Así también, se organizó, en los valles del río Apurímac, Ene y Satipo, las autodenominadas Rondas o Comités de Autodefensa. Posteriormente, con el apoyo de las Fuerzas Armadas, se pudo mantener en raya a los terroristas.

No obstante, el precio fue alto para los Asháninka pues murieron entre 4000 y 5000 personas entre los ataques terroristas, enfermedades o desnutrición durante su cautiverio.

Los pobladores que fueron secuestrados por los movimientos terroristas buscaron asentarse luego de su liberación en las comunidades que recibían a los refugiados. En esta situación, muchos Asháninka se vieron desplazados y se encontraron desamparados. Es así como muchas costumbres y estilos de vida se vieron modificados severamente. El impacto cultural fue muy severo pues se perdió el nexo con sus raíces y con su cultura original.

A esto, se le debe sumar los grandes problemas de hacinamiento, escasez de alimento y problemas de salud. Esta triste situación también creó un impacto en las costumbres originales de una gran parte del pueblo Asháninka. Pues de haber sido un pueblo casi nómada, estos se vieron obligados a convertirse en sedentarios con lo que muchas de sus costumbres alimenticias y culturales se fueron perdiendo progresivamente. Adicionalmente, el cumplimiento de las funciones de rondero y las acciones para asegurar la supervivencia, implicaba alejarse de sus costumbres y adoptar otros patrones de conducta.

Estos choques culturales fueron severos y se acentuaron ante la presencia de mecanismos totalmente lejanos a su cultura como las prácticas de los miembros del Ejército, las ollas comunes, los trabajos comunales, las prácticas militares y demás tipos de conducta ajenas a la cultura tradicional de los Asháninka. Estas comunidades de refugiados abarcan en la actualidad un conjunto de más de 300 o 400 personas, existiendo algunos con más de 1000 personas. En ellas se encuentra principalmente mujeres (viudas) y niños (huérfanos). Existe un déficit de hombres y de jóvenes de ambos sexos, ya que gran parte de estos murieron como consecuencia del terrorismo.

Muchos de los desplazados migran desesperados para proteger su vida y esto los obliga a modificar casi todos sus patrones de vida, teniendo que adquirir otras costumbres para sobrevivir. Las políticas de atención de este grupo, se caracterizan por ser de corto plazo. Sin embargo, pese a que pueden estar bien diseñadas en una primera instancia, no se ha aplicado políticas a largo plazo que asuman la reinserción adecuada a una zona harto intervenida y modificada.

Asimismo, los desplazados no son bien vistos por la población local que intenta incorporarlos en su estructura social. Esto se da principalmente en las zonas más pobres. Es así que se crean sentimientos de odio y envidia en muchos, así como de desprecio y de marginación. Los desplazados suelen ocupar el último nivel social.

Como ya se mencionó, la gran mayoría de los desplazados está conformada por mujeres y niños o jóvenes de temprana edad. En el caso de las madres, estas justifican su presencia para atender a los más pequeños. Los jóvenes, sin embargo, mediante el proceso de culturización, aspiran a una vida más moderna. Esta característica se asemeja a la inmigración andina hacia las grandes urbes de la costa, pese a que el nuevo medio es muy hostil para los emigrantes, debido a este que no les ofrece los servicios básicos ni les abre la puerta al mercado laboral.

Pese a esta situación, la transculturización continúa y es un problema que siempre ha estado presente y lo estará mientras no haya oportunidad para todos. Si bien, las causas del desplazamiento se deben al terrorismo que los hizo huir, pese a la férrea defensa que hicieron, tuvieron que emigrar. Existen muchos casos de pobladores que intentan regresar a sus territorios originales. El poblador Asháninka no busca socializar en un medio distinto al suyo. Su cultura y cosmovisión le permiten identificar el valor de los elementos fundamentales que su entorno les brinda.

En el caso de las poblaciones andinas, la migración se da para la búsqueda de un mejor porvenir, sin embargo, el Asháninka en general sabe que el mundo urbano o rural andino es muy ajeno a su realización familiar. Por esta razón busca regresar a su tierra. La vocación del desplazamiento en la Amazonia es un fenómeno temporal, pero que en algunos casos no puede ser detenido.
Diciembre 2007

domingo, 6 de febrero de 2011

LA ISLA DE PASCUA: COLAPSO EN ALTA MAR (III)

Para llegar al final de esta breve reseña de los Rapa Nuis es necesario ubicarnos en el tiempo. Según Diamond, la tradición oral de los antiguos habitantes de la isla de Pascua señala que el último Moái fue erigido alrededor de 1620 y que entre los años 1600 y 1680 fueron abandonadas progresivamente las últimas parcelas agrícolas de las tierras altas e interiores de la isla. Un detalle interesante apuntado por Diamond es que —paradójicamente— los últimos Moáis erigidos eran los más altos, es decir, los que deben haber demandado más trabajo (y recursos naturales), tanto para tallarlos, como para trasladarlos.

Según el autor estadounidense, el aumento del tamaño podría deberse a dos motivos, o bien indicaba la creciente rivalidad entre los jefes rivales por demostrar su poderío o se podría tratar de las evocaciones desesperadas a los dioses pidiendo que se solucione la inminente crisis medioambiental que enfrentaban los isleños. No se sabe a ciencia cierta cuál fue el motivo que los llevó a erigir (en general) las grandes estatuas, pero ya para 1680 se registró el clímax de las guerras civiles y los Rapa Nuis pasaron de construir Moáis a derribarlos. Todo esto sucedió cuando la sociedad isleña alcanzó su mayor población.

Diamond apunta que recién con la visita a la isla del capitán Cook en 1774 se pudo comprobar que varios Moáis fueron derribados y que aún quedaban algunos en píe. Las últimas referencias de navegantes europeos sobre la única estatua erecta prevaleciente en la isla, apuntan al año 1868, mientras que las tradiciones orales se remontan al año 1840. Tal fue el grado de desesperación que las plataformas que albergaban a los Moáis —los Ahus— fueron desmanteladas para construir cámaras mortuorias y muros para proteger los huertos (manavai).

El declive

Como Diamond presume, los Rapa Nuis debieron guardar un enorme resentimiento hacia sus líderes, pues solo así se podría explicar el derrumbamiento intencionado de las estatuas. Es posible que los opositores o matatoas hayan exigido tumbarse a los Moáis para dejar claro que se había acabado el tiempo de los engaños. La situación en la isla fue posiblemente la reacción lógica a una opresión desenmascarada y evidenciada por una crisis medioambiental severa. Tal vez, si hubiese habido a donde ir (o hubiese habido madera para construir embarcaciones y poder migrar) los Moáis hubiesen sido sencillamente abandonados a su suerte. No obstante, los antiguos isleños lograron, a pesar de todo, adaptarse de la mejor manera a un ambiente casi infernal.

A partir del año 1650, el canibalismo y las granjas de pollos fueron las principales fuentes de alimento de los isleños. Asimismo, con el reinado de los matatoas, el dios Makemake fue el nuevo “rector” de la cultura Rapa Nui, luego de que esta divinidad había sido una más del panteón isleño. Así, todo el culto religioso se polarizó en la aldea de Orongo, al borde del cráter del volcán Rano Kau. A partir de ese entonces los antiguos isleños se dedicaron a impulsar la realización de petroglifos con representaciones de aves marinas, hombres pájaros y de órganos genitales femeninos.

En esos años se organizaba una carrera masculina de natación y resistencia a los tres islotes que distan a un kilómetro de la isla mayor para recoger el primer huevo depositado por las aves marinas. Atravesar a nado el mar hasta las islas es una actividad riesgosa pues las aguas frías y bravas están repletas de tiburones. El primer Rapa Nui que regresaba a la isla con el trofeo intacto era declarado “hombre pájaro” hasta el año siguiente, lo cual implicaba que era una autoridad y una figura respetada. Según Diamond, la última de estas ceremonias fue celebrada en 1867 y vista por misioneros católicos. Mientras tanto, el mundo exterior terminaba de aniquilar lo que quedaba de la isla.

