domingo, 5 de febrero de 2012

KING KONG

Hollywood nos mantiene últimamente oscilando entre algunos “remakes” (Godzilla, Batman, Charlie y la fabrica de chocolates) y nuevas historias, lo que denota una cierta crisis de imaginación en la meca del cine, sin nombrar su actual disputa a muerte contra el DVD. Con “King Kong” llega un mito a su final y en contradicción con el propio “remake”, este film narra la aventura de una iniciativa por filmar algo nuevo y desconocido, sin contar que un personaje de casi siete metros de altura, cuatro toneladas de peso y valorizado en 207 millones de dólares, se cruzaría violentamente en el camino. El realizador neozelandés Peter Jackson nos entrega una cinta muy bien lograda y nos sumerge en ese mundo fantástico al cual ya nos acostumbró con su trilogía de “El Señor de los Anillos”.

Ubiquémonos en el año 1933 en Nueva York durante la época de la “Gran Depresión” y de la Ley Seca. Las imágenes nos sitúan en esos años de desesperación donde solo unos cuantos sobreviven y los otros deambulan sumergidos en la inagotable lucha diaria por sobrevivir. La fotografía nos muestra, a través de los cielos nublados y grises, las calles abarrotadas de basura y mendigos recolectores de lo que sea para saciar el hambre, es decir, el perfecto escenario para entender la desazón reinante en la “Gran Manzana”. La actriz de cabaret, Ann Darrow (Naomi Watts) acaba de perder su trabajo y camina hambrienta por las calles, hasta que se topa con el productor, Carl Denham (Jack Black) quien justamente está buscando a la protagonista de la película que rodará en una isla misteriosa en el Océano Atlántico. Luego de convencerla, parten esa misma noche.

Al llegar a la isla e intentar filmar todo ese mundo desconocido, el productor y su gente se enfrentarán a diversos peligros y al gran “Kong”. Este enorme simio es casi imbatible, sin embargo, la astucia del hombre parece siempre primar, sino para qué llevar en un barco botellas de cloroformo si no es para cazar animales y bestias. Luego de narcotizar a “King Kong” y llevarlo a New York (¿Cómo? el film no lo revela) el gran simio se liberará de sus cadenas e irá en busca de su amada, la encantadora Naomi.

Un aspecto de la película que satura un poco y nos trae a la mente escenas similares a las de Jurassic Park, es la persecución de un grupo de pacíficos dinosaurios por unos avezados saurios carnívoros, mientras los humanos se confunden entre las bestias. Por un lado, nos hace entender que esta cinta se basa casi en su totalidad de efectos especiales, y por el otro nos vuelve a mostrar qué tan insignificante fue, es y será el hombre ante la naturaleza.

Jackson le da al gran rey de los monos una personalidad casi humana. Esta característica se aprecia claramente cuando se ve al gran simio con su amada mirando la puesta del sol y viviendo un idilio en plena jungla. También la vemos cuando “Kong”, ya cansado y sobre el Empire State, decide dejar esa inútil situación ante la conducta belicosa del humano civilizado.

Una de las escenas que refleja (quizás sin querer) una ley imperante en la tupida selva (y en todas las sociedades humanas) es aquella que muestra a la bella blonda cuando huye de una especie de iguana carnívora gigante y se refugia bajo un tronco húmedo. Ahí se aparece un ciempiés de espantosa proporción mientras la iguana acecha a la rubia. Segundos después, la iguana cazadora se convierte en presa de un Tyrannosauros Rex: el más grande caza al más pequeño. La heroína huye y se refugia en un acantilado sin percatarse que algo similar a una roca que pasa desapercibida, es nada menos que otro simpático Tyrannosauros. En ese momento, quién más podría aparecer que no sea “King Kong”, el ser supremo y dominante de la isla. Siempre hay un ser vivo en la cúspide de la pirámide, esta isla no es la excepción.

“King Kong” es un simio con rasgos humanos en un mundo digital que no nos ofrece un elemento cultural rescatable, ni una naturaleza real, únicamente nos entornilla en un escenario al que somos definitivamente ajenos y en el cual solo podemos ser tácitos espectadores. No podemos ser parte de esa interpretación —bien manejada por Jackson— y a la que le ha sabido inyectar rasgos emocionales. Solo podemos ser meros espectadores. Esto radica en gran parte, en el uso casi exclusivo de los efectos especiales. El simple espectador queda en medio de dos mundos: el virtual y el real, anonadado tal vez en simple compañía de su mente voladora, de su canchita y de su gaseosa (el film dura tres horas, ¡asegúrense!), con la única posibilidad de admirar lo que se puede crear.

En esta cinta no muere la libertad o el lado salvaje de la civilización, solo muere un gorila que puede llegar a ser agradable: “Kong”. Un héroe del cine que aún puede luchar con sus propias manos y que tal vez esté en la condición de amar a una humana. Lamentablemente, esta figura es sólo una animación digital. Pese a esto, deben existir héroes de carne y hueso, ¿o es que tenemos que recurrir siempre a la imaginación?

Vayan a ver “King Kong” es una buena película. Es muy rescatable la actuación de Jack Black y de Naomi Watts. Aunque no lo nombré, también actúa Adrien Brody, ganador del Oscar por su excelente interpretación en “El Pianista”, quien en esta cinta pasa un tanto desapercibido. Hace unos días escuché en la radio que Jack Black se “loqueó” durante las grabaciones de esta cinta, pues entró en un estado de excitación y delirio. Seguramente pocos entenderían el por qué de esa situación, sin embargo, que más delirante puede ser enfrentar al rey de los simios, casi tan humano como uno mismo pero que no existe, pese a que lo hacemos existir. Cosa de locos.

Enero 2006

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