domingo, 5 de febrero de 2012

DER UNTERGANG (LA CAÍDA)

Ganz en alemán significa: todo, enteramente. El protagonista de esta película es Bruno Ganz y realmente hace mérito a su apellido, pues dio todo y se entregó enteramente a desentrañar a Adolf Hitler. El productor alemán Oliver Hirschbiegel nos ofrece la caracterización de Der Führer desde una perspectiva humana poco conocida. Esta cinta ha sido severamente criticada por algunos y alabada por otros. Hirschbiegel toca una lesión de la historia alemana que aún no sana: el nazismo. Asimismo, el film viola una ley no escrita sobre Hitler: no otorgarle tribuna al dictador.

La actuación de Bruno Ganz es grandiosa. Encarnizar a un ser del que de su mente trastornada dependen millones de personas, no debe ser muy fácil aunque, debe decirse, existe un parecido físico que le favorece. Sin embargo, el actor suizo hace un excelente trabajo con una transformación que permite conocer al ser humano Adolf Hitler, con su tembladera en la mano izquierda (un poco exagerada), cariñoso con su perro, y afectuoso con su esposa. Estas características, de un ser tal vez común y corriente, pueden inspirar algo de compasión en una persona que se va autodestruyendo, pero que, sin embargo, está aún en la facultad de afirmar y realizar cosas brutales.

En ese reducido bunker en medio de la capital alemana, somos testigos de otro rasgo humano: la desnaturalización del Führer producida por la demencia que mella en él. Dicha locura no es la excusa de la visión trastornada que lo llevó a determinar por ejemplo, que la población civil no vale nada —ante la arremetida imparable del Ejército Rojo— y que son ellos mismos los que se han buscado su trágico destino.

La narración abarca desde el 20 de abril hasta el 2 de mayo de 1945 cuando la guerra para los alemanes ya estaba perdida. No obstante, el film se inicia con la contratación de una nueva secretaria para Hitler: Traudl Junge (Alexandra María Lara) en 1942. La historia muestra la decadencia de los días previos al suicidio del Führer, mientras los altos cuadros nazis estaban en la incertidumbre entre seguir a su máximo líder hasta el final o dejarlo a su suerte, y mientras Eva Braun (Juliane Köhler) celebraba fiestas tratando de aparentar cierta normalidad, para luego casarse con el Führer y sellar su disposición de morir junto a él.

Tal vez una de las escenas más significativas de la película es aquella cuando Magda Goebbels (Corina Harfouch) mata a sus seis hijos ante la inminente caída del régimen y como producto de su enfermiza alegoría a la ideología nazi. La señora Goebbels es sólo uno de los tantos personajes que desfilan por esta cinta y que son mostrados en diversas facetas. Todos parecen querer conservar algún valor humano, como aquel que, producto de su fanatismo, los lleva a determinar que la única manera de solucionar tal estado, es suicidarse.

En una entrevista, el productor afirma que la señora Goebbels habría dicho que “nosotros hemos entendido que hay que pelear y que hay que vivir. Ahora le enseñaremos al mundo que también hemos entendido que hay que morir”. Esta frase es escalofriante, sin embargo, según Hirschbiegel en la cinta no se abarca el tema del suicidio como un acto de heroísmo, sino como el producto de la ceguera que produce el fanatismo y el estado alterado de ciertas mentes.

En los años que viví en Alemania ya había escuchado el nombre de Bruno Ganz y al enterarme de esta cinta, sabía que venía algo bueno. Justamente de aquellos años, guardo varios recuerdos que me hacen reflexionar sobre la importancia de este tipo de películas, para entender que pasó y no repetir los mismos errores. Cuando una barbarie solamente es nombrada, deja de ser barbarie, hay que comprenderla. Recuerdo claramente un diálogo que me late siempre en la mente y que me esclareció muchas cosas. Mi interlocutor era un Kurdo que en su masticado alemán me dijo: ¿Para qué tanta matanza entre nosotros, si todos vamos al baño y somos iguales? En ese instante entendí que tiene toda la razón.

Esta breve conversación con este amigo que había sufrido y vivido en carne propia la aniquilación casi total de su pueblo por fuerzas turcas e iraníes, trabajaba justamente con turcos e iraníes buscando, al igual que ellos, progresar. Es decir, buscaba un derecho común a todos sin excepción: sobrevivir y salir adelante.

El tema del nazismo ha merecido el más esmerado análisis para entender la barbarie, y de mi experiencia en tierras germanas, sé que la herida aún pica e incomoda. Muchos amigos alemanes aún se sienten culpables de lo que su pueblo ocasionó.

La caída propone y muestra algo muy importante: no le deja la explicación y discusión del flagelo del nacionalsocialismo a Hollywood y eso es muy valioso, pues es el mismo pueblo el que debe arreglar cuentas con su pasado. El siguiente paso es buscar las causas y comprender cómo dicha ideología pudo ser posible y causar tanta destrucción. Otro punto que debe hacernos reflexionar es el caso del suicidio. Dicho acto injustificado puede ser uno de los productos de la decadencia de una sociedad, salvando las distancias temporales y culturales. Los diferentes casos de padres que matan a sus hijos y que se suicidan en nuestra sociedad, ¿no son un símbolo de que algo anda mal?

Esta cinta es muy recomendable por la manera valiente como se abarca un tema tan espinoso y traumático. Así también, porque nos devela un lado poco conocido de una mente tan destructiva. El ser humano es capaz de cometer brutalidades, y esto es lo que se aprecia en esta entrega. Es asombroso y peligroso reconocer cómo las mentes pueden encubrir y ser cómplices de barbaridades, pero una manera de evitarlas es conocerlas. Hirschbiegel nos muestra una que no debe repetirse jamás.

Enero 2006

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