Tras la visita a la isla del capitán Hook en 1774, se intensificó la llegada de europeos trayendo consigo varias enfermedades mortales para los isleños. Alrededor del año 1836 se presume que se dio la primera gran epidemia de viruela que exterminó a muchos isleños. A eso se le debe sumar la amenaza de los cazadores de esclavos que no dudaron en raptar a los Rapa Nuis. A partir de 1805 se inició este nuevo flagelo llegando a su punto máximo cuando una docena de barcos peruanos llegaron a la isla entre los años 1862 y 1863 para raptar a más de 1500 isleños y llevarlos como esclavos a trabajar en las islas guaneras. Posteriormente fueron repatriados tan solo una docena de cautivos que trajeron consigo otra epidemia de viruela. En 1872 quedaban únicamente 111 isleños originales.

Del mal en peor

Para acelerar el proceso de deterioro ambiental, los europeos introdujeron ovejas allá por el año 1870. Posteriormente, en 1888, la isla de Pascua pasó a formar parte de Chile (pero recién en 1966 los isleños fueron reconocidos como ciudadanos chilenos) y el gobierno mapocho fomentó la industria ovejera (de capital escocés) a gran escala en sus nuevos dominios. Tal situación obligó a que todos los isleños sobrevivientes fueran confinados a un solo poblado donde eran pagados con abarrotes (en vez de dinero). Esto hizo que los Rapa Nuis se sublevaran y que en 1914, el gobierno chileno mandará una flota para “poner orden”. Y como era de esperar, las ovejas, cabras y los caballos de la empresa europea terminaron de erosionar y empobrecer el suelo isleño. En 1934 desaparecieron los últimos árboles de hau y de toromiro, especies autóctonas de la isla.

El deterioro ambiental en el que se vio sumida la isla fue evidente, no obstante, muchos isleños se resisten a aceptar que sus antepasados fueron capaces de llegar a esos extremos de explotación, opresión y mal manejo de sus recursos naturales. Y según Diamond, no solamente los descendientes Rapa Nuis niegan parte de su pasado, sino muchos especialistas no conciben y aceptan que esa “amable gente” haya hecho añicos su propia isla. Algunos de estos últimos le echan la culpa a severas alteraciones medioambientales.

En el ínterin de esta discusión, se tiene tres postulados. Se ha sugerido que la deforestación de la isla no se debió únicamente a la acción de los isleños, sino también a la llegada clandestina y no reportada de europeos. Tal planteamiento se basa en que en dicha época, varios galeones españoles transitaban por el océano Pacífico. Además, según los primeros europeos que documentaron su llegada a la isla, los Rapa Nuis reaccionaron con la mayor naturalidad ante los visitantes, casi como si estuviesen acostumbrados a dichas visitas.

El segundo postulado afirma que la deforestación fue producto de eventos naturales —como el del Niño— y de bruscos cambios climáticos. Diversos estudios han demostrado —a través de los restos de antiguas palmeras— que estas y otras especies sobrevivieron cientos de miles de años en la isla. Y si bien, se ha podido demostrar que la isla pasó periodos inusuales de frío y de sequía, la masa forestal sobrevivió a estos desordenes climáticos. Por último, se piensa que los propios isleños no pudieron ser tan ciegos para aniquilar sus recursos y que todo fue el resultado de la suma de varios factores (conocidos y desconocidos).

Pero, ¿por qué?

¿Por qué se dio una deforestación absoluta en la isla de Pascua? Diamond ensaya una respuesta en base al análisis de la situación de 81 islas similares en el océano Pacífico en cuanto a diversos factores físicos. Entre ellos, compara las islas secas y húmedas; las islas en el Ecuador (calientes) y las subtropicales (frías); las islas volcánicas antiguas y las recientes; las islas con poca y con mucha altitud; las islas pequeñas y las grandes; y aquellas que reciben cenizas volcánicas con aquellas que no. En dicho análisis, los factores más importantes son, sin duda, la pluviosidad y la latitud.

Es decir, las islas secas y las más frías y más distantes del Ecuador (a una mayor latitud) acabaron en los últimos años más deforestadas que las islas ecuatoriales más húmedas. La tasa de crecimiento de la vegetación aumenta con la pluviosidad y con la temperatura. Con una tala moderada, la vegetación en este tipo de islas se puede regenerar. Otro factor a tener en cuenta es la antigüedad de la isla. Aquellas que son muy antiguas y que no han sufrido actividad volcánica en el último millón de años, acaban más deforestadas que aquellas que han tenido eventos volcánicos recientes. Y es que el suelo procedente de lava y de cenizas reciente es mucho más fértil. En las islas antiguas, la lluvia elimina todo ese polvo rico en nutrientes.

La isla de Pascua tiene la tercera latitud más alta (es decir, se encuentra bien alejada del Ecuador), tiene una baja pluviosidad, recibe pocas cenizas volcánicas y es la segunda isla que a mayor distancia se encuentra de una isla vecina en el océano Pacífico. Este último punto tiene que ver con el aislamiento de los isleños, el cual los obligó a agotar todos sus recursos. Además, es pequeña y de baja altitud, lo que la hace más fácil de ser deforestada. Además, Rapa Nui posee volcanes de relativa antigüedad. El volcán Poike, el más antiguo de la isla, es el más deforestado y erosionado.

Para Diamond, la alta deforestación de la isla de Pascua no se debe exclusivamente a que los isleños fueron unos imprudentes con su entorno, sino que tuvieron la mala suerte de vivir en uno de los lugares del Pacífico más frágiles y con un alto riesgo de deforestación debido a los aspectos físicos y geológicos de la isla. Sin embargo, Diamond sostiene también que su aislamiento “hace de ella el ejemplo más claro de una sociedad que se destruyó a sí misma sobreexplotando sus recursos”.

Para culminar esta triste historia, se puede explicar resumidamente el colapso de Pascua a través de dos factores principales: el impacto medioambiental del ser humano, básicamente mediante la deforestación y el exterminio de la fauna local; y los impactos de los hechos políticos, sociales y religiosos. A eso se le debe sumar la imposibilidad de escapar de la isla. Asimismo, no es posible dejar de mencionar el afán de los antiguos Rapa Nuis por construir los famosos Moáis, las peleas entre clanes y la exigencia para construir estatuas cada vez más grandes, lo cual exigía cada vez más madera y alimento.

Diamond presenta una metáfora “imperfecta” pero con mucho de verdad. ¿Qué pasará cuando la Tierra se vea en la misma situación que la isla de Pascua? Está claro, que las diferencias son evidentes y que la situación actual de la humanidad en su conjunto difiere de la de los Rapa Nuis del siglo XVII. El caso de esta antigua civilización es un ejemplo claro, bajo mi punto de vista, de un mal manejo del entorno. Pero claro, ¿cómo iban a saberlo los antiguos isleños?, ¿lo sabemos nosotros?

Con todo lo expuesto en estas líneas podemos sacar algunas conclusiones. El medio ambiente es frágil, finito y susceptible a las embestidas de los seres humanos y de especies (animales y vegetales) introducidas, por lo que está en nuestras manos analizar bien cómo podemos obtener ventajas de nuestro entorno sin llevarlo al ocaso y con eso, a nuestra propia destrucción. Así también, existen actualmente poblaciones aisladas (ecosistemas, especies e incluso comunidades nativas) en inminente peligro de extinción. Si no se controla su situación actual, su único destino es la desaparición.

Empecinarnos en mantener un estilo de vida que le da la espalda a la conservación y al buen uso del medio ambiente es una postura que tarde o temprano nos pasará la factura (y ya lo está haciendo). No en vano se está secando la Amazonía, se intensifican los desvaríos climáticos en todo el planeta, se empobrece y contamina los mares, se aniquila directa e indirectamente miles de especies de flora y fauna, degradamos el entorno y seguimos pensando que “no pasa nada”.

¡Qué la suerte y la sabiduría nos acompañen! El colapso podría estar más cerca de lo que pensamos.
Febrero 2011

miércoles, 26 de enero de 2011

LA ISLA DE PASCUA: COLAPSO EN ALTA MAR (II)

Continuando con el texto anterior sobre la isla Rapa Nui, explicaré cómo se presume que fueron construidos los famosos Moáis, pues como bien afirma Diamond, no existe registro escrito de dicha época. También abordaré algunos aspectos que explican el declive de los pobladores de la isla de Pascua. En cuanto al primer punto, es posible plantear opciones en base a las tradiciones orales y a los restos arqueológicos encontrados. Así, en la cantera de Rano Raraku se puede apreciar Moáis en diversos estados. Algunos, que ya habían sido tallados y que deberían haber sido trasladados a otros destinos, descansan en las laderas del cerro. Otros están aún “pegados” a la roca de la cantera a medio terminar y casi una decena de ellos están partidos y, con el paso del tiempo, forman ya parte del entorno natural.

Los antiguos Rapa Nuis hacían uso de piedras especiales (básicamente, más duras) para trabajar la toba volcánica y esculpir los Moáis en la misma falda del volcán hasta darle la forma deseada. El cuerpo de las estatuas quedaba unido a la roca principal a través de un pequeño apéndice. Cuando ya todo estaba listo, se liberaba a la figura de piedra para su posterior traslado. Antes de eso, se tallaba las orejas, la nariz, la cabeza y otros detalles característicos. El espacio para los ojos era lo último que se tallaba y se hacía en el lugar donde finalmente descansarían. Se ha encontrado solo un ojo original (que está en el museo de la isla) en la playa de Arakena, el cual estaba hecho de coral blanco con una “pupila” de un material rojo llamado escoria. Los ojos actuales que presentan los Moáis son solo réplicas.

Los Moáis eran así deslizados desde las pendientes del cerro hasta su destino final, el cual distaba hasta 14 kilómetros de la cantera Rano Raraku. Para obtener una de estas estatuas se necesitaba un trabajo arduo y decenas de hombres tallando la piedra, además de bastante alimento y centenares de árboles para obtener leña, madera para el posterior transporte y para fabricar las lianas que facilitaban su traslado. Esto obligó a un agotamiento acelerado de la masa forestal de la isla.

La pregunta inmediata es ¿cómo eran transportados los Moáis hasta sus destinos finales? Se ha planteado diversas explicaciones al respecto e incluso se ha hecho simulaciones para intentar obtener una respuesta. Una posibilidad (en base a tradiciones orales) es que estas hayan sido trasladadas de manera vertical, es decir que las figuras eran movilizadas como si estuviesen caminando. Es como cuando se traslada lentamente en un movimiento zigzagueante un mueble pesado sin cargarlo. Otra explicación se basa en que los Moáis fueron transportados mediante una sucesión de troncos de madera —engrasados con el aceite de frutos silvestres— dispuestos de manera horizontal que fungían como una especie de faja transportadora.

Para Diamond, el método más convincente es el que propuso Jo Anne van Tillburg que consiste en unir con travesaños fijos diversos troncos de madera ubicados paralelamente, algo así como una camilla. Esta opción fue incluso practicada recientemente con buenos resultados. La clave es sincronizar esfuerzos a la hora de jalar a la misma vez (como cuando se practica remo). Una vez que los Moáis llegaban a su destino final, estos eran colocados de manera vertical mediante el uso de rampas y de plataformas hechas de piedra, apoyados por palancas en base a troncos de madera.

Demanda energética extrema

Construir, transportar y colocar en su destino final a los Moáis significó una demanda muy alta de mano de obra, alimento y recursos forestales. Dada la estructura social de los antiguos Rapa Nuis y los acuerdos entre los distintos clanes, alimentar a los grupos de talladores implicó diversas rencillas entre los pobladores por someterse a un sistema que los empujaba casi exclusivamente a dirigir sus esfuerzos a la construcción de las estatuas de piedra. Según datos recogidos por Diamond, construirlas incrementó en un 25% las exigencias alimentarias de los isleños durante los 300 años de construcción.

Si bien durante ese periodo de tiempo en las partes altas e interiores de la isla existían buenos lugares de siembra y había alimento suficiente para toda la población, ¿de dónde sacaban los Rapa Nuis árboles grandes y resistentes? Los estudios botánicos hechos en base al polen depositado en diversos sedimentos (palinología) revelan que en la isla existieron —antes de la llegada de humanos— bosques subtropicales con árboles altos y arbustos leñosos. Posteriormente, en el siglo XX solo fueron inventariadas 48 especies vegetales autóctonas, de las cuales sobresale el toromiro, un árbol que puede alcanzar hasta dos metros de altura.

Es decir, los isleños encontraron un bosque lleno de especies maderables de alta calidad que les proporcionó abúndate leña y troncos, pero claro, dado el uso y los requerimientos de la época, la extinción de dichos árboles fue inevitable. Asimismo, diversos estudios han demostrado que en la isla de Pascua vivían por lo menos seis especies de aves terrestres: una garza, dos loros, una lechuza y dos aves similares a los pollos. Hoy en día, la isla solo tiene especies introducidas. Así también, en sus costas anidaban cerca de 25 especies de aves marinas, lo cual convertía a la isla en el lugar de anidación más rico en toda la Polinesia.

Dichas aves —entre petreles, pelícanos, golondrinas de mar y otras— anidaban en un paraíso distante de otras islas y con las condiciones excepcionales para reproducirse hasta que… llegó el hombre. Y es que, dado que la dieta de los isleños era pobre en pescados y mariscos (aunque sí comían eventualmente delfines, tortugas marinas y atunes), las aves marinas se encargaron de otorgarles proteínas de origen animal. Sin embargo, en algún momento las aves terrestres desaparecieron de la dieta porque se extinguieron ante la presencia humana. Seguidamente, sucedió lo mismo con las aves marinas hasta condenar a casi todas las especies a la extinción.

Un detalle interesante que nos debe llamar la atención es que en los restos de basura analizados para determinar la alimentación de los antiguos isleños se encontró, entre otros, los restos de un caracol marino. El tamaño del caparazón fue disminuyendo con los años debido a que se le explotó de manera irracional y al final se consumía caracoles cada vez más chicos hasta que desapareció. ¿No podría pasarle lo mismo en el Perú a las conchas negras y a otras especies como el camarón de río?

En los años de apogeo de la cultura Rapa Nui la población se incrementó, mientras que el limitado territorio era cada vez más frágil. No es de extrañar además que en este caso, la presión hacia la isla en cuanto al acceso a los recursos naturales —tanto para la supervivencia, como para lograr con los cometidos que su creencia les imponía, es decir, construir Moáis— fuese el factor determinante para llevar a los isleños al ocaso.

Destrucción en el Pacífico

Según Diamond, “el dibujo general de la isla de Pascua es el ejemplo más extremo de destrucción forestal en el Pacífico, y se encuentra entre los más extremos del mundo”. Tomando solo como referencia la deforestación masiva de los grandes árboles en la isla, Diamond narra una escena que describe en parte lo agónico de la situación. En 1838, un barco francés se acercó a la costa de la isla y le salieron al frente cinco canoas agujereadas con indígenas que repetían maravillados la palabra “miru” que hace referencia a la madera que usaban los polinesios para construir sus embarcaciones.

Los Rapa Nui se quedaron sin árboles, lo cual significó detener la construcción de Moáis y no tener leña para cocinar y para pasar las noches frías. Tal situación los obligó a quemar pastos, hierbas y lo que encontrasen. Además, tuvieron que dejar de cremar a sus muertos, pues dicha práctica requería bastante leña. Adicionalmente, sin madera para nuevas canoas y en el aislamiento al que estaban sometidos, la situación se complicó, pues ya no podían pescar en alta mar y eran pocos los peces a los que podían acceder desde las costas de la isla. Y sin aves (ni marinas, ni terrestres), sin frutos silvestres (como los cocos) y con la desaparición de los mariscos, lo único que les quedó para comer eran las ratas silvestres.

La deforestación trajo consigo otro problema en la isla: la erosión de los suelos —por la lluvia y los vientos— y con eso la disminución de su rendimiento. Dicha situación obligó a migraciones dentro de la isla, debido a que los sectores más secos de la isla eran ya improductivos e inhabitables. Alrededor del año 1400, varias partes de la isla fueron totalmente abandonadas. Y si bien alrededor del año 1500 se volvió a utilizar parte de los terrenos abandonados, la pérdida de nutrientes y la desertificación ya habían hecho estragos en varias partes de la isla convirtiéndolas en inservibles.

Como es de suponer, la hambruna y la desesperación se fueron asentando en la isla. Producto de dicha situación se empezó a practicar el canibalismo. Un testimonio sobre esta situación lo ofrecen las estatuas denominadas Moáis kavakava que son estatuas de piedra que representan a hombres con las mejillas hundidas y las costillas marcadas. Cuando el capitán Cook describió en 1774 a los isleños, los calificó como “pequeños, enjutos, tímidos y pobres”. Ya en el siglo XVIII la población había disminuido en casi el 70% y se hallaba confinada a las partes costeras (las cuales, anteriormente eran ocupadas exclusivamente por la élite). Dada la escasez de alimentos, no les quedó otra que redirigir su mirada a sus semejantes para paliar el hambre.

Para haber llegado a dicho extremo es necesario analizar también qué factores determinaron tal situación de penuria y hambre. Hasta ese entonces, ¿cómo se había mantenido la sociedad polinésica de la isla de Pascua? Los jefes y sacerdotes de Rapa Nui justificaron la construcción de los Moáis y el orden establecido a través de su “vínculo” con los dioses. De esta manera, las clases dominantes controlaban a las masas y las hacían producir estatuas y alimentos, así como participar de ceremonias a favor de los dioses. Con el tiempo, todas las promesas de tiempos mejores y prosperidad se fueron haciendo más lejanas.

En 1680, varios líderes regionales (llamados matatoa) derrocaron a la clase dominante. Automáticamente después, se produjo una guerra civil por el poder y el caos se impuso en la isla. Incluso, muchos pobladores se refugiaron en cuevas con entradas muy estrechas para evitar ingresos no deseados. El crepúsculo de los Rapa Nui fue producto, según Diamond, del deterioro no solo de la ideología política, sino también de la religión. ¿Cuánta energía y dedicación significó erigir a los famosos Moáis? ¿Se justificó todo el esfuerzo y el sacrificio hecho? Todo indica que no.

El aislamiento de los Rapa Nuis, su casi “obsesión” por sus Moáis, su estructura social y política, su falta de visión (¿tenían que tener alguna?) y el mal uso de sus recursos naturales ocasionaron el fin de una sociedad que dedicó sus fuerzas a construir grandes estatuas de piedra para que los protegiesen. Lo hicieron sin saber que esas mismas estructuras con miradas fijas y dominantes serían los testigos de su casi desaparición.

En la tercera y última entrega se abordará el declive final de la población de la isla de Pascua y se hará una breve mirada a su situación actual.
Enero 2011

viernes, 14 de enero de 2011

LA ISLA DE PASCUA: COLAPSO EN ALTA MAR (I)

Descubrí a Jared Diamond en una ya remota clase de la maestría en el 2005. Cuando escuché su apellido, inmediatamente lo asocié con la fabulosa canción de Pink Floyd: Shine on you crazy diamond, escrita en homenaje al gran fundador y compositor de la banda inglesa, Syd Barret. La profesora estadounidense que dictaba el curso me hizo saber que su paisano —birdwatcher aficionado y ganador en 1998 del Premio Pullitzer por su obra: “Armas, gérmenes y acero”— estaba por publicar un libro sobre algunas sociedades en el mundo que en el pasado sucumbieron y otras que lograron perdurar en el tiempo.

Dicho libro titulado: “Colapso: Por qué algunas sociedades perduran y otras desaparecen” es una obra muy interesante que nos narra —en casos comprensibles y conocidos— el ocaso de algunas sociedades debido a diversos factores, dentro de los cuales destacan o son protagonistas los impactos ambientales. Por ahora, solo me dedicaré al caso de la Isla de Pascua (que debo estar visitando en los siguientes días) para entender algo de los planteamientos de Diamond y asociarlos con lo que sucede en la actualidad.

El libro (que aún no termino de leer) reúne otros casos como el de la cultura maya, el de la región noruega de Groenlandia y otros menos conocidos como el de los anasazi en el oeste estadounidense y el de las islas Pitcairn en la Polinesia sudoriental que desaparecieron indefectiblemente. No obstante, Diamond reseña también casos en los que las sociedades supieron sobreponerse a las exigencias del medio ambiente, tal es el ejemplo de los agricultores de las partes altas de Nueva Guinea que desarrollaron unos sofisticados sistemas de cultivos en terrenos con una gran pendiente y una alta precipitación pluvial.

El capítulo dedicado a la Isla de Pascua abre la segunda parte del libro: Sociedades del pasado. De esta manera, nos adentramos en una isla ubicada a 3,700 kilómetros al este de Chile y a 2,100 kilómetros de las islas polinesias de Pitcairn. Su extensión es de tan solo 164 Km² y es habitada en la actualidad por no más de 4,000 personas. Lo que llama la atención de esta porción de tierra son sin duda las misteriosas figuras de piedra con forma humana. Según Diamond, en el cráter volcánico de Rano Raraku, se cuenta 397 estatuas, donde la mayoría de ellas alcanza los 4,5 y 6 metros de altura, sin embargo, existe una estatua de 21 metros de altura que pesa entre 10 y 270 toneladas. ¿Por qué y para qué las construyeron? No se sabe a ciencia cierta aunque hay algunas explicaciones al respecto que veremos más adelante.

Isla triangular polinésica

La isla de Pascua tiene una forma triangular que reúne a tres volcanes que emergieron del mar. Su altitud máxima es de 500 metros. Según Diamond, su topografía es “suave”, así que puede ser visitada a píe sin ningún problema. La isla se encuentra realmente aislada de casi todo. Sus pobladores de origen polinesio son venidos de Asía y no de América del Sur como se planteó en algún momento. Cuando el capitán Cook visitó la isla en 1774 anotó que en ella se hablaba un dialecto de origen polinesio vinculado al hawaiano y al que se hablaba en la isla Mangareva, ubicada en el archipiélago de Pitcairn al oeste de la Isla de Pascua.

La gran parte de los utensilios de los antiguos pobladores, tales como anzuelos, arpones y otros, tienen un estilo muy similar al de las Islas Marquesas. Los análisis de ADN de antiguos restos humanos denotan rasgos morfológicos típicos de los habitantes de la Polinesia. Adicionalmente, los cultivos encontrados en la isla como el plátano, la caña de azúcar y otros, así como el único animal domesticado criado en la antigüedad, el pollo, provienen del sudeste de Asía. Incluso las ratas que llegaron como polizontes provienen de esta parte del planeta.

Para Diamond, la Polinesia fue conquistada de oeste a este y de manera contraria a la dirección de los vientos y de las corrientes dominantes (y en dirección opuesta a lo que se pensaba, es decir, de América hacia Asia).

La población de la isla antes de iniciar su ocaso ha sido estimada entre 6 y 30 mil habitantes, es decir, entre 55 y 270 habitantes por kilómetro cuadrado. Pese a la discusión que existe sobre estas cifras, Diamond apuesta por las más altas y para tal fin se basa en los estudios recientes de arqueólogos chilenos, estadounidenses y europeos. Si bien algunos misioneros que llegaron a la isla en el año 1864 documentaron la presencia de tan solo 2,000 isleños, se sabe que ese mismo año hubo una epidemia que aniquiló a varios miles y que anteriormente, entre 1863 y 1864, varios barcos peruanos saquearon la isla para llevarse más de 1,500 pobladores como esclavos para la explotación guanera (posteriormente, ante la protesta internacional, regresaron no más de 100 de ellos a la Isla de Pascua).

Además, se sabe también que en 1863 hubo otras dos epidemias de viruela que mermaron la población isleña y se presume que a partir de 1770 hubo un par de epidemias más que arrasaron con los isleños, sin embargo, estas dos últimas no están documentadas.

Las enfermedades traídas por foráneos (en este caso, europeos) ocasionaron un daño terrible a los nativos. Esa historia ya la conocemos. Y ante la pregunta: ¿De qué vivía la población de la Isla de Pascua? La respuesta es la siguiente: de la agricultura, de la crianza de pollos, de la escasa recolección de mariscos y de una pesca incipiente. Un dato curioso que aporta Diamond es que ante la escasez de agua dulce, los isleños bebían abundante zumo de caña de azúcar lo que produjo una alta cuota de caries dental, tal como lo evidencian recientes excavaciones.

Se podría presumir que los isleños al estar rodeados de mar, serían pescadores por excelencia, sin embargo, este no es el caso. La ausencia de corales en sus costas, así como de alguna laguna o lago en su territorio generó que solo consumieran poca proteína animal de origen marino, a pesar de que se ha descubierto restos de delfines y de aves marinas.

Estatuas y clanes

Para explicar el origen de los famosos Moáis han surgido diversos planteamientos, entre los que destacan los del explorador noruego Thor Heyerdahl (aquel de la expedición Kon - Tiki), el cual afirmaba que de ninguna manera los polinesios habrían elaborado dichas figuras de piedra y más bien, estas habrían sido traídas de América del Sur (1). Las expediciones de Heyerdahl intentaron demostrar la vinculación que existiría entre las sociedades avanzadas sudamericanas, la cultura egipcia y las gigantescas estatuas de piedra de la Isla de Pascua.

Por otro lado, el investigador suizo Erich von Däniken atribuía la aparición de los Moáis a la presencia de extraterrestres en la isla. No obstante, excavaciones y estudios recientes han demostrado que las figuras taladas en piedra fueron construidas en la isla, tal como lo evidencia la presencia de la cantera Rano Raraku. Se sabe además, mediante las tradiciones orales y las investigaciones arqueológicas, que la Isla de Pascua estaba dividida en 12 territorios, cada uno destinado a un clan o linaje y que partía de la costa hacia el interior de la isla. Como anota Diamond, era como “un pastel cortado en una docena de cuñas radiales”.

Cada uno de estos territorios tenía su jefe y su propia plataforma para soportar a sus estatuas y los diferentes clanes competían de manera pacífica (al inicio) para ver quién construía mejores y más grandes plataformas y estatuas. Así, en vista de que cada uno de esta docena de pequeños reinos era distinto en cuanto al acceso a recursos (como el agua dulce) y a la calidad de la tierra para la agricultura, con el fin de acceder de un territorio a otro, los pobladores debían pedir el permiso necesario. Pese a todo, los isleños podían ser considerados como una población conjunta bastante integrada.

En las partes traseras de los Ahus o plataformas donde descansan los Moáis se ha descubierto crematorios con miles de cuerpos. Esta práctica de cremación es exclusiva de la isla, pues en toda la Polinesia, los muertos eran enterrados. Se sabe además que los Ahus eran de color amarillo, blanco y rojo, pero hoy en día presentan una coloración gris oscuro, que grafica en parte el ocaso de los antiguos pobladores. Se ha determinado también que con paso de los años, se incrementaba el tamaño de las estatuas, al parecer por la competitividad entre los clanes.

¿Y cómo lo hacen?

Pero la pregunta sigue siendo: ¿Cómo y por qué construyeron esas estatuas? Para llegar a una respuesta clara debemos conocer algunos puntos planteados por Diamond. Él sugiere que existen cuatro aspectos fundamentales que explicarían la existencia de los Moáis. El primer factor es la piedra existente en la isla, la toba volcánica, la cual es fácil de tallar. Asumo que, al no ser tan dura y no muy pesada, es óptima para tal fin. Seguidamente, dado el aislamiento de los isleños y el hecho de que no se podían dedicar al comercio, la colonización, la exploración, los asaltos y la migración, no les quedaba otra que “quedarse en casa” y competir entre ellos.

Como tercer punto, Diamond afirma que la “suavidad” del lugar y la presencia —hasta ese entonces— de recursos suficientes para abastecer a sus pobladores y a la producción de los Moáis, tales como árboles para fabricar lianas y obtener madera, alimentos para todos los trabajadores y claro, canteras, facilitó esta actividad. Además, la estructura unificada de sus clanes facilitó un mejor trabajo. Por último y en relación al punto anterior, dado que las élites controlaban las zonas más productivas, estas podían abastecer de alimento a los pobladores encargados de tallar y erigir las estatúas. Estos hechos hicieron posible que el desarrollo social, económico y hasta cultural llegue a un apogeo del cual hoy sabemos algo. No obstante, no todo dura para siempre.

Si bien, no existe ningún registro exacto de cómo fueron construidos los Moáis, existen varias explicaciones. Empero, en la próxima entrega será abordado este punto para desembocar en las principales causas que llevaron al ocaso de la sociedad en la Isla de Pascua.

(1) Las piedras de algunas plataformas o Ahu están tan bien encajadas que para muchos, como Heyerdahl, la similitud con las construcciones incas era evidente. Sin embargo, existen otras Ahu que están revestidas de piedra y no son grandes bloques de piedra trabajados como el de los Incas.

Enero 2011

domingo, 9 de enero de 2011

LA AMAZONÍA EN EL MUNDO MODERNO

Quinta reseña sobre el libro de Betty J. Meggers, "Amazonía. hombre y cultura en un paraíso ilusorio".

Según Meggers, “antes de que la población humana alcanzara un tamaño que fuera perjudicial, la selección natural había establecido una adaptación finamente equilibrada con los recursos del ambiente”. Dicha afirmación con respecto a la selva tropical lluviosa parece ser cierta, puesto que antes de que se diera la invasión de estos territorios por los europeos, el equilibrio en la zona se mantuvo perfectamente.

En ese aspecto, la naturaleza hostil se encargó de mantener un estado de armonía entre el hombre y el medio ambiente. Los pobladores mismos eran conscientes de la necesidad de no tener una población muy numerosa. Asimismo, la naturaleza ofrecía a las tribus indígenas un nicho ecológico limitado, pese a ser tildada de paraíso, lo cual finalmente no lo es.

La invasión europea de la selva tropical lluviosa tuvo consecuencias devastadoras, debido a principalmente a dos motivos. El primero fue la explotación irracional de estos territorios. El segundo fue la implantación de costumbres foráneas que contradecían todo lo anteriormente establecido. Este “agente externo” extracontinental se mantuvo inmune a los patrones que definen la selección natural en la zona, por lo que pudieron salir en parte airosos.

Los afanes conquistadores y las diversas disputas entre los europeos tuvieron consecuencias devastadoras en la población indígena. Al exterminio ocasionado por la toma de esclavos y las guerras entre las naciones, se le debe sumar el gran número de indios muertos por enfermedades a las cuales no eran inmunes, tales como la viruela y otros males muy contagiosos que desaparecieron pueblos enteros. Adicionalmente, la exportación de esclavos africanos ocasionó que adicionalmente se introdujera enfermedades foráneas como el paludismo y la fiebre amarilla.

Esta situación es conocida por todos, puesto que también es considerada como una de las causas del aniquilamiento de culturas como la incaica o aquellas desarrolladas en Centroamérica. No obstante, en el caso de la selva tropical lluviosa, la invasión europea tuvo otro efecto demoledor: las prácticas locales fueron sustituidas. Esto significó modificar el uso del medio ambiente de los indígenas por otros usos provenientes de una realidad y un hábitat totalmente distinto.

Sin embargo, para los intereses europeos, la distribución geográfica dispersa (y frágil) de las tribus indígenas en la Amazonía colisionaba con sus costumbres productivas concentradas. Es por eso que se vieron obligados a modificar los patrones de asentamiento y de producción de los indígenas. Muchas costumbres “primitivas” fueron eliminadas con frecuencia de manera violenta y otras fueron debilitadas a través de la imposición de la nueva cultura. Para Meggers entonces, la situación actual de la Amazonia es consecuencia de la transformación hecha por los europeos, con el fin de amoldar esta vasta región a satisfacer su demanda de recursos.
La autora afirma también que en cuanto a las costumbres de todos los pueblos amazónicos, no existe mucha diferenciación, por lo que estos pueden ser vistos como un todo. Y es así como las tribus indígenas de la Amazonía han debido modificar sus usos y adoptar aquellos impuestos por los europeos, lo que los obliga a depender del nuevo sistema impuesto. Tal dependencia los obliga también a no poder desarrollarse mejor y a ser únicamente el primer eslabón en una cadena productiva que en ningún momento les ofrece beneficios reales.

Además, no solo el hombre amazónico ha sufrido cambios drásticos, sino también, el medio ambiente. La escasez de recursos es cada vez más notoria lo que ocasiona una amenaza a la supervivencia. A esta situación se le debe sumar el avance descontrolado de las poblaciones en la selva basado en el erróneo concepto del paraíso amazónico. No se ha tomado en cuenta los conocimientos ancestrales de aprovechamiento sostenible del medio desarrollados por los indígenas “bajo la lenta influencia de la selección natural”. Y como afirma Meggers, pese a que nosotros deberíamos poder hacerlo mejor, no lo hemos hecho. Existen varios ejemplos del uso equivoco del medio ambiente en la Amazonía: la ganadería, la agricultura extensiva y otros.

Así también, existen diversos usos sostenibles que han podido ser adoptados, tales como la silvicultura, la crianza de tortugas y otros que son desaprovechados hasta ahora. Esto denota por consiguiente que la imposición de modos de producción desarrollados en otras realidades, colisiona y desmantela un equilibrio que pudo haber ofrecido desarrollo y progreso para sus habitantes.

Coincido con Meggers en estos aspectos, sin embargo, creo que ante la afirmación de que “en tanto las iniciativas para la explotación de Amazonia se originen en culturas extrañas, no hay posibilidades de que se establezca un programa racional para su desarrollo”, dicha posibilidad es inviable hoy en día, debido a la necesidad de desarrollar mecanismos de conservación ante el mal uso que se le ha dado hasta la fecha a esta región. Es decir, debe haber una conjunción de elementos nativos y de elementos introducidos, pero con la consigna de que deben ser respetados los usos y costumbres tradicionales, los cuales han atravesado los procesos evolutivos y la selección natural.

Por otro lado, habiendo tomado conciencia de que la Amazonia —pese a la arremetida occidental— ha sobrevivido y se ha repuesto, tiene un futuro incierto si no se toman las medidas adecuadas. Si es que Meggers tiene razón y que producto de la selección natural existen algunas especies “preadaptadas” a las nuevas condiciones de vida imperantes, es hora de utilizarlas racionalmente.

La complejidad, diversidad y riqueza de la Amazonia se debe al proceso evolutivo que atravesó, en el cual el hombre solo ocupó un papel muy reducido. En la actualidad, el papel del ser humano es preponderante, si no es que definitivo, para bien o para mal.

Aportes

Los aportes de Meggers son, según mi opinión, varios y muy relevantes para entender el mundo amazónico como un complejo sistema ambiental de diversas relaciones que ha generado un espacio harto difícil de entender. Para tal fin, debe ser asumido como un todo con una gran interdependencia entre sus partes. Uno de los principales aportes de la arqueóloga estadounidense es definir de manera acertada e ilustrativa los conceptos de terra firme y de várzea. Ambos términos conforman parte de la explicación de todas las dinámicas que se dan en la selva tropical lluviosa.

Una vez que se entiende esta diferenciación del territorio y las diferentes estrategias de adaptación que desarrollaron los siete pueblos indígenas descritos en su obra, se puede comprender por qué la Amazonia es definida por la autora como un paraíso ilusorio. Asimismo, además de entender esta hipótesis, se puede interiorizar las diferentes estrategias de supervivencia desarrolladas por el hombre amazónico en su afán de convivir y desarrollarse en este medio tan inhóspito.

Meggers utiliza los distintos procesos adaptativos de los indígenas amazónicos para demostrar que el medio geográfico determina el grado de desarrollo. De manera paralela afirma que los pueblos que se desarrollaron en la várzea y que gozaron de un mejor acceso a los recursos naturales, tuvieron un desarrollo mucho mayor a aquellos pueblos que se desarrollaron en la terra firme. Esta última afirmación se ve sustentada en los relatos acerca de las tribus de los Omagua y de los Tapajos.

Analizando únicamente el sistema amazónico, me parece que es cierta la afirmación esbozada entre líneas que sostiene que el medio geográfico determina el grado de desarrollo. Analizando en primer lugar los dos “medios geográficos” de la Amazonia, se encuentra que, pese a que la terra firme tiene la mayor diversidad en recursos, estos están dispersos y son más difíciles de obtener. En el caso de la várzea, pese a que su uso optimo depende marcadamente del ciclo del agua, su abundancia y acceso es mucho mayor para el poblador amazónico. Esto de por sí marca una gran diferencia en el desarrollo del hombre amazónico.

Meggers presenta de manera interesante la comparación de diferentes aspectos correspondientes a siete tribus indígenas. Esto permite comparar la adaptación al medio geográfico, lo cual se traslapa con un proceso de selección natural que también juega hasta la actualidad un papel determinante en el desarrollo de los pueblos amazónicos. Así también, se presenta diversos patrones culturales que resultan de los diversos procesos adaptativos.

Los aspectos culturales, como las guerras y la presencia de los chamanes y brujos, encuentran un sustento natural en la Amazonía y determinan en parte el grado de desarrollo alcanzado por los pueblos allí asentados. La conjunción de la cultura con el medio ambiente nos proporciona distintas técnicas de adaptación que Meggers se encarga de recoger, presentar y utilizarlas como modelos que pueden ser adaptados a los patrones modernos. Dichas conclusiones son algunos de los aportes de la autora.

Otro aporte de Meggers es la explicación bastante coherente y fundamentada de los estragos que significó la introducción de patrones culturales totalmente ajenos al medio, los cuales han tenido un efecto devastador hasta la actualidad. Dicha afirmación se sustenta en los procesos modernos de desarrollo de la Amazonia que no han logrado proporcionarle las herramientas necesarias para permitir encontrar una armonía entre el medio ambiente y el hombre de tal manera que beneficie a ambos.

Otro aspecto rescatable de la autora es el llamado que hace con respecto a la necesidad de comprender mucho mejor la forma en que la cultura y el medio ambiente se “influyen recíprocamente”. Hoy en día este punto es inevitable para asegurar un desarrollo ambiental que permita sentar las bases para poder conservar el medio ambiente y satisfacer las necesidades del hombre amazónico y de los demás pueblos.

Finalmente, como aporte de la obra de Meggers, me parece importante rescatar cómo la selección natural puede favorecer la conservación de un comportamiento adaptativo, salvo que el deterioro ambiental sea muy agudo. Esto nos permite virar hacia ciertas estrategias evolutivas y de de adaptación que han generado diversos patrones culturales de desarrollo entre el hombre y su medio ambiente. Entender estas estrategias nos puede ofrecer la oportunidad de aplicarlas en los procesos modernos de producción.

Si bien para Meggers, la cultura es un producto de la selección natural más que el resultado del ingenio humano, las culturas son diferentes de los organismos biológicos. Esto permite entender que los aspectos biológicos y los aspectos culturales son distintos. Sin embargo, según la autora, en la ciencia se aplica actualmente criterios que intentan unificar ambos conceptos para explicar los procesos evolutivos. Para Meggers, estos deben ser diferenciados, debido a que representan dos campos totalmente distintos.

Yo opino que esta afirmación es cierta en muchos aspectos, pues al principio de la humanidad, lo “único” que predominó para el hombre fue asegurar su supervivencia y para tal fin tuvo que afrontar una selección natural, de la cual salió airoso. No obstante, dicha selección es constante, y una vez que se ha tomado las medidas adecuadas para sobreponerse, el hombre desarrolla aspectos culturales como producto de su evolución condicionada indefectiblemente por el medio ambiente.

Crítica

En cuanto a la cultura como forma de comportamiento adaptativo, Meggers afirma que “el hombre es el producto de un proceso que se inició muchísimo antes de su aparición, y tan complejo que está más allá de su capacidad de comprensión; al principio sobrevivió debido a su adaptabilidad biológica, y se afirmó con la adquisición de la cultura”. Además, la autora afirma que la selección natural no puede prever cuáles serán las condiciones imperantes en un futuro, por lo que se producen diversas especies preadaptadas a los cambios que se puedan dar para asegurar una cierta continuidad. Es así como también se desarrolla una diversidad biológica. Esta, según la autora, también está asociada a la diversidad cultural. En este punto no concuerdo con Meggers.

Si bien es cierto que de la diversidad biológica se desprende parte de la diversidad cultural (y viceversa) y con esta, mayores posibilidades de supervivencia, creo que esto no siempre es así, debido a la existencia de diferentes grados de desarrollo en un medio ambiente muy homogéneo como la Amazonia.

Para Meggers, la diversidad cultural tiene la misma explicación que la diversidad biológica: “la primera permite una explotación más eficiente de los hábitat existentes y proporciona un máximo de senderos potenciales para afrontar lo futuro”. Es así como el primer punto se evidencia en la adaptación aborigen a la terra firme, y el segundo en el desarrollo de civilizaciones cuando las condiciones son optimas.

Personalmente creo que este punto es muy discutible ya que en el caso de territorios con una gran diversidad biológica, el desarrollo cultural no ha permitido alcanzar un nivel óptimo que evidencie el grado de diversidad cultural. Es sabido que se desarrollaron grandes culturas en estos territorios, sin embargo, no siempre se da tal binomio, esto se evidencia en todo el hemisferio sur del planeta. El avance cultural, basado en la diversidad biológica, debería desembocar en un uso racional, sostenible y bien planificado de los recursos naturales, pero esto no ha sido siempre así.

Diciembre 2007

lunes, 3 de enero de 2011

LOS OMAGUA

Cuarta reseña sobre el libro de Betty J. Meggers, "Amazonía. hombre y cultura en un paraíso ilusorio".

Los Omagua alcanzaron un alto desarrollo cultural que les permitió, entre otros, aprovechar al máximo los recursos naturales y las características de la várzea. Pese a que (lamentablemente) fueron poco estudiados y que al parecer se extinguieron totalmente, esta tribu llama mi atención también por la influencia andina que evidenciaron y por la manera de desarrollar el sistema de esclavos.

Es lamentable reconocer que su población fue casi masacrada por nuestra civilización. Al parecer, los Omagua fue la población indígena que alcanzó el mayor desarrollo cultural en toda la Amazonía, sin embargo, al igual que los Tapajos, estaban muy expuestos y eran vulnerables a ataques, debido a su ubicación geográfica. Es interesante anotar también que la ubicación de sus casas y poblados se daba a lo largo de toda la ribera del río, tal como hoy en día se puede apreciar en algunos poblados selváticos, lo cual se diferencia notablemente de la dirección casi circular de las tribus de la terra firme. Dicha ubicación hace pensar que los pueblos Omagua parecían ser puertos o poblados más “modernos” que los de la terra firme. Estos últimos se asemejan más a campamentos temporales poco estructurados.

La disposición de las viviendas de los Omagua está condicionada por la posibilidad de acceso directo al río del cual dependen. Justamente a través de los ríos se realizaría un intercambio cultural con algunos poblados andinos. Además, llama la atención que, pese a que la tribu fue exterminada, su lenguaje ─perteneciente a la familia lingüística tupí─ fue elegido por los misioneros como lengua oficial para el catecismo y la comunicación entre diversas tribus indígenas. Dicha elección se sustentaría en que su lengua reunía elementos más variados y complejos en comparación a otras lenguas amazónicas, lo cual revelaría por ende, un mayor desarrollo cultural.

Asimismo, es interesante anotar que los Omagua se encontraban en una zona con menos terrenos inundables que los Tapajos. Sin embargo, al parecer, tenían mayor acceso a los alimentos, lo que podría haber ocasionado que obtuviesen un desarrollo más complejo.

Como ya ha sido mencionado, el medio ambiente hostil frenó el desarrollo cultural de algunas tribus indígenas. En el caso de los Omagua, parece haber sido lo contrario. Pese a que atravesaron periodos anuales de escasez, debido al ritmo normal de la várzea y a diversos fenómenos naturales, el medio ambiente no les era tan hostil. Es por eso que alcanzaron un mayor desarrollo, el cual posiblemente se haya visto complementado a través del contacto con los pueblos andinos.

Otro punto resaltante es el de las deformaciones craneanas que aplicaban a los recién nacidos, lo cual, como se indica en el texto, es exclusivo de esta tribu. Dicha práctica tiene un origen andino, así como el uso de escudos. Si bien, no se indica cuáles son los motivos de dicha conducta, tal vez esta se deba a alguna práctica religiosa. Otro punto que me llama la atención es la variedad de frutos y productos comestibles que obtenían los Omagua y sus técnicas de almacenamiento. Asimismo, sobresalen las maneras de cocinar, preparar, macerar y tratar los alimentos. Incluso, hornear “bizcochos” y “tortas” como productos del uso de varios alimentos, indica un desarrollo mayor y un mejor aprovechamiento de los recursos naturales disponibles.

El desarrollo de los Omagua también abarcó un manejo de la fauna silvestre, en especial el de las tortugas. Pese a que esta actividad, también se registra en algunas tribus de la terra firme, en este caso, parece haber sido realizada de una manera más completa y a mayor escala. Esta práctica y la facilidad para la pesca les proporcionaban una fuente casi inagotable de proteínas. Es así como esta tribu casi no practicaba la recolección ni la caza de animales silvestres, debido a que no las necesitaban como fuente de alimento.

Con respecto a las técnicas combativas, es sobresaliente el grado de poderío alcanzado por esta tribu (aunque también sobresalen las mujeres combativas de los Tapajo, así como sus letales flechas envenenadas) que se mantenía en constante estado de alerta debido a las hostilidades con los habitantes de la terra firme. El uso exclusivo de escudos y la aptitud combativa los hacía ser muy temidos por sus vecinos. Es importante rescatar que sus motivos bélicos eran la búsqueda de esclavos y la consumación de venganzas, además de repeler ataques para los cuales estaban bien preparados.

La captura de esclavos implicaba parcialmente una selección natural, pues se sacrificaban a los ancianos, a los que no eran aptos para la esclavitud, así como a los que podían revelarse. El trato que se les daba era como el de tener objetos propios. Los esclavos estaban destinados a ser servidores. Y a diferencia de aquellos en algunas tribus de la terra firme, donde los esclavos llegaban a formar parte del parentesco, en los Omagua estos eran como el apéndice de una sociedad que en cualquier momento podía ser eliminado debido a la escasez de alimento o a una sobrepoblación.

Finalmente, es resaltante notar la influencia andina evidenciada en las deformaciones craneanas, el uso de escudos, la vestimenta, los templos religiosos y la organización político-social. Sin embargo, pese a esta influencia, que coadyuvo a un mejor desarrollo cultural, los aspectos culturales de los Omagua no se vieron modificados, ni tampoco su relación adaptativa al medio ambiente.

El manejo ambiental orientado a un desarrollo ambiental

En el libro de Meggers se indica, en cuanto a la supervivencia del patrón aborigen en la utilización de los recursos naturales, algunas de las técnicas para su uso. Algunas de ellas se vienen utilizando actualmente y derivan de las técnicas utilizadas por las tribus indígenas de la selva amazónica.

Como ejemplo tenemos la pesca estacional que se da cuando habitantes de la selva moderna se instalan entre agosto y setiembre en las orillas de los ríos para esta actividad. Esto lo pude comprobar personalmente en el Huallaga (cerca de la localidad de Shapaja) donde a principios de octubre, un puñado de pescadores se había “mudado” desde setiembre a orillas de dicho río, aprovechando su bajo caudal, para abastecer de pescado fresco a Tarapoto y a los hoteles de la zona.

Si bien hoy en día estas actividades se realizan para fines comerciales y no necesariamente para la supervivencia, estas prácticas son vistas como artesanales y solo satisfacen necesidades inmediatas a una escala muy reducida que no puede ser vista como desarrollo ambiental.

Personalmente creo que las técnicas de aprovechamiento presentadas por Meggers podrían derivar hacia un desarrollo ambiental, siempre y cuando sean realizadas en una dimensión que tome en cuenta la capacidad de carga del medio ambiente y que sean hechas de manera regulada. Sin embargo, adicionalmente, es necesario para tal fin, darle un valor agregado a los productos que se obtienen. El aprovechamiento de recursos como el paiche, la chonta, el aguaje, los frutos y otros puede y debe mejorar si es que se quiere apuntar y llegar a un desarrollo ambiental sostenible.

Hoy en día, el tamaño poblacional se ha incrementado en los territorios amazónicos, por lo que la cantidad de alimentos que necesita la población actual no podría ser cubierta en su totalidad con lo que la selva les proporciona. Es por eso también que urgen las mejoras en el uso y en el aprovechamiento de los recursos naturales. Ya no es viable extraer solo para consumir, sino es imprescindible manejar, producir y mejorar el uso de los recursos naturales para garantizar un desarrollo sostenible.

Anteriormente, el exceso de pesca por ejemplo, podía ser almacenado. Actualmente, esto no es posible debido a la exigencia por vender lo recolectado para satisfacer otras necesidades o a la falta de refrigeración, pues ya no se utiliza las técnicas de almacenamiento que utilizaban los antiguos indígenas.

El conocimiento que nos han dejado las antiguas tribus indígenas tanto de la várzea como de la terra firme, nos sirven para entender sus procesos adaptativos y su desarrollo cultural, más no para sentar las bases para un desarrollo local en sus costumbres, pues en la actualidad los mecanismos económicos son otros. No obstante, sí se puede rescatar algunas actividades indígenas que se fueron perfeccionando con el tiempo, como producto de su adaptación al medio ambiente y condicionado a la manera de entender y conocer este sistema natural y social tan complejo.

Encuentro por lo tanto, dentro de estas técnicas de subsistencia, solamente algunos elementos procedentes del saber tradicional que nos dan ciertas luces para entender los procesos adaptativos y de supervivencia, más no para enlazarlos directamente con un desarrollo ambiental sostenible a largo plazo. Para tal fin, es necesario unir conocimientos, saber qué es lo que se tiene exactamente, cómo utilizarlo y cómo hacer que con un buen manejo se pueda conservar y utilizar para beneficio de las poblaciones actuales.

Desarrollo ambiental originado en estrategias de adaptación al territorio

Sí creo que se puede tomar como punto de partida los conocimientos adquiridos por el poblador amazónico a través de las estrategias de adaptación al territorio. No obstante, es necesario diferenciar los territorios de la terra firme con un suelo mucho más infértil y en donde los recursos naturales están más dispersos; con aquellos de la várzea que son más fértiles pero que dependen fuertemente de los flujos del río y que además son territorios menos extensos.

En cuanto a la várzea, estos territorios tienen, según Meggers, dos limitaciones principales, por un lado la marcada estacionalidad y por el otro, su fluctuación impredecible. Además creo yo que se le debe sumar que en la actualidad, su uso implica una concentración demográfica demasiada acentuada en estas zonas que trae consigo diversos problemas de contaminación, sobrepoblación y depredación de los recursos naturales. Por otro lado, en muchos casos, la visión a corto plazo se contradice con las dinámicas de la várzea.

Es así como, pese a que se podría establecer una diferencia de desarrollo cultural entre las tribus indígenas de la terra firme con aquellas de la várzea, actualmente, creo que estas diferencias son menos acentuadas y están regidas por otros factores. Sin embargo, existen muchos elementos que se pueden rescatar del uso de estas zonas para asegurar un desarrollo ambiental para la selva amazónica en general en combinación con el uso de la terra firme.

Por ejemplo, las plantaciones de algunos productos podrían ser hechas en la várzea en vez de ser hechas en terra firme, debido a la naturaleza de los mismos y a las exigencias de agua y nutrientes. Por otro lado, en la terra firme se puede implementar la plantación de frutales, madera y otros. Las dinámicas de las aguas en la várzea pueden ser utilizadas para planificar también un manejo programado de los recursos naturales.

Si bien el crecimiento demográfico de la selva amazónica es inferior al de la costa y al de la sierra, se ha incrementado en los últimos años. Esto implica que ya no se podría hablar de abundancia de recursos para las poblaciones y de almacenamiento para las épocas de escasez. En base a los conocimientos adquiridos, se debe estudiar los recursos existentes y establecer dónde y cómo pueden ser aprovechados.

Así también, se puede establecer qué zonas deben ser protegidas de manera intangible y cuándo y dónde se debe imponer vedas o restricciones de uso. También se puede implementar plantaciones combinadas como el caso del maíz con el fríjol o el ajo con la fresa. Con estos conocimientos se podría introducir algunas especies foráneas (con un manejo responsable) o domesticar especies silvestres.

Otro punto importante a tomar en cuenta y sobre el cual insisto en hacer hincapié, es la necesidad urgente de compatibilizar los usos antiguos con los modernos, es decir, darle un valor agregado. Todo esto, sin alterar (o alterando lo menos posible) el complejo orden de la selva amazónica. Además, aunque en la actualidad no podemos hablar de las técnicas de las tribus indígenas para controlar el tamaño y la densidad de la población, sí se puede combinar las adaptaciones de la terra firme con la várzea como adaptaciones a la escasez de recursos naturales.

Esto es posible también gracias a que las hostilidades han cesado y si bien estas eran una manera de regulación poblacional, también atentaban contra el desarrollo. Es por eso que se puede rotar el uso de toda la Amazonía entre los periodos óptimos para la várzea y los adecuados para la terra firme.
Noviembre 2007

BIENVENIDOS AL NUEVO MORDOR: ¡EL PERÚ! (XII)

  Hace unos meses, tras un golpe de lucidez y un destello de valor, decidí abrir dos redes sociales para lanzar mensajes sobre diversos tema